estamos pensando...

Las cunetas del franquismo

Muerte de un ciclista, o las cunetas del franquismo

2017-01-26 19:55:08

Revista de Libros, 13/01/2017

Por Rafael Narbona

La España de 1955 mantenía abiertas las heridas de la Guerra Civil, explotando la retórica de la victoria, que condenaba a los perdedores de la contienda a vivir entre el miedo, la humillación y la precariedad. Muerte de un ciclista, estrenada ese año, sorteó los obstáculos de la censura mediante un relato plagado de alusiones, elipsis y sobreentendidos, que no escondían tanto una alternativa ideológica como una visión trágica de las relaciones humanas, marcadas por el desigual reparto del poder, el atractivo sexual y la riqueza. Es indiscutible que la película era un alegato encubierto contra el régimen, pero un fuerte pesimismo existencial cuestionaba la posibilidad de una sociedad sin oprimidos, satisfechos y humillados. Juan Antonio Bardem trabajó estrechamente con Alfredo Fraile (fotografía), Luis Fernando de Igoa (guión) y Margaría de Ochoa (montaje) para alumbrar una película en la que se aprecia la influencia del neorrealismo y se anticipan algunos aspectos de la nouvelle vague. Luis Fernando de Igoa ideó la trama argumental: una pareja de amantes que regresan de una cita romántica atropellan a un ciclista. Se trata de María José (Lucía Bosé) y Juan (Alberto Closas), nítidamente caracterizados desde un principio. En cambio, hasta bien avanzada la acción, no sabremos que la víctima es un obrero metalúrgico, con mujer e hijos. Nunca llegaremos a ver su cara ni su cuerpo. La cámara sólo nos muestra su espalda cuando pedalea por la cuesta de una solitaria carretera, mientras cae una finísima llovizna. A los lados, sólo hay estepa, con surcos de tierra roturada, enormes charcos y árboles escuchimizados, con los troncos ennegrecidos, casi carbonizados, y las ramas desnudas. La desolación y frialdad del paisaje insinúan un punto intermedio entre el otoño y el invierno. El ciclista sube penosamente la pendiente. Al llegar a lo más alto, sólo es un punto diminuto que desaparece por un desnivel, un ser anónimo e insignificante. Poco después, surge un Fiat negro, pegando bandazos. El automóvil se detiene y Juan, que ocupa el asiento del copiloto, se baja con una mueca de angustia. Corre con una gabardina cruzada y uno de esos bigotitos que proliferaban en los años estelares de Errol Flynn, Clark Gable y Jorge Negrete, los galanes de moda. Menos decidida, María José permanece en un segundo plano, encogida en su abrigo de piel.

Juan descubre que la víctima aún respira. Se advierte su malestar y el deseo de auxiliar al herido, pero Lucía le urge para que se marchen. No deben complicarse la existencia. Podrían ser acusados de homicidio y salir a la luz su idilio clandestino. La cámara deja fuera de campo al ciclista, que agoniza silenciosamente. Sólo muestra un amasijo de hierros y una rueda de la bicicleta, girando en el vacío. Al igual que los miles de fusilados por los militares golpistas, su destino es desaparecer por el desagüe de la historia. No le aguarda una fosa común, pero sí el olvido y la presumible impunidad de los responsables de su muerte. Los amantes vuelven al coche y huyen en silencio, mientras la llovizna se recrudece y los limpiaparabrisas barren enérgicamente el cristal. No se detienen hasta llegar al viaducto de la calle Bailén. Conmocionados, permanecen callados. La cámara recorta su perfil en un plano medio. Parecen dos desconocidos, dos rostros esculpidos por la culpa, el miedo y el egoísmo. Los limpiaparabrisas no cesan de moverse, produciendo un sonido monótono e impregnado de fatalismo. Cuando Juan abandona el coche y María José se aleja conduciendo, dos ciclistas cruzan el puente, quizás como un eco de la tragedia y un recordatorio de la fragilidad de la existencia.

Ese mismo día, María José acude a una cena en la embajada norteamericana, donde su marido, un rico empresario, la sorprende con un regalo inesperado: un brazalete de diamantes. La frivolidad y el lujo contrastan con la soledad de Juan, que fuma un cigarrillo en su cuarto, con la cara ensombrecida por los remordimientos. Aún vive con su madre. María José era su novia, pero no lo esperó cuando estalló la guerra y se marchó al frente. Aunque lo amaba, prefirió la seguridad y el bienestar material. Incapaz de renunciar a nada, reanudó la relación, pero de forma clandestina, convirtiendo el afecto en aventura. Juan luchó con el bando franquista. La censura no habría permitido otra opción. Sus hermanos murieron en las trincheras. Su madre, una viuda orgullosa de sus hijos caídos, disfruta de una buena posición social, pero su hogar es un lugar sombrío y rebosante de tristeza, con muebles antiguos y pesados cortinajes. En cambio, María José disfruta de una vivienda luminosa y moderna, donde predominan el blanco, los muebles de diseño y las obras de arte. Juan duerme solo, sin otra compañía que sus libros y el humo de sus cigarrillos. Gracias a su cuñado, ocupa una plaza de profesor adjunto en la universidad. No se engaña. Sabe que es un enchufado con un carácter débil e inconstante. Según sus propias palabras, la guerra lo dejó vacío por dentro. Ya no cree en nada e intenta no pensar en el futuro.

[Leer completo en revistadelibros.com]

Comentarios

Escribe tu comentario

Su Comentario

Su Nombre

humor.corto

Éxitos musicales del 2017: Nº 1 Fonsi Nieto: “Despacito, tren Ávila-Madrid”, Nº 2: Malú, “Invisible, museo del Prado en Ávila”.

>
Concurso de Micrrorrelatos Avilabierta

Lo último que hemos colgado

¿Quiénes somos? - Saliendo al paso - Aviso para navegantes - Contacto