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Sueño y quimera de Francisco Nieva

Dramaturgia manierista y postmoderna

2016-11-21 01:47:45

Francisco Nieva, en una fotografía publicada en El Europeo en 1990

 

 

Juan Antonio Vizcaíno – fronterad revista digital, 18-11-2016

El caleidoscópico, mirífico y visionario Francisco Nieva decía que el éxito artístico consistía en triunfar en Nueva York y morir en una clínica suiza. Sin embargo, este tozudo, amable y brillante artista manchego, aunque llegó a ser reconocido –y también olvidado– en su propio país, terminó falleciendo el pasado 10 de octubre en su casa madrileña de la galdosiana calle de la Concepción Jerónima, mientras dormía plácidamente; tuvo pues, la muerte más dulce que desearse pueda.

 A Paco Nieva le gustaba escribir de noche, metido en la cama. Con alquimia de memoria y tinta, destilaba su alma a través de la estilográfica. La madrugada, con su implacable bisturí de relojes, impulsaba el fluido de sus venas hacia la escritura, para convertirlo en palabras sobre las hojas de sus cuadernos. Tal vez Paco Nieva no se murió durmiendo, sino que escribió demasiado bien la escena de su muerte y no le quedó más remedio que interpretarla fidedignamente, con todas las consecuencias.

 También se cuenta que al escritor manchego le fascinaban las mentiras, no porque fuera falso, sino porque estaba acostumbrado a realizar numerosas correcciones del original, y consideraba que entre las obligaciones de un artista –además de producir una obra– se encontraba la de dejar una biografía interesante; que hubiera sido completamente real, era lo de menos. La literatura ennoblece la vida, desde siempre ha sido el photoshop de las palabras y los acontecimientos. Toda la historia oficial que se estudia en los libros y los documentos fue retocada en función de dejar una buena impresión a las generaciones venideras. Habría que escribir en sus grietas –abiertas por el tiempo– la historia silenciada; aunque tal vez sea esto lo que viene haciendo la poesía, la prosa y el drama, a lo largo ya de tantos siglos.

 Una de las alucinaciones favoritas de Nieva sucedía en Nueva York, donde había viajado con toda la compañía al estreno en el MET (Metropolitan Opera House) de una ópera, en la que participaba como escenógrafo. A la salida del teatro, ya de madrugada, él y sus compañeros se encontraron con toda la plaza del Lincoln Center cubierta de mendigos durmiendo sobre el suelo. Al intentar abrirse paso entre ellos, los indigentes comenzaron a levantarse y a acosar a los artistas, pidiéndoles dinero. Eran tantos rodeándolos y cada vez más agresivos, que tuvieron que venir los antidisturbios, y con botes de humo los disolvieron. Contemplando aquella airada horda de clochards entre el humo blanco, le pareció estar asistiendo al Apocalipsis en la Gran Manzana. Nieva transmutado en Nosferatu postmoderno entre los rascacielos de acero, rodeado por una fantasmal corte de mendigos neoyorquinos.

 Más allá de esas poses egocéntricas e iconoclastas, la mejor degustación del mundo de Nieva se adquiría tratándolo a él personalmente. Resultaba tan elegante, tan respetuoso, tan inteligente a la par que discreto, con un sentido común tan aplastante como el de una tía carnal (esas hermanas de los padres que nunca se equivocan). Pero, sobre todo, tenía un arte especial para hacer sentirse cómodos a sus interlocutores, como si los conociera de toda la vida. Aunque estando en su presencia, lo natural era escucharlo, admirarlo y contemplarlo con devoción eclesiástica, él sabía condescender e interesarse por lo del otro, como si también para él fuera importante.

El niño longevo nunca deja de soñar

 En su acomodada infancia en Valdepeñas existieron dos personajes cruciales que inspiraron y modularon la personalidad creativa del niño Francisco Morales Nieva: sus tías paternas, que eran dos hermanas solteras –a la sazón, pintoras– con las que convivía la familia Morales-Nieva. Además de ser cultas, graciosas y tocar con arte la guitarra y la bandurria, sus tías pintaban rosas al óleo sobre las puertas de las habitaciones. Extravagancia poética similar resulta habitual en las casas manchegas, donde abrir y cerrar puertas se convierte en perfumar el aire del hogar con flores imaginarias. Las tías de Nieva eran amables y encantadoras, con una lengua y un discurrir tan agudo como certero, aunque no por ello dejaran de cantarle las siete verdades a quien hiciera falta. Amables y educadas, amantes de los placeres de la repostería y de las Bellas Artes, en el fondo, su sobrino fue lo que ellas podrían haber sido, si hubieran salido de su pueblo para conquistar el mundo. Por falta de originalidad no hubiera quedado la cosa. Seguro que habrían sido capaces ella solas de sorprender y escandalizar a todo Valdepeñas.

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