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El Paseo de Arévalo

Leído durante el acto homenaje a Juan Ramon Gómez Pamo organizado por la Alhóndiga de Arévalo y Galerida Ornitólogos el 26 de Agosto de 2016

2016-09-03 02:53:12

El Paseo de Arévalo, por Luis. J. Martín

Vista del Paseo en el otoño de 1981 (Foto: familia Martín García-Sancho)

Cuando Juan Carlos me propuso hablar en el acto de homenaje a don Juan Ramón Gómez Pamo sobre mis vivencias en el parque que lleva su nombre, me di cuenta de que si a uno le piden que recuerde sus vivencias, generalmente, es porque uno ya peina canas y luce calva para poder contar lo que el paso de los años le ha dejado impreso en la memoria.

Así que tirando del disco duro de mis recuerdos puedo contar las vivencias a lo largo de mi vida en tan entrañable espacio con unas breves pinceladas, empezando por la niñez, siguiendo por la juventud y terminando en la madurez que ahora, al parecer, tengo, aunque esto último es discutible.

- Recuerdos de niñez

El juego y el niño deberían ir siempre asociados pues los recuerdos más gratos de la niñez se suelen relacionar con los juegos realizados tanto en el cole, como en casa, como en el barrio. Esos con los que el niño socializa y aprende a superarse y a ser competitivo dentro del grupo.

Puedo decir que tuve la gran suerte de pertenecer a este gran barrio que circunda el paseo, porque era así como siempre lo llamábamos, ni parque, ni jardines de Gómez Pamo, simplemente “Paseo”, a secas, sin nombres ni apellidos.

En la esquina sur del paseo, bajo un gran olmo que había a la altura del último de los chalets, solíamos juntarnos casi todos los niños y niñas del barrio para jugar a decenas de juegos, cada cual más entretenido. Unas pandas de 10, 20 ó 30 chicos y chicas de diferentes edades decidíamos a qué jugar. Un día era al escondite, otro al bote, otro perros para liebres, policías y ladrones, la madre parida, el marro, el burro, ¿recuerdan?: chile, media manga o mangotero… En la mayoría de ellos había que esconderse para no ser descubierto por el o los que velaban. La zona ofrecía multitud de oportunidades, empezando por las callejuelas de las “casas nuevas” oficialmente conocidas como grupo La Moraña, las tapias de los chalets, o los setos y árboles del paseo. Especialmente, en otoño, uno de los mejores escondites era tumbarse en las cunetas de la carretera y taparse con las hojas caídas y amarillas de los enormes y majestuosos olmos que allí había. Aún recuerdo el olor de estas alfombras de hojas al ser removidas.

En una ocasión mi abuelo Luis, hombre paciente como el que más, llamó a mi madre para decirle: “Candelitas acabo de ver saltar la tapia de atrás a un montón de chicos, los primeros a tus hijos. Los he contado, han saltado dieciséis. A ver si se van a hacer daño y tenemos un disgusto”. La verdad es que sí hubo alguna torcedura, algún esguince o, incluso, alguna rotura, nada que no se pudiera remediar con una buena escayola repleta de firmas.

Otros juegos que realizábamos en el barrio o en el paseo eran el pañuelo, vidas, el pincho o guincho o jincho, que de las tres formas lo llamábamos, el peón, los güitos, las canicas, incluso a la goma, a la comba o al chíviri con las chicas. Si ellas juagaban a juegos considerados de chicos, por qué no iban a jugar los chicos a juegos considerados de chicas. Eso sí, si entraba alguna muñeca por allí era posible que saliera sin brazos y sin piernas, todo tenía un límite. Por cierto, me resulta curioso como el popular juego del chíviri, conocido más ampliamente como rayuela, es una palabra utilizada con frecuencia entre las personas de cierta edad de Arévalo y su tierra, pero que no he encontrado en el diccionario, ni ninguna cita que haga referencia al mismo.

Las madres y padres no participaban porque, en aquella época, jugábamos por el barrio desde bien pequeños sin su tutela, por lo que los asuntos o diferencias surgidas los teníamos que dirimir también entre nosotros, por supuesto, sin intervenciones paternas. Así, aprendíamos que no siempre se gana y que, a veces, hay que negociar o, incluso, ceder. A más de un alcalde, diputado, ministro o presidente le hubiera venido bien jugar en este ambiente.

[Leer completo en arevaceos.com]

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