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16. CUENTO DE NAVIDAD (2016) [II]

Algo detrás de todo, por J. Francisco Fabián

2016-12-22 23:48:37

Poco antes de las 9 empezó a llegar la gente. Para entonces había ya varias mesas empalmadas, las sillas puestas y muchos platos y fuentes colocados en su sitio y cubiertos con plástico fino para que no estuvieran al aire antes de comerlos y para que a nadie se le ocurriera picar de ellos. El ajetreo de las organizadoras parecía estar en un punto crucial. Los recién llegados irrumpían con bromitas que no eran bien recibidas por la mayoría de las cocineras, que así hacían valer el tiempo que llevaban dedicado a la cena, mientras que ellos habían estado descansadamente a otras cosas. A los padres con niños pequeños se les conminaba a veces con cierta energía a que los tuvieran controlados y fuera del área de acción de la cocina. Donde quisieran, pero lejos de allí.

Gabriela, la anciana madre, llegó del brazo de su hijo Luis y de la mano de su nieta Inés, de la que no se separaba nunca cada vez que venía a verla desde Madrid. Inés tenía 8 años, los ojos de un azul deslumbrante aderezados hasta la perfección por pestañas rizadas oscuras, era de temperamento dulce, se explicaba despacio, tenía en cada mirada un mensaje, no solía jugar a lo que las demás de su edad jugaban y buscaba siempre la compañía y la conversación con los mayores, a los que escuchaba con atención como si fuera ese el mundo que más le interesara.

De los últimos llegó Juan, con su hijo del segundo matrimonio y su nueva pareja, una muchacha joven rumana, por lo menos 10 años más joven que él, que parecía tímida. Lo debía ser, primero, por no conocer prácticamente a nadie de tantos; segundo, no ser muy habladora de nacimiento y tercero, porque era rumana y sabía que lo sabían. Todos fueron simpáticos con ella, también Emilia, que no acababa de digerir la caótica vida sentimental de su hermano, siempre llena de cambios y de vaivenes de crápula. Incluso uno de sus cuñados hizo alguna bromita sobre Rumanía que muy bien se podría haber evitado, aunque no fuera con mala intención. Juan llegó, muy a su estilo y, antes de nada, desempaquetó un Papá Noel rojo y lo colgó del balcón. Más de uno y más de una pensaron, callando lo que pensaban, que qué original era con lo del Papá Noel; pero como venía de quién venía, era de esperar esto e incluso algo peor. Juan era Juan y todo el mundo lo sabía. Tenía un gran corazón, pero la cabeza la tenía perdida desde siempre. La otra persona con poca confianza para estar en el grupo era la madre de Sofía, una señora de unos setenta y tantos años, alta y delgada que no parecía feliz; no por estar allí, sino en general por todo: por el pasado, por el presente y por el futuro. 

La cena comenzó cerca ya de las diez, con la abuela Gabriela colocada en la presidencia de la butaca de siempre y con su nieta Inés al lado, que le había prometido ayudarla en lo que le fuera necesario por lo poco que veía. Al principio, como todos tenían bastante hambre, se preocuparon más de comer que de hablar, sobre todo mientras los nueve platos de jamón y lomo ibérico estuvieron al alcance de todas las manos. Sin que dejara de haber conversaciones de fondo alabando la comida, valorando el vino, conminando a comer de todo a los más pequeños o contando cosas cordiales breves, se ocuparon más de comer y de pelar langostinos, pedir que les acercaran las salsas hechas a mano por Emilia o de evaluar cuál sería el siguiente asalto que iban a dar a la larga ristra de ofertas que llenaban las mesas.

Solo cuando ya se habían terminado los platos de jamón y de lomo y los de langostinos, y la ensaladilla rusa empezaba a provocar saciedad, empezando a comerse más por vicio que con el placer del principio, comenzaron las conversaciones más largas, donde ya no importaba entretenerse dando explicaciones sobre lo que alguien hubiera preguntado. Antonio empezó, como siempre, por picar a su cuñado sobre el Real Madrid, siendo como era él del Atlético de Madrid. Como allí todo el mundo sabía de qué equipo eran los demás, a las pullas de unos respondían los otros con igual peso y razón de fondo, denotando que todo el mundo tenía mucho qué decir y qué callar, lo cual hacía pensar al único que el fútbol le parecía algo despreciable, que para eso exactamente sus cuñados y hermano eran una pandilla de borregos. Pero no lo iba a decir, prefería callar y que con ello se siguiera sabiendo lo que pensaba del fútbol y de los futboleros, cosa que para los demás, como repuesta, les parecía cosa propia de intelectualoides de medio pelo. Todo el mundo, pues, creía tener algún tipo de arma con la que defenderse de momento de los ataques, sin que hubiera inquina como metralla, porque se trataba de fútbol en Nochebuena. Por ese momento las mujeres no participaban de la conversación, hablaban de niños, del poco tiempo que tenían a diario, de depilaciones, de vecinas, de enfermedades y de series de televisión que habían visto o no visto y se recomendaban para ver. Inesita no dejaba de estar pendiente de su abuela y cuando la veía con las manos desocupadas le tomaba una y se recostaba contra ella. Una tía suya, cuñada de su padre, pensó que era una niña muy pesada, que los niños tienen que jugar. 

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humor.corto

—Gracias a la automoción, Ávila prosperará por fin. —¡Qué bien, nos pondrán una fábrica nueva! —Qué va, creo llamarán Ávila a un nuevo modelo de coche.

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