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18. Cuestiones para siempre sobre Inés [I]

Algo detrás de todo, por J. Francisco Fabián

2017-02-01 12:49:17

Estuve tres semanas de baja por una operación de rodilla y cuando regresé al trabajo, iba ya avanzado diciembre. Las tardes eran muy cortas, enseguida se hacía de noche y esta ciudad tomaba a partir de las 7 un carácter un tanto sombrío y fantasmal, ayudado por el frío, la humedad y la nueva iluminación.

Tenía trabajo atrasado y ganas de trabajar después de la baja, así que decidí acudir cada tarde hasta las vacaciones, aunque no tuviera obligación expresa de hacerlo. Estar de baja anquilosa un poco e induce a una cierta vagancia que no me consiento.

Una de aquellas tardes, en el momento de ir a fichar la salida en el reloj, encontré en el vestíbulo del antiguo palacio donde trabajo a Inés, una compañera tan antigua como yo en la Administración, tanto que vamos a jubilarnos al tiempo, cosa que hemos comentado alguna vez. La vi enfundada en un abrigo de piel vuelta marrón, con el cuello bien cubierto con una bufanda, su pelo tan negro y su tez oscura, que en más de una comida de compañeros, cuando ya íbamos contentos, nos llevó a recordarle su pasado moruno, cosa que no la agradaba demasiado.

El vestíbulo donde está el reloj de fichar no tiene mucha luz, lo cual hace que en invierno y a esa hora adquiera una penumbra misteriosa en la que las chicas nunca quieren estar solas, aunque no haya ningún peligro, solo es el miedo inconsciente a la oscuridad. El patio inmediato de columnas de piedra, quizá por el efecto de lo antiguo, provoca una sensación inquietante, como si se esperara que en medio de la oscuridad fuera a aparecer uno de los antiguos inquilinos desaparecidos hace cientos de años.

No sabía que Inés estaba allí cuando fui a fichar para marcharme. Estaba inmóvil como a dos metros del reloj, sin decir nada hasta que la vi. Esto lo hacen muchos compañeros, esperando a que llegue el momento exacto en el que deben fichar para que les cuadren mejor las horas que trabajan. Le dije que me había asustado y al mirarla advertí en su rostro algo difícil de describir. Era ella, sin duda, pero la expresión general de su mirada y de todo su rostro al sonreírme parecía tener un nosequé diferente. Era como cuando alguien se hace cirugía estética en el rostro y la ves por primera vez. Es ella pero a la vez no lo es exactamente. O como cuando tienes delante a dos gemelos: son iguales, pero hay matices indefinibles que los diferencian. Si hubiera sabido que Inés tenía una hermana, no hubiera dudado de que aquella que tenía delante lo era. Pero Inés solo tenía un hermano, del que sabía que era profesor en Murcia.

Me despedí y salí de allí camino de mi casa. Era ya completamente de noche. Por el camino me llamó mi mujer y me dijo que, si me venía bien, pasara por el supermercado y comprara una docena de huevos. El supermercado está en una placita edificada en desnivel respecto a la calle principal, de forma que al ser pequeña y tener árboles,es un rincón más bien oscuro, con un sugerente aire de intimidad que suelen aprovechar de noche las parejas de jóvenes para quererse,incluso desafiando al frío. Desde la calle a la placita se accede a través de unas escaleras de tramos largos. Cuando iba bajándolas observé que una mujer las circulaba despacio en dirección contraria, de tal manera que a medio camino nos cruzamos. La miré a la cara cuando estábamos a menos de dos metros y reconocí a mi compañera Inés de nuevo. Creo que me sobresalté y hasta me puse nervioso, porque estuve aturullado al preguntarle cómo había llegado hasta allí tan rápido habiendo salido yo primero. Se paró un momento delante de mí para decirmecon una sonrisa “Ya ves”. Reconocí la misma expresión que le había visto al lado del reloj unos minutos antes. Ahora aquellos rasgos me parecieron –es la expresión exacta- inquietantes, aunque no sepa explicar más de ello. Insisto en que no era la misma sonrisa exactamente que yo le conozco desde siempre, aunque se basara en los mismos ingredientes esenciales. No era más amplia ni menos, ni mostraba más los dientes, pero había algo en la conjunción de la boca y de los ojos que marcaban una sutil diferencia. Sé que es muy novelesco decir que no parecía una sonrisa de este mundo, pero la verdad es que así lo parecía. Por lo demás, su voz, aunque habló poco, con su forma natural lenta de ir palabra a palabra, era la misma. Me fui pensando que Inés, en el tiempo que había pasado sin verla, tenía que haberse hecho algo en la cara y nadie me lo había dicho, porque algunas veces soy el último en enterarme de los chismes del trabajo.

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