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Marco Antonio Campos:

“La poesía es la historia del alma”

2016-11-02 01:22:42

Jesús García Sánchez, infoLibre, 28/10/2016

Marco Antonio Campos (Ciudad de México, 1949) es uno de los nombres fundamentales para comprender la poesía mexicana reciente. Aunque estudió Derecho, la vida le ha llevado a traducir a Baudelaire, a Rimbaud, a Artaud, a Pavese y a Trakl, y no ha abandonado los versos desde su primer poemario, Muertos y disgraces, publicado en 1974. Su editor Jesús García Sánchez, más conocido como Chus Visor, aprovecha la publicación de De lo poco de la vida, su último libro, para conversar con él sobre la poesía, la melancolía y la tradición.

PREGUNTA. Los poemas de De lo poco de vida están escritos en parte desde “los ojos envejecidos que vieron demasiado”. En la memoria se reúnen con la niebla del tiempo el fue y el no fue. ¿Son estos poemas un esfuerzo por darle un sentido a la vida, por buscar la coherencia entre el ayer y el hoy?

RESPUESTA. A menudo, en el curso de mi vida, quise darle sentido a una vida que me parecía oscura y sin sentido y una de las dos vías que encontré fue la escritura: en la poesía pero también en la narrativa, la crónica, los aforismos; la otra fueron los viajes. En muchos de los poemas quise unir imágenes de ayeres remotos, no tan lejanos, o menos recientes, con el hoy vivo, es decir, trataba de fijar instantes de un tiempo que se me escapaba y se me escapa de las manos. El tiempo va corrigiendo en nuestra alma los pasados vividos, y por eso, cuando escribes de experiencias que te ocurrieron en la niñez, en la adolescencia o la juventud, se recobra la emoción vivida, pero es una emoción modificada. El melancólico habita mejor los pasados que le tocaron vivir. Con los años el peso de lo que pudo ser y no fue, lo que pudiste hacer y no hiciste, lo que se perdió o lo que se careció, pesan a veces más que propiamente lo vivido. Pero sí: con estos ojos que han envejecido vi mucho sobre esta tierra a la que se viene sólo una vez. Pero más que una coherencia en el recuerdo sólo hallo una multitud de imágenes desordenadas. Tal vez esas imágenes tengan una mayor coherencia cuando son escritas. Tenía toda la razón Ernesto Sabato cuando escribió en una página de Sobre héroes y tumbas que la vida la hacemos en borrador, a diferencia de la escritura que podemos corregirla.

P. La poesía tiene que negociar con la carencia y la pérdida. Es lo que queda en el aire cuando vuela y se va una bandada de palomas. ¿El poeta contemporáneo trabaja con la conciencia de lo fugitivo?

R. Yo creo que la conciencia de lo fugitivo en los poetas ha existido desde siempre. No podría generalizar, pero pondría grandes ejemplos: se halla ya en Eclesiastés, se halla en Sófocles, se halla en el romano Horacio, se halla asimismo en un poeta persa como Omar Khayyam, se halla, en la lengua española, en el inevitable Jorge Manrique y en Francia con François Villon. En el México prehispánico, de este aire fugaz y fugitivo está poblada la poesía en lengua náhuatl. Quizá el poeta mexicano del siglo XX que más ha insistido en la fugacidad y lo fugitivo de las cosas del mundo sea José Emilio Pacheco. Cuando uno ve, por ejemplo, un álbum de fotografías en distintos tiempos, o lee libros que tienen el nombre de la mujer que se amaba o los apuntes o signos antiguos de la lectura, sientes una suerte de ahogo triste, como si te cayera todo lo que se fue y lo que se perdió. Te da la conciencia de que solo estamos de paso, que solo venimos una vez, que todo tiempo fue y es destiempo, es decir, la conciencia de lo fugitivo.

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