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16. CUENTO DE NAVIDAD (2016) [IV]

Algo detrás de todo, por J. Francisco Fabián

2016-12-22 23:45:27

En las treguas se producía una especie de silencio tenso en el que todos aprovechaban para comer turrón, como si necesitaran cargarse urgentemente de provisiones. Lo hacían con cierta compulsión, sin saber lo que comían, porque en realidad estaban rumiando compulsivamente en sus cabezas lo oído que no les gustaba y sobre todo, lo que se habían dejado sin decir, con lo que hubieran callado la boca a los adversarios. Todos parecían haber estado dispuestos a morir aquella noche por sus ideas.

En una de aquellas treguas, como si fuera un milagro, sonaron las campanas de la iglesia llamando a la misa del gallo. El protocolo de la sesión familiar era que finalmente irían todos, creyentes y no creyentes, a la misa del gallo en el pueblo, con el recogimiento de estos casos, y para recordar cuando de niños habían ido a hacer eso mismo con padres y abuelos. La tradición allí era todavía salir de casa con velas encendidas como se hacía cuando el pueblo no tenía luz eléctrica. Adriana, jovencita de 18 años, le dijo a sus padres que ella se marchaba, que nada de misa del gallo y menos después de tanta bronca, aunque esa fuera una razón absurda y poco calculada, delatora de otras más importantes de fondo. Dijo que iba a dormir a casa de una amiga porque iban a salir un rato en la ciudad. Su padre preguntó de cuál y ella le dijo un nombre que a él le sonaba bastante, pero no era el de su mejor amiga, a cuyo padre conocía y del que podía obtener información en caso de duda. (En realidad Adriana había conocido hacía tan solo una semana a un chico un poco mayor que ella y estaba descubriendo, pero de verdad, las pasiones de la sexualidad en una situación en la que el cuerpo y el corazón era una misma masa, dulce, fogosa, húmeda y alocada. El muchacho, la iría a buscar a la entrada del pueblo con un coche y juntos iban a pasar la noche en secreto en la casa de la abuela de él, que se había trasladado a la de sus padres para la Nochebuena).

Manuel, primo de Adriana, que era un tipo callado y melancólico, amante de la literatura vaporosa, de la música de Leonard Cohen a pesar de su juventud, aprendiz de escritor y universitario, decidió irse a dormir a una pequeña chabola construida ilegalmente por su padre con un cuñado, en la huerta a las afueras de la ciudad que regentaba como urbanita amante del campo los sábados y en verano para asar chuletas. Algo le había dicho a lo largo de esa noche que donde mejor estaría sería allí, durmiendo al lado de los dos perros en el camastro desechado de su casa, llevado por su padre para echarse la siesta en verano, cuando iba a regar y a recoger tomates. Adoraba a los perros por lo que todo el mundo los adora y aquella noche según sus conclusiones, porque no hablan y por tanto no pueden decir estupideces.

Así las cosas, toda la familia salió de casa camino de la iglesia, menos Emilia, que se quedó recogiendo y rumiando con la mente. Visto lo sucedido quería estar sola, aunque fuera trabajando. En la comitiva se formaron grupos por familias y en cada uno, alguien forzaba bromas internas para que pareciera que no pasaba nada, pero era solo un engaño particular, ya que un poco antes se habían abierto algunas heridas que nadie sabía cómo iban a cicatrizar, ni siquiera si lo harían.

Por lo demás, la misa del gallo fue íntima, oficiada por un cura joven colombiano de tez oscura, con los asistentes sujetando una vela y cantando algunos villancicos de todos conocidos que recordaban a los más mayores que una vez fueron pequeños y cantaron eso mismo sin dejar de pensar en un niño que por lo visto había nacido muy lejos en un pesebre de padres pobres, a pesar de ser un tipo importante. 

Gabriela no se separó un momento de su nieta, que de vez en cuando, desde su estatura inferior, miraba a la abuela entusiasmada recibiendo una especie de inyección de felicidad solo por eso, por mirarla y porque la sonriera.

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humor.corto

—Gracias a la automoción, Ávila prosperará por fin. —¡Qué bien, nos pondrán una fábrica nueva! —Qué va, creo llamarán Ávila a un nuevo modelo de coche.

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