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Bar Bahar. Entre dos mundos

La doble lucha de la mujer palestina

2016-11-29 02:10:06

Clara Morales, infoLibre, 23/11/2016

Una escena de 'Bar Bahar. Entre dos mundos'.

"Antes de liberar la tierra, hay que liberar la mente". La directora palestina Maysaloun Hamoud tiene el discurso firme y algo impaciente de quien ha aprendido y repetido mil veces la lección. Su filme Bar Bahar. Entre dos mundos llega a los cines españoles este viernes, pero si lo hace es porque ha recorrido ya varios países. Ha recogido premios y críticas positivas en los festivales de Toronto y San Sebastián, y fue reconocida como mejor opera prima en el de Haifa, donde su éxito —junto al de Personal Affairs, de Maha Haj— supuso una llamada de atención sobre la realidad de los palestinos con pasaporte israelí. O, mejor dicho, de las palestinas. 

Las tres protagonistas de este largometraje independiente viven en la misma situación que su hacedora: son de origen árabe, pero han abandonado sus ciudades de nacimiento y adoptado el pasaporte israelí, por distintos motivos, para instalarse en la bulliciosa y cosmopolita Tel Aviv. "Estamos acostumbrados a ver en la gran pantalla el conflicto habitual, Gaza, Cisjordania, pero no se habla de los problemas sociales", defiende Hamoud tras la proyección de la película. Ha sido precisamente eso lo que ha llamado la atención allí sobre su trabajo que, para el periódico Hareetz, refleja "los problemas de las mujeres palestinas que viven con una doble carga: la ocupación o una vida de discriminación en Israel, y la sociedad patriarcal en Palestina". 

Laila (Mouna Hawa) es una exitosa abogada que dedica gran parte de su tiempo a pasárselo bien, incluyendo drogas y sexo en el menú. Su compañera de piso, Salma (Sana Jammalieh), alterna sus trabajos de dj y de camarera y le sobra tiempo para ligar con alguna clienta entre rave y rave. La primera exhibe escote y una larga melena, la segunda, tatuajes y piercings. Tienen, como la directora, el aspecto de cualquier mujer que camine por el centro de Madrid. El tercer personaje es la nota discordante, el que pone a prueba los prejuicios occidentales, pero también los de las propias amigas: Nour (Shaden Kanboura) es una estudiante religiosa que cubre su cabello con un hijab y realiza abluciones varias veces al día. Las tres van a vivir, en paralelo, el duro camino de la liberación. 

No será Hamoud quien cuestione la capacidad de decisión de la mujer islámica. "Cualquier mujer puede liberarse", defiende la cineasta, "Muchas mujeres religiosas, tanto musulmanas como cristianas, son muy fuertes y pueden liberarse sin convertirse en otra cosa". Deberán hacerlo en "un momento histórico muy triste", en palabras de la directora. Lo dice por la promesa rota de la Primavera Árabe, de la que las violaciones y agresiones colectivas de la plaza Tahrir se han convertido en símbolo. Pero también por Trump y por la Europa de la austeridad: "Las mujeres árabes, como cualquier otra mujer en el mundo, siguen luchando". Y contra los mismos monstruos que las occidentales. 

Laila ve en Zaid, un guapo y culto director de cine que ha vivido en Nueva York, al compañero que la tratará como a una igual, pero la presión social revela con facilidad su doble rasero. La familia cristiana de Salma, supuestamente liberal, monta en cólera cuando descubre que la niña jamás aceptará de buen grado a los pretendientes que hacen desfilar ante ella haciendo valer sus fábricas que despachan mil pollos al día, y amenazan con internarla en un manicomio. Nour se enfrenta a un prometido que cambia pronto de la protección al control, y de ahí a la violencia. Ninguna de esas situaciones son ajenas a las mujeres españolas: 39 mujeres han sido asesinadas por sus parejas en lo que va de año, en la Comunidad de Madrid hay una agresión homófoba cada dos días

Cuando uno de los personajes es violado, Hamoud suele encontrarse con una pregunta recurrente por parte de la prensa: "¿Por qué no denuncia?". Ella responde como lo haría una víctima de violación en España, donde se denuncia una cada siete horas, y donde entre el 60% y el 90% de estos delitos jamás se lleva ante las autoridades: "¿En serio? La sociedad conservadora, y no solo la conservadora, sigue viendo a la víctima como una carga, o como la culpable, porque ha coqueteado y ha atraído al hombre". Allí, "la primera reacción es casarla con el violador". Aquí, una jueza puede preguntar a la víctima: "¿Cerró bien las piernas?".

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