estamos pensando...

7. ¿Morir para esto?

Algo DETRÁS de todo. Por F.J.Fabián

2014-12-05 01:40:35

                   

 

(Les hablo desde el otro mundo. Estoy recién llegada). Una de esas cinco esquelas mortuorias es la mía. La tercera. Fíjense qué mala suerte que el día que me muero, se mueren otros cuatro también, y encima me ponen la tercera. Con lo que me hubiera gustado ser la única en morirse hoy en esta iglesia. Ya que hay que hacerlo, lo que quería era un final con más categoría, con la misma que me he merecido en vida, casada con quien me casé, y no esto de hoy, diluida mi esquela y mi presencia con la de otros cuatro difuntos, que a saber quiénes serán y de qué familias. No me hace ninguna gracia. Parece que Dios no tiene en cuenta lo que merecemos aquellos que le defendimos contra tanto descreimiento y tanta mala costumbre. Hemos sido gente de orden, nos merecemos una consideración también en la otra vida. La verdad es que Dios no se ha portado bien con una devota como yo. Primero, porque me ha llevado en un día de invierno, con el frío tan desagradable que hace aquí. No había nadie por la calle a la hora del entierro, lo han visto los allegados y poco más. Muchos seguro que se han quedado en casa por eso mismo. La gente pasaba y ni miraba, ¡con lo que ha costado el ataúd!, que no todo el mundo los lleva así, aunque sea para pudrirse en la tumba. Podía El Altísimo haberse marcado el detalle de que fuera en primavera, en mayo por ejemplo. Aunque me hubiera muerto unos meses antes, no me hubiera importando.  Ni más ni menos habría sido con el calorcito de ese mes, a las seis de la tarde, saliendo el féretro de San Pedro a hombros de mis nietos, tan altos, tan guapos de chaqueta y corbata para despedir a su abuela. Pero no, ya digo que Dios no se ha portado, me ha llamado sin hacer distingos, como a una persona cualquiera. Y luego, para colmo, lo que me ha pasado con el abrigo. Es que he tenido muy mala suerte para morirme, la verdad, con lo importante que es un buen final, casi tanto como un buen principio. Dejé dicho que en el caso de fallecer en invierno, en el velatorio me expusieran en una buena caja y con el abrigo de piel buena puesto, que se me viera con la prestancia que tenía cada domingo a la salida de misa en San Pedro. Pero por lo visto no cabía en la caja con el abrigo puesto, ¡vaya por Dios! Si me hubiera dado tiempo a adelgazar un poco… Con lo bien expuesta que hubiera estado yo con ese abrigo hasta los pies, que me daba esa categoría de pertenecer a una familia bien de Ávila de toda la vida. Ya me temía yo algo, porque ese abrigo tiene mucho volumen, para eso me costó lo que me costó y las caderas mías no han sido  tampoco cualquier cosa.       Por si acaso dejé dicho también que si moría más o menos por la Semana Santa me vistieran de Dama de la Soledad, que me ha puesto en mi sitio desfilando con esa ceremonia por las calles de la ciudad, con todo el mundo mirando. Fuera como fuera que se notara que no he sido aquí una mujer cualquiera, porque para eso somos quienes somos. El prestigio hay que mostrarlo para que se sepa quién es cada uno en su lugar. Pero nada, al final ni cabía con el abrigo, ni tampoco con la peineta de Dama de la Soledad, y me han tenido que mostrar en el velatorio con un traje de chaqueta. Por lo menos podían haber dejado que se viera la etiqueta del Corte Inglés, que parecidos a este los he visto yo en Zara. Y tampoco se les ha ocurrido. Vaya despedida que he tenido. Menos mal que han puesto una buena esquela en El Diario. Espero que cada aniversario lo recuerden todos los años allí con una bien grande.

Y por lo demás, esto de la eternidad no tiene muy buena pinta. Llevo muerta más de un día y no parece que vaya a pasar nada. Estoy consciente, aunque diluida en un nosequé, porque no me veo, ni veo algo a mi alrededor, ni esto parece el cielo que nos habían dicho los curas, ni nada que se le parezca. Solo sé que estoy, que no me ido del todo, pero nada más. No veo a nadie, no me vienen a buscar, no me llaman de ningún lado... A ver si no va a haber nada después de la vida y tanto recato va a haber sido una pérdida de tiempo… Me fastidiaría mucho tener que reconocer en estas circunstancias que lo que me perdí con mi cuñado ahora, aquí, no cuenta absolutamente para nada.  

 

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–Mira, papá, ¿qué es eso que hay en el suelo? –¡Cuidado! No te acerques que es peligroso. Es un libro.

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