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Revista de Libros

Cocretas, verdugas, testigas, michelines, y otras curiosidades sobre el uso y la historia de las palabras

2016-11-21 00:56:13

Por Ángel Alonso-Cortés

Pedro Álvarez de Miranda
Más que palabras
Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2016
272 pp. 22,50 €

 

 

 

Hablar un idioma tiene algo que ver con la interpretación de una partitura. El intérprete ejecuta la partitura tratando de ajustarse a la composición, o no, como sucedía con el pianista Glenn Gould. Y los aficionados a la música saben que una misma sonata es interpretada de manera diferente por cada intérprete, aunque aparentemente suene igual.

En el idioma hay también modelos. La palabra modelo significa aquí una disposición u organización dada de sonidos, palabras y frases. Un idioma es un conjunto de modelos. Los modelos pueden ser gramaticales –que, en sentido estricto, constituyen la sintaxis– y léxicos, constituidos por la forma de las palabras del idioma. Los hablantes, como los intérpretes, ejecutan la partitura de acuerdo con esos modelos.

La analogía se detiene aquí, porque, a diferencia de una partitura, los modelos que emplean los hablantes no son necesariamente los mismos. Un idioma es un conjunto abierto, ilimitado, de actos de discurso donde los hablantes –en el caso del español, más de cuatrocientos millones, dispersos geográficamente– actualizan constantemente el idioma. Y ello produce variación. Tal variación es normal, pues el acto de discurso, el hablar, es, además, voluntario y creativo. Esto puede cambiar los modelos. Ni las pronunciaciones son las mismas ni los modelos gramaticales se realizan de forma idéntica, y ni siquiera los significados y el acento de las palabras coinciden en los hablantes. La suma o agregado de los actos de discurso realizados sin una consciencia clara forma el idioma. Y, misteriosamente, se constituye un acuerdo entre los hablantes que, sin ninguna autoridad central, hace posible la comunicación, a pesar de la variación. Este proceso es similar a la manera en que se constituyen otras instituciones sociales, como el mercado, donde el consumidor es soberano. También en el comportamiento verbal el hablante es soberano, sólo que su soberanía está limitada por la de otro hablante con quien quiere comunicarse. Esto lleva lógicamente a un equilibrio de soberanías que, en último caso, hace posible que en una comunidad idiomática los hablantes se entiendan porque terminan hablando más o menos igual.

Si un idioma es el reino de la libertad movido por una mano invisible, no es menos cierto que, como sucede con el mercado, son necesarias algunas leyes para que funcione eficientemente. Y es aquí donde interviene la mano visible de los gramáticos, que tratan de ordenar la actuación de los hablantes.

El libro de Álvarez de Miranda ofrece algunos ejemplos de lo que acabo de decir. Estudia con gran erudición palabras que oscilan en su forma gramatical , pero que suenan algo desviadas del modelo, como «modisto» frente a «modista»; «verduga» frente a «verdugo», o desviadas del modelo de pronunciación («cocreta» frente a «croqueta»), o bien oscilan en su ortografía sin razón aparente («linóleum», pero «tedeum»), o adoptan un nuevo significado («café», «antofagasta», en el sentido de «pelma»).

El autor ofrece razones a favor o en contra de la práctica de algunas de esas palabras. Además, el libro contiene explicaciones amenas y comprensibles de algunas frases idiomáticas, como «peras al olmo», «aceptar pulpo como animal de compañía» y «pasarlas moradas». No olvida algunos solecismos, como las construcciones de infinitivo del tipo que oímos en «Finalmente, añadir que...» o «señalar que…», consideradas como español comanche. Tal español no está ausente ni en las facultades de Filología, en una de las cuales aparecía un cartel con la indicación de «cerrar las puertas», con el infinitivo por imperativo (que la nueva gramática académica censura en 42.3q), en vez de «cierren, por favor, las puertas» o «cerrad las puertas».

[Leer completo en revistadelibros.com]

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humor.corto

–Mira, papá, ¿qué es eso que hay en el suelo? –¡Cuidado! No te acerques que es peligroso. Es un libro.

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