estamos pensando...

14. PREGUNTAS BAJO LA LLUVIA

ALGO DETRÁS DE TODO. POR J. FRANCISCO FABIÁN

2016-11-07 10:27:42

Algunas noches de lluvia en invierno me gusta recorrer la ciudad conduciendo despacio sin ir en concreto a ninguna parte. Después de las diez no hay casi gente por la calle, solo los que van o vienen decididamente de algún sitio. El único paseante, aunque en coche, parezco yo. Busco un par de discos de John Coltrane o de Miles Davis y me dejo invadir por la intimidad que da esa música, descendiendo, mientras conduzco sin prisa, a ese sótano de la existencia particular donde se guardan esencias que van quedando con el paso del tiempo como en una especie de laguna de decantación.

Oí llover mientras hacía la cena y sin pensarlo dos veces lo dejé todo, me vestí, tomé dos discos al azar del Coltrane y me puse a conducir por la ciudad fumando un cigarro. Algo me recordaba en todo ello a Rick Deckard en Blade Runner: igual de solitario, igual se serio, envuelto como él, bajo la lluvia, en la melancolía de la noche y sus luces.

Había dado ya una vuelta a la ciudad y pensaba seguir todavía un poco más. Serían cerca de las once. Me detuve en un semáforo desde el que se dejaba ver en línea recta el resto de la calle, amarillenta por el color de las farolas que reflejaban su luz en los adoquines mojados. El limpiaparabrisas se movía lentamente apartando las gotas de agua. John Coltrane apuraba una canción con la intensidad de su saxo y yo esperaba relajado fumando ya el tercer cigarro. De entre la soledad absoluta de la noche apareció una pareja dispuesta a aprovechar la luz verde del semáforo para cruzar. Como no había nada más para mirar de frente, les seguí con la vista apenas a dos metros de mí. Eran una mujer y un hombre debajo de un paraguas. Me fijé en ella porque era la que pasaba más cerca. Vestía un traje de chaqueta gris oscuro con un pañuelo envolviéndole el cuello y tacones. Tenía un aire elegante, eso se percibe enseguida. Al principio, el paraguas no le dejaba ver la cara, pero al pasar por delante hizo un movimiento para calcular la distancia entre el coche y ellos, entonces pude ver algo más. Llevaba el pelo recogido en una especie de moño con algún toque de informalidad o tal vez era que había perdido su forma original con el transcurso de las horas. Pude verle la cara sin que lo pretendiera en realidad. Durante un segundo, inconscientemente, pasaron por mi memoria todas las mujeres del mundo a las que puedo identificar por su cara buscando encontrar una que se le asociara. Ese poderoso computador que es la mente humana se me detuvo en una concretamente: ¡Era Elisa! No había duda, era Elisa acompañada de un hombre. Me puse tan nervioso que estuve a punto de hacer sonar el claxon inconscientemente para llamarla la atención, como si pudiera hacer eso solo por haber identificado aquel rostro con alguien que había sido mi mujer y a la que hacía dos años ya que no veía. Me habían asegurado que pidió traslado al poco de separarnos y se había marchado de la ciudad a algún sitio que yo desconocía. Nadie me había vuelto a hablar de ella, entre otras cosas porque con mi separación perdí bastantes amigos. Me contuve paralizado y simplemente observé invadido por un escalofrío cómo desaparecían de mi vista. Antes la vi sonreír y decir algo breve, respondiendo al hombre que llevaba al lado. Un hondo desasosiego me invadió por dentro. Sentí de pronto como si de todo mi cuerpo desaparecieran las fuerzas. Ni siquiera podía pisar el embrague y mover la palanca de cambios para avanzar. Cuando por fin lo hice, forzado por el claxon de un coche que se me había colocado detrás repleto de jovencitos, con su música de pum-pum-pum saliendo por la ventanilla bajada, miré hacia la calle perpendicular a la mía para verlos de nuevo. Pero ya no estaban, habrían tomado la primera bocacalle o se habrían metido en uno de los primeros portales, donde precisamente hay un hotel. Rebasado el semáforo, me detuve enseguida a un lado de la calle para encender un nuevo cigarro y reponerme. No podía ser verdad… pero lo era.

 Volví a conducir poseído por una sensación de abatimiento total sin hacer ahora mucho caso a lo que transmitía el saxo de John Coltrane. Dos años después de que me hubiera embrujado el poder en la piel de aquella jovencita compañera del trabajo que tanto y tan bien gritaba en la cama (los hombres y los gritos de las mujeres en la cama…) volvía a verla. Desde que el embrujo de la piel de la jovencita se había transformado en cruda realidad, evité pensar en Elisa. Nada tenía que recordarme a ella. Pero ahora acababa de verla sin pretenderlo, al lado de un hombre, en mi ciudad…(¿Quién era ese hombre? ¿Qué hacía con ella? ¿De dónde venían?, ¿Dónde iban?...).

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