estamos pensando...

Aquellos maravillosos años

Qué poco queda de aquello que parecía que había

2016-12-15 01:26:51

El Gran Wyoming, infoLibre, 14/12/2016


Movidos por un deseo de esperanza, millones de españoles sobrevivieron a aquel clima de terror que supuso la Transición mirando hacia delante, a pesar de que lo que tenían detrás, aquello de lo que venían, se les puso enfrente.

Había que hacer de tripas corazón, no perder la fe. Se tomaron las calles, se tomaron los bares, se tomaron las plazas, se tomaron las copas. La libertad estaba a la vuelta de la esquina. Se quemaron los burkas, se afeitaron los bigotitos, la industria de la gomina cayó en picado, las calles se llenaron de chupas de cuero, de pelos de colores, de medias rotas, de botas, de minifaldas. La Movida ayudó a transformar el ecosistema, cambió el decorado. Una erupción de vida colapsó las ciudades. Los jóvenes que habían estado castigados en sus casas por orden gubernativa salieron a la calle en tromba. Venía la riada, pero no se cumplió la profecía de Bob Dylan según la cual “admitid que las aguas están creciendo y que pronto estaréis calados hasta los huesos, y si creéis que vuestro tiempo es algo que merece la pena conservar más vale que aprendáis a nadar o os hundiréis como las piedras porque los tiempos están cambiando”. No se hundieron. Se tomó todo, de todo, menos el poder.

Desde la atalaya, los amos contemplaban vigilantes aquella feria esperando pacientes a que bajaran las aguas. En la puerta de la finca seguía colocado el cartel: “Cuidado con el perro”. Con la paranoia siempre presente, se vivieron unas vacaciones a modo. Los chavales de la pana hicieron bien su trabajo bajo el lema: “Nosotros o la bota militar”. La doctrina del shock no fue un descubrimiento de Naomi Klein, ya se había aplicado en España en los años setenta cuando ante la amenaza de transformar la península en un nuevo campo de concentración, los socialistas se postularon como única alternativa de consenso internacional. Previamente jubilaron en Suresnes a los viejos compañeros, y con ellos sus utópicas propuestas transformadoras. Irrumpieron en los medios de comunicación con la mochila llena de propuestas atenuantes y con instrucciones precisas de Willy Brandt, el líder alemán que ponía la pasta.

Así fuimos tirando. Recientemente he visto un vídeo de Felipe González pidiendo el voto para la permanencia en la OTAN y se dirigía a sus "amigos que estaban por el no” diciendo: “Con vuestro voto vais a interrumpir el proyecto político que estamos llevando a cabo”.

Comulgamos con piedras de molino hasta que tuvimos el estómago lleno, y como el lobo en el cuento de las cabritillas caímos al estanque del neoliberalismo en el que nos seguimos hundiendo porque no tiene fondo, su voracidad es infinita.

Los alegres chicos de la pana hicieron bien su trabajo y dejaron colocado el decorado de la función. A ese paisaje lo llamaron “modernización”. El juego consiste en respetar la convención de  no cruzar los paneles porque entonces descubres que no estás en Pekín sino en Torrelodones. “Ya somos europeos”.

Ahora parece que el bipartidismo ha desaparecido y se habla del espíritu de consenso del 78. ¡No, aquello no! En ese afán tan nuestro de reescribir la historia contándola al revés, los medios de comunicación, con una reiteración apabullante, han conseguido que aquella década del terror sea recordada como un ejemplo de actitud democrática y tolerante, como un camino a seguir ahora, en aras de una mejor gobernanza y de la reconciliación de posturas enfrentadas para que los procesos de transformación llamados “reformas estructurales profundas”, que nos han traído la ruina, el desempleo y la corrupción sistémica, se queden para siempre entre nosotros, se acepten como la base del nuevo sistema.

Tienen como referencia aquel periodo político y hablan de un supuesto consenso en el que dejaron fuera al ciudadano, para que entre todos los constitucionalistas, por acción, adhesión o abstención, se asiente esta situación insostenible tanto en lo político, como en lo judicial, lo económico y social. Quieren blindar esta fábrica de pobreza y corrupción.

El Aeropuerto de Madrid-Barajas, como saben, se ha bautizado como Adolfo Suárez en recuerdo de aquellos tiempos gloriosos en los que dicho presidente, que da nombre al aeródromo, fue forzado a dimitir, según relata Pilar Urbano en su libro La gran desmemoria, después de que el general Merry Gordon le enseñara una pistola en la Zarzuela en presencia del mismísimo rey. ¡Toma consenso!

Entre el 75 y 1983, ese período dorado de nuestra política, hubo varios intentos de acabar con la democracia por parte del ejército, y la friolera de 591 muertes por violencia política incluidos 344 de ETA y 51 del Grapo. 188 fueron cometidos por personas relacionadas de una u otra manera con las instituciones o con personas próximas a ellas, y se encuadraron dentro del epígrafe de “incontrolados”.

[Leer completo en infolibre.es]

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