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Florencio Galindo de la Vara, In Memoriam

Florencio Galindo (Adanero 1947, Salamanca 2016) ha sido considerado como el más destacado representante del conocido como segundo realismo.

2016-10-31 18:52:42

Es buena prueba de la extraordinaria versatilidad como pintor de Florencio Galindo (Adanero 1947-Salamanca 2016) el que haya sido considerado como el más destacado representante del conocido como segundo realismo –fue discípulo de Antonio López– al tiempo que conjugó este estilo con el informalismo. Algo, a priori, bien alejado tanto conceptual como técnica y formalmente. De hecho, la crítica se refiere a su obra como integrante de una categoría individualizada, el realismo sucio. La expresión esta última que nos parece más que equivoca, desafortunada. 

Sin duda su figura es la más destacada de aquel nutrido grupo de artistas abulenses que hace medio siglo se dispersó y formó en las distintas facultades  (escuelas entonces) de bellas artes del país. Galindo fue de los últimos salidos de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, que luego se mudó en Escuela de Bellas Artes de la Complutense. Pintor, dibujante, y también escultor y comisario de exposiciones, su carrera fraguada en sus estudios de Ávila y Narrilos de San Leonardo se ha desarrollado a lo largo de cinco décadas fecundas en que el interés de Galindo por la naturaleza y su relación con el hombre han sido el leitmotiv que ha movido en gran medida su obra de depurada técnica dibujística y singular sensibilidad en la aplicación del color que ha sido reconocida con algunos de los más destacados premios artísticos de nuestro país: el Premio Nacional de Dibujo “Pancho Cossio” (1973), el Nacional de Pintura “Blanco y Negro” (1974), el Premio de Pintura de “Bellas Artes” (1976), la Medalla de Honor “BMW” (1986) o el Premio de Pintura “L`Oreal” (1988). Los citados son algunos de los merecidos reconocimientos que ha ido cosechando a lo largo de su carrera. 

Desde su primera exposición individual en Madrid -allá por 1973- en la Galería Egam (convertida entonces en Meca del peregrinar de todos los que en Ávila se interesaban por el arte y ya conocían su universo de fregaderos, alambradas, perros, pájaros y rosales), hasta la última colectiva inaugurada el pasado verano en la Catedral de Cuenca, en que ha sido comisario e intervenido con magníficas  ilustraciones de El Quijote y una elogiada instalación reivindicativa denunciado la situación de los inmigrantes refugiados del Mediterráneo, fueron muchas y de calidad las exposiciones individuales y colectivas, manteniendo una trayectoria de experimentación sin que perdiera los signos de su personal quehacer pictórico y por ello dejara su obra de ser reconocible. Son únicos sus lienzos en que “por medio de un personal realismo poético se ha movido en una dualidad entre lo ético y lo estético, entre lo sucio y lo diáfano, entre lo turbio y lo extraordinariamente definido”, tal como se recogía en la presentación de esa última muestra. 

Por fortuna, su obra representada en reputadas colecciones y museos queda entre nosotros y perdurará siendo exponente de su personalidad, la de un abulense que, además, transmitió su peculiar manera de entender la pintura a través de las clases que impartió primero en la Escuela de Magisterio de Ávila y luego de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid, donde como profesor titular de dibujo enseñó a un buen número de  de artistas que mostrarán a las generaciones futuras que se formaron en su sensibilidad y conocimientos.  

En Ávila quedan suficientes piezas de su pintura, y sería necesaria y de agradecer alguna pronta medida que evitase su dispersión, asegurase su conservación y el que fuese  asequible al espectador.

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