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18. Cuestiones para siempre sobre Inés [II]

Algo detrás de todo, por J. Francisco Fabián.

2017-02-01 12:49:30

Entré en el supermercado pensando en cómo podía haber llegado hasta allí antes que yo, sobre todo teniendo en cuenta que por edad, tiene ya algunas carnes de más y no la he visto nunca, ni cuando era más joven, desenvolverse con mucha agilidad. Me puse a hacer memoria sobre lo que había hecho desde que salí del trabajo, si me había entretenido en algo, si había encontrado a alguien y no recordaba otra cosa que haber ido directo en dirección al supermercado. A veces, quizá por la edad, me olvido de lo superfluo que me pasa y me parece que no lo he hecho. Cuando me lo demuestran, no me queda más remedio que pensar que me estoy haciendo mayor. En el caso de lo de Inés, si me había entretenido con algo y lo había borrado por completo de mi mente, es que empezaba a estar muy mal, porque juraría ante lo más sagrado que era tal y como lo recordaba. No creo en lo sobrenatural sino a través de la literatura, ni suelo ver programas de misterio, pero no podía quitarme de la cabeza lo sucedido mientras transitaba por las estanterías del supermercado. Hasta tal punto que compré los huevos, pero me olvidé de unos yogures que había pensado comprar fuera del encargo de mi mujer. Como sé bien de las casualidades tan sorprendentesque se dan a veces en la vida y como además se me había ocurrido la hipótesis de que la hubieran llevado hasta allí en coche, en casa enseguida me olvidé por completo al ver a mi mujer y a mis hijas, que me tenían entre todas guardada la sorpresa de las buenas notas de la pequeña, vuelta al buen camino después de un mal comienzo del curso.

Estábamos celebrándolo cuando nos llamó mi suegra para decirnos que se había caído al ir a colgar unas cortinas. Que no era nada, pero se había hecho un poco de daño en un costado. Como mi mujer no se iba a quedar tranquila esa noche sin ir a verla, decidimos visitarla antes de cenar, aprovechando así para caminar por las calles que acababan de estrenar la nueva iluminación de Navidad. Nuestra hija mayor, siempre tan pendiente de su yaya, se ofreció a acompañarnos.

 Afortunadamente lo de mi suegra se quedó esa noche en el susto. Tuvo que oír, una vez más, los reproches de su hija recordándole que le tiene dicho que no debe subirse en nada, porque se puede caer estando sola. Pero ya se sabe el caso que hace la gente mayor de estas cosas. Por precaución, mi hija se quedó a dormir con su abuela y mi mujer, ya más tranquila, y yo aprovechamos para volver caminando tranquilamente cogidos del brazo pensando en tomar un vino y unos callos en el bar de al lado de casa.

A la altura del Humilladero, que en su día despedía y recibía a los habitantes de esta ciudad cuando a partir de él ya estaba el campo con todos sus peligros, encontramos a una compañera de pilates de mi mujer y nos paramos con ella. Como todo el mundo sabe, el antiguo Humilladero estaba en su día al mismo nivel del camino, hoy calle, pero cuando hicieron la moderna avenida, subieron ésta de nivel, quedando el pequeño templo más bajo, de tal manera que desde la calle actual se ve el interior en posición de superioridad a través de un gran ventanal acristalado que da a la calle. De noche se ve su interior iluminado tenuemente, distinguiéndose apenas unas cuantas filas de bancos de madera enfilándose hacia un enorme Cristo crucificado que preside la cabecera. Es una visión que a solas, de noche y con poca gente por la calle, produce, cuando menos, inquietud, tanto que en más de una ocasión, caminando solo y volviendo tarde, la he evitado porque parece que el Cristo me está diciendo algo.

Estábamos hablando con la compañera de mi mujer, parados exactamente en el ventanal, cuando me di cuenta de que dentro del Humilladero había alguien. Ni siquiera sabía que a esa hora este lugar estuviera abierto al público. La imagen del Cristo, tan impactante, distrae normalmente de cualquier otro detalle. Era una mujer arrodillada, solitaria, con la cara entre las manos y los brazos apoyados en el respaldo del banco siguiente. Me fijé en la escena porque me parecía sobrecogedora como tal escena: la soledad de una mujer en medio de la escasa luz, a solas con la imagen del Cristo desnudo, tan grande; un auténtico bis a bis que se me ocurría desesperado a esa hora. Como mi mujer y su amiga hablaban de cosas que no me interesaban mucho, puse toda mi atención en la mujer que rezaba. ¿Qué tendría que decirle al Cristo tan urgente a aquella hora? ¿Qué angustia la llevaría a aquello?

De pronto uno de sus brazos se separó de la cara, dejándola libre y giró levemente el rostro hacia nosotros, mirándonos como son las miradas de abajo para arriba, con esa posición de los ojos que no es igual que al contrario. No podía creerlo, era de nuevo Inés. Ahora me miró fijamente no más de tres segundos y en seguida volvió a sujetar el rostro con las dos manos. No me dio tiempo a analizar nada más, una sensación interior de la que desconozco su nombre, me dejó helado. Les dije a mi mujer y a su amiga que allí parados nos estábamos quedando helados; se despidieron deseándose, por si no coincidían, feliz Navidad y echamos a andar camino de casa. Te has quedado muy callado, me dijo. Estoy helado de frío, contesté. Pero si no hace frío, está muy buena noche para ser diciembre, aclaró. No sé, pero estoy helado, será de la humedad.

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