estamos pensando...

9. Fin sin final (-I-)

Algo DETRÁS de todo. Por J. Francisco Fabián

2014-12-05 02:02:02

Era viernes. Llegué cansada de trabajar mañana y tarde en la agencia de viajes, porque precisamente era el tiempo en que la gente organizaba sus vacaciones de verano con antelación, por lo de los descuentos. Al llegar necesitaba eso que una mujer espera en estos casos: que se alegren de verte de nuevo, que te retengan un rato entre los brazos con calor y ganas de tenerte y que te sientas cansada pero querida. Luego puedes hacer la cena o lo que haga falta a pesar de todo, pero antes precisas eso como combustible. Es cierto que le noté una cara rara cuando me miró al llegar, sentado en el sofá, con la televisión apagada y tomando una cerveza, que por lo que vi era la segunda, algo inusual en él a esa hora, sin cenar. Pensé que era el calor que ya empezaba a hacer por lo avanzada de la primavera. Me eché en sus brazos como quien se deja caer en una nube, sin quitarme ni siquiera los zapatos. Apenas llevaba medio minuto allí cuando dijo a mi oído con voz temblorosa: «Tenemos que separarnos, Sonsoles». Estaba tan a gusto entre sus brazos que en realidad no reparé en lo que había dicho. Mi espíritu esperaba únicamente una frase de consuelo como alivio al cansancio. Entonces lo repitió y fue cuando reaccioné. No podía callarlo más: desde hacía seis meses estaba enamorado de una chica de 30 años y no lograba pensar en otra cosa, no vivía, aunque yo no me había dado cuenta, porque siempre le atribulaban los problemas del trabajo como arquitecto. Lo dijo como quien expulsa por fin algo que le tiene taponadas todas las salidas. Supongo que le obsesionaba de aquella joven su piel todavía tersa, sus ganas de vivir aún de joven y la cuantiosa reserva de vida que hay a esa edad, en contraste con mi piel de 50 años y con mi visión más escéptica de todo. Me quedé paralizada, le pedí que me dejara sola en casa y que, como era viernes, se marchara al menos para el fin de semana. Llenó con prisa una pequeña bolsa de viaje y se fue aliviado como quién huye de un incendio.

Estuve llorando con desesperación quizá una hora encima de nuestra cama y luego, en plena noche, dando un paseo por la ciudad bajo las luces amarillas, perdida de todo, sin iniciativa, pensando en lo que había dado y en lo que ahora recibía. Sentía deseos de hacer algo, incluso alguna estupidez momentánea que me olvidara del inmenso dolor y el desconcierto que sentía. A punto estuve de echarme en los brazos de un hombre que me miraba apostado en un parque. Pero en mí eso hubiera sido aún peor, porque no tenía sentido hacer tal cosa para olvidar. Nunca como esa noche me dolió tanto el haberme dejado convencer, tiempo atrás, de que no tuviéramos hijos para vivir libres. Lo había dado todo por él, pero más que nada por aquel proyecto en común de los dos: libres para vivir solos. Unos hijos ahora hubieran sido el consuelo perfecto. No conseguí dormir en toda la noche. La oscuridad agravaba el dolor, la confusión y los nervios. Iniciar una nueva vida me parecía algo para lo que no estaba preparada, acomodada en las inercias de veintitantos años de convivencia armónica. Llegué a la conclusión de que debía quitarme la vida cuanto antes poniéndome en la vía del tren, ya que no ha había somníferos en mi casa. Con 50 años y así, ya solo podía esperar decadencias. A veces se toman estas decisiones y son irrevocables. Pareceré tonta, pero no quería provocar toda esa situación en plena noche, con las luces de la policía y la ambulancia alumbrando en la oscuridad, con la gente de los chalets cercanos asomándose a las ventanas para ver como recogían mi cuerpo destrozado. A mí no me ha gustado nunca el protagonismo, ni siquiera cuando la vida ni nada de lo que la contiene, me importaba absolutamente. Decidí hacerlo al día siguiente a primera hora de la tarde, para que me diera tiempo a dejar escritas dos o tres cartas y vivir lo último que se me ocurriera despidiéndome del mundo.

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humor.corto

—¿Nos hacemos unas vacaciones pagadas, alcalde? —Vale, Héctor, a Cataluña. Me han hablado de una colección Bassat. —Que venga el gerente de Lienzo Norte y entre los tres seleccionamos las obras.

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