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15. Buñuelos para la mala suerte (II)

Conclusión del relato de J. Francisco Fabián, de la serie Algo detrás de todo.

2016-12-05 22:25:15

No se pudo contener y llamó a Nieves, la vecina del cuarto, para que lo supiera de los primeros y para que le diera algún consejo de inmediato, teniendo en cuenta que era joven, de confianza y sabía mucho más que ella de todo. Nieves bajó corriendo. “¡¡Que me ha tocado la bonoloto y tenía bote de varios millones!!”, le dijo llorando de alegría mientras se le abrazaba al cuello. “¡Vete pidiendo lo que quieras, como si es un coche!” Estaba tan nerviosa que Nieves le tuvo que quitar el billete de la mano, no fuera a ser que lo rompiera un poco y luego no se lo dieran por válido. “Vamos a comprobarlo”, le dijo mirándolo. Tardó un poco más en mirarlo de lo que hubiera sido normal y eso le extrañó a Maricarmen, que empezó a costarle tragar saliva. “¿Te ha tocado la semana pasada y no te has dado cuenta hasta ahora?”. “No, el billete es de ésta”. “No, es de la pasada, mira le fecha”, le dijo Nieves poniéndose muy seria. A Maricarmen le recorrió todo el cuerpo una sensación de frialdad interior como si se acabara de morir. “¡¡No puede ser!!” Lo era. El boleto, aquel boleto, no era el premiado, la semana anterior le hubiera tocado todo, de ésta solo había acertado uno y el reintegro. En ese momento se oyó meter una llave en la cerradura de la puerta y abrirse con prisa. Allí estaba Gedeón Benítez, Titi, con su cuerpo menudo, su barba cerrada y sus ojos negros, aquellos ojos que miraban tan bien hacía muchos años, pero en aquel momento presente componían una mirada de susto. “¿Qué pasa, a ver, qué pasa?”, dijo impaciente. A Maricarmen no le salían las palabras, estaba a punto de echarse a llorar mirando para el suelo, así que le ayudó Nieves: “Nada, que creía que le había tocado el bote de la lotería primitiva, pero era el billete de la semana pasada, no el de ésta... No le digas nada, ya demasiado pesar tiene ella”. Gedeón la miró, hizo un gesto con la boca y dijo: “¡Mira que eres boba, joder!” “Pues sí, y mucho”, dijo Maricamen en voz baja y tono derrotado, pero suficiente para que se le oyera. 

Cuando volvió Titi por al anochecer la encontró haciendo la cena de espaldas. Tenía la cara muy seria y los ojos enrojecidos, fuera del pescado que estaba friendo o de llorar. Le dio un beso en la mejilla y se fijó en los ojos. No era muy hablador, pero solía decir las cosas que pensaba en frases de mucha densidad. “Maricarmen, dime una cosa: ¿estamos enfermos?” Ella le miró sin saber lo que quería decir con la pregunta. “No, que yo sepa, ¿por qué dices eso?” “Porque eso es lo más importante, lo que puede cambiar la vida de la gente”. Y le dio otro beso, extraordinario en él, en el cuello y se marchó al salón a ver lo que decían en el telediario. Como no sabía ser directo, por una cuestión de timidez, sin decir nada dejó un paquetito en la mesa donde iban a cenar. Cuando Maricarmen fue a poner los platos, lo vio y lo abrió a ver qué era. Eran pequeños buñuelos de crema y de chocolate de los que solo se hacen por los Santos, un postre que le volvía loca. “Gracias Titi por los buñuelos, pero ¿te imaginas que nos hubieran tocado todos esos millones?” “¿Y te imaginas tú que estuviéramos enfermos?”, respondió Titi echando un poco de vino en el vaso. Y de paso le dio un cachete suave en el culo. (Le habría dado de estos, como mucho, tres en los últimos veinticinco años).

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humor.corto

—¿Nos hacemos unas vacaciones pagadas, alcalde? —Vale, Héctor, a Cataluña. Me han hablado de una colección Bassat. —Que venga el gerente de Lienzo Norte y entre los tres seleccionamos las obras.

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