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16. CUENTO DE NAVIDAD (2016) [I]

Algo detrás de todo, por J. Francisco Fabián

2016-12-22 23:52:57

Algunas ya llevaban preparando las cosas de la cena de Nochebuena desde las 5 de la tarde. No todas las que debían, lo cual motivó que cuando llegaron las más rezagadas, aunque se preocuparan de justificarlo, fueran objeto de ciertas ironías no del todo sanas. Como iba a ser Nochebuena no era cuestión de poner a nadie en su sitio, pero las cosas había que decirlas, aunque fuera con indirectas. Estando todas, el consejo de cocina lo componían las cuatro hermanas y dos de las cuñadas. Faltaba una cuñada más, pero a esa se le perdonaba de momento porque era el primer año que iba a cenar con toda su nueva familia política; era la nueva pareja del hermano pequeño y con ella ya habían conocido a cuatro, que se decía pronto. Juan fue, era y seguramente seguiría siendo, ese calavera que tienen todas las familias más o menos numerosas.

En la preparación de las cenas de Nochebuena, fueran con toda la familia o con buena parte de ella, casi nunca participaban los hombres. Algunos se declaraban inútiles para tal cosa con una sonrisa y los que querían ayudar eran rechazados “porque en lugar de ayudar, estorbarían”. De ese modo los hombres llegaban justo a la hora de cenar con muchas ganas de hacer bromas. Llegaban con los hijos pequeños, porque los hijos en los preparativos, si eran pequeños, lo único que harían sería estorbar. Si ya eran jovencitos, ni siquiera hacían amago de ofrecerse a colaborar; tampoco estorbaban, se quedaban en cualquier lugar a solas con su inseparable teléfono móvil.

Todo aquel montaje que se quería de la familia completa, pretendía reunirles con la madre como si no hubiera pasado nada hacía menos un año. La madre de familia cumpliría en menos de un mes un año de vida en la residencia a la que se había querido ir ella misma, ahora que se estaba quedando ciega por completo, para no estar alternativamente provisional de casa en casa de los hijos, con sus esposas o maridos correspondientes. Precisamente los organizadores de la cena habían querido que no faltara nadie para que Gabriela tuviera claro que tenía a toda la familia con ella a pesar de la nueva situación. Su hijo Luis había ido convenciendo a uno por uno. Y no había sido fácil, porque alguna de las nueras había retorcido la idea, no se sabía bien con qué intención. Incluso una de ellas había dicho que para ir tenía que llevarse a su madre o no iría, porque de ninguna manera iba a dejar que fuera a cenar a la casa de su hermano, por si aprovechaba su cuñada para envenenarla. No había ese peligro en realidad, pero diciéndolo con un determinado tono se quedaba más a gusto.

En total iban a ser 28 comensales, con lo cual empezar con los preparativos a las 5 de la tarde no era ninguna precipitación. Para entonces, las tres que se habían encargado el día antes de las compras, ya estaban un tanto excitadas porque les hubiera tocado a ellas comprar, aunque en realidad no habían querido que las ayudara nadie.

La cocina de la vieja casa arreglada de la abuela, en el pueblo cercano a la ciudad donde había vivido, todavía de todos y para usarla por turnos cuando se necesitara, era en los preparativos un ir y venir de las seis mujeres al mando de la mayor -Emilia- que por ser la mayor desde siempre, también por temperamento y porque no era fácil verla sonreír, había tenido toda la vida una cierta autoridad que no se atrevían a discutir en público ni sus hermanas ni menos aún sus cuñadas, aunque sí a criticarla por cualquier cosa en sus propias casas ante los maridos. Ella daba las órdenes más importantes, las demás obedecían y si se tomaban alguna licencia por su cuenta, era en detalles pequeños, como pelar unas gambas, sacar de las latas el paté, los mejillones o el cangrejo, trocear las patatas, colocar los pepinillos con anchoas y guindillas en un palillo o todo lo necesario para la ensaladilla, que no iba a faltar, porque era uno de los platos preferidos de la abuela.

En todo aquel trajín, a cada poco se oía el sonido de la llegada de un wasap. Como casi todos tenían la misma melodía, cada vez que esto sucedía una buena parte de las seis buscaban apresuradamente su teléfono a ver si era para ellas. La afortunada tomaba el teléfono y durante unos segundos o algo más, se dedicaba a leer el mensaje con una sonrisa, luego escribía con cierta torpeza algo en el aparatito, lo dejaba y seguía trabajando, pero lo normal es que volviera a sonar una o más veces. Emilia, que todavía no había dado el paso al wasap, miraba con desaire estas cosas y una de las veces, lo juzgó para sí con algo más que desaire, aunque tampoco dijo nada: en esa ocasión fue su hermana Irene la agraciada con uno de aquellos mensajitos que se avisaban a través de una especie de silbido. Había recibido ya varios, pero cuando llegó uno en concreto, tomó el teléfono y dijo que iba al servicio, llevándoselo en la mano. En lugar de ir al que había más a mano en la planta baja, subió al de arriba, tardó en bajar y ni siquiera tiró de la cadena, porque el ruido de la cañería siempre se oía abajo. Solo Emilia percibió este detalle, que le pareció importante. Estuvo atenta y cuando regresó, le advirtió en el rictus el final de una sonrisa que unos segundos antes habría sido más amplia, porque ya quedaba de ella solo la iluminación del rostro, por más que los labios hubieran vuelto a su sitio.

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