estamos pensando...

9. Fin sin final (-II-)

Algo DETRÁS de todo. Por J. Francisco Fabián.

2014-12-05 02:02:46

Cuando llegó el momento de abandonar mi casa lo hice con serenidad, convencida de que era lo mejor para mí. Terminar cuanto antes con aquel inoportuno sufrimiento me parecía un alivio urgente. Caminé hacía el punto elegido sin saber bien la hora a la que pasaría el tren. El cielo se había puesto de un gris azulado oscuro, el típico que antecede a una tormenta de primavera. Para tranquilizarme me llevé el aparato de mp3 que Jorge, mi ya (supongo) ex marido, utilizaba para ir a hacer futing los fines de semana. No se salvaría del impacto del tren, pero eso no me importaba mucho ahora, necesitaba irme con música, que ella fuera lo último. Encendí un porro bien cargado y me senté al lado de la vía. Justo entonces empezó a tronar y a llover. Quise pensar que era un recibimiento del más allá (pura fantasía mía, cosa de siempre). Dejé que me empapara la lluvia. Estaba tan a gusto mojándome y con aquel olor a humedad, que vi llegar un tren y no quise que fuera ese. No tenía prisa, eran mis últimas voluntades. La tormenta siguió y con ella la sensación de humedad y de aire limpio. Me sentía bien así, con aquello, como si fuera lo único valioso ya del mundo. Unas horas antes había tocado fondo: nada valía la pena. Ahora la merecía una sola cosa: aquella sensación de placidez que me daba la lluvia sobre mí, con la humedad general en el ambiente invadiendo todo y el cielo oscuro de fondo. Pasó otro tren y tampoco me pareció que fuera el momento. Cesó la tormenta y se declaró un ambiente apacible lleno de olor, sensaciones confortables y de colores de todo quizá por el agradecimiento a la lluvia. El mundo delante de mí parecía estar cambiando. De repente, sin programarlo yo, sonó una canción en los auriculares que llevaba. Hacía mucho tiempo que no oía: «Sulbury hill» de Peter Gabriel, que tanto había bailado en las discotecas en los años setenta, cuando era joven y a pesar de ser una soñadora con Serrat, me volvía loca también en algunas situaciones con otra música. Como en teoría nada me importaba, empecé a bailar entre las hierbas que hay cercanas a la vía y que a esas alturas de la primavera son muy altas. Me sentía libre, limpia, loca. Cuando terminó, la puse otra vez y seguí bailando. Acabé agotada sentada en el suelo y con una grata sensación de placidez. Me noté una sonrisa por dentro y por fuera. Así no podía suicidarme. Vivir ya no me parecía una cosa tan mala con la humedad, con la música y con la soledad. Fui a casa, rompí las cartas escritas de despedida, tomé el coche y partí en dirección a Salamanca, una ciudad que siempre me ha entusiasmado. Allí pasé el resto del fin de semana, sola, comiendo bien, flotando en una sensación de libertad desconocida, acompañada solo de mí misma. En muy poco tiempo repartimos lo común, compré un apartamento pequeño y un perro Labrador. Soy feliz de verdad. La vida es una cosa muy rara, te puede cambiar por una música y por el placer de la humedad después de una tormenta. Esta historia acabó bien.

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humor.corto

—¿Nos hacemos unas vacaciones pagadas, alcalde? —Vale, Héctor, a Cataluña. Me han hablado de una colección Bassat. —Que venga el gerente de Lienzo Norte y entre los tres seleccionamos las obras.

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