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El mundo ha ido hacia Orwell

Richard Blair, hijo del escritor y patrón de la Orwell Society, reflexiona sobre el legado de su padre

2017-02-27 00:33:29

Richard Blair, hijo de George Orwell en la estación de Atocha este domingo. Carlos Rosillo

 

En febrero de 1937 un treintañero británico idealista y desgarbado llegaba a las trincheras del frente de Aragón para defender a la República. Se llamaba Eric Arthur Blair, aunque la historia lo recordará como George Orwell. Este mes, 80 años después del comienzo de aquella aventura, Richard Blair, único hijo del escritor, un ingeniero agrícola inglés jubilado de 72 años, viajó a Huesca para participar en la inauguración de una gran exposición sobre su padre. En conversación con EL PAÍS durante su paso fugaz por Madrid de vuelta a Londres, Blair evocó la figura de Orwell y comentó la actualidad de su legado y el enorme repunte del interés sobre su última novela, 1984, convertida en un superventas mundial desde el acceso de Trump al poder.

“Es verdad que en las últimas semanas, con las referencias en Estados Unidos a los ‘hechos alternativos’ [de los que habló Kellyanne Conway, una de las principales asesoras del presidente] ha aumentado mucho el interés por su libro. Pero mi padre nunca ha dejado de estar de moda”. 1984 no era tanto una profecía como una fábula sobre los totalitarismos nazi y estalinista. Pero, según apunta Blair, algunos detalles que en la novela parecían ciencia ficción forman parte desde hace tiempo de nuestra vida cotidiana. Como las cámaras de seguridad que vigilan casi todos nuestros movimientos, o el conocimiento que algunas empresas tienen de nosotros solo por cómo navegamos en Internet o por el uso que damos a nuestra tarjeta de crédito. “La sociedad ha ido evolucionado hacia lo que él vio. El mundo ha ido hacia Orwell”, afirma.

Blair es el patrón de la Orwell Society, una organización benéfica dedicada a promover el conocimiento de la vida y trabajo del escritor, y el debate de las ideas, y que mantiene una escrupulosa neutralidad en cuestiones políticas. Quizá por ello elige muy bien sus palabras cuando habla de Trump. “Creo que en este momento hay mucha tensión y compresión en la Casa Blanca. Es cierto que Trump está atacando a la prensa, pero es un completo enigma, todos están maniobrando y aprendiendo a vivir los unos con los otros”. No puede por menos que alegrarse, naturalmente, del repunte de ventas de los libros de su padre, no en vano es el heredero de sus derechos de autor, (“que caducan en 2020”, puntualiza). Pero reconoce que es inquietante que ese efecto se deba a que el público encuentre paralelismos entre la situación actual y la distopía que él describió.

Orwell y su mujer, Eileen, adoptaron a Richard en 1944. Diez meses después, Eileen murió en el quirófano durante una operación. Algunos amigos sugirieron al escritor, enfermo de tuberculosis, que devolviera al niño, pero este se negó. La relación entre padre e hijo se estrechó cuando ambos se trasladaron a la isla de Jura, en Escocia. Un lugar más sano, para sobrellevar la enfermedad, y tan fresco que “si te alejabas seis pulgadas de la chimenea, te congelabas”. De aquellos años guarda Blair el recuerdo de un padre amoroso, que le fabricaba juguetes de madera, con un peculiar sentido del humor y ninguno de los remilgos de la educación moderna. En una ocasión dejó al pequeño Richard, de tres años, dar una calada a una pipa que había cargado con tabaco recolectado de sus colillas. El efecto, además de un tremendo ataque de vómito, fue que el niño quedó, temporalmente, vacunado contra el vicio de fumar.

Fue en Jura donde Orwell concluyó 1984. Durante el día escribía en su habitación y compartía los atardeceres con el niño. Una de sus actividades favoritas era la pesca, en especial de las langostas que completaban una dieta parca por el racionamiento de la posguerra. A la vuelta de un fin de semana de descanso al oeste de la isla, naufragaron y estuvieron a punto de perecer ahogados. Salvaron sus vidas, pero según Blair el incidente agravó la salud de su padre. Su amigo David Astor, propietario del diario The Observer donde publicaba el escritor, pidió permiso para importar desde EE UU estreptomicina, un antibiótico recién descubierto. Pero Orwell desarrolló alergia a la medicina y el esfuerzo fue en vano. “Se le caían las uñas, le salieron ampollas en los labios”, recuerda Richard. El escritor murió en enero de 1950. Tenía 46 años y su hijo estaba a punto de cumplir seis.

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