estamos pensando...

19. Preguntas, preguntas... [I]

Algo detrás de todo, por J. Francisco Fabián

2017-03-20 09:31:20

Paseando con mi mujer un día que libraba, por iniciativa suya nos detuvimos en el escaparate de una lencería. ¿Cuál te gusta?, me preguntó viendo que miraba con interés, cosa que no me suele suceder con “sus” escaparates. Esa, respondí señalando una prenda interior muy sobria, de color negro, un tanto transparente y de aspecto muy fino y suave. ¿Te gusta mucho?, volvió a preguntar. Asentí con la cabeza con una sonrisa de complicidad (un tanto turbada). Entra y cómpralas. A ver si te atreves, me dijo apretándome el brazo como forma de impulsar el reto que me proponía. No es fácil esto para mí, pero acepté porque no quería quedar mal delante de ella. Cuando salí de la tienda con el pequeño paquete me miró con una sonrisa especial. Solo dijo ¿Seguro que es la misma que la del escaparate? Que tú eres muy despistado.

Un par de semanas después de aquello tuve que ir a Lisboa a uno de nuestros congresos de médicos. Fui en coche porque a mi amigo Luis le aterroriza el avión y además, queríamos cruzar Portugal disfrutando del paisaje y de la comida en  ciudades desconocidas y restaurantes también improvisados. Lisboa es una ciudad preciosa, puedo quedarme una semana sin echar de menos nada. Estando allí, mi mujer se empeñó un día determinado, poco antes de regresar, en que estuviera en el hotel a una hora concreta del final de la tarde para llamarme y hablar un rato por teléfono. No tenía nada concreto que contarme, pero quería que habláramos ella desde casa y yo desde la habitación. En fin… a veces tiene estas cosas. Unas las comprendo y otras no, pero como no me parecen importantes, ni siquiera pregunto.

Al día siguiente de volver, salí a caminar por la zona donde suelo hacerlo: el campo inmediato a la ciudad que me queda muy cerca de casa. Era domingo por la mañana. Suelo pasar por una zona, donde, por los restos que se abandonan (preservativos, toallitas de papel, botellas vacías, paquetes de hamburguesería…), van parejas a quererse por las noches. Siempre lo miro de reojo al pasar recordando que (¡ay!) yo también fui joven, aunque creo recordar que no era tan guarro. De pronto me fijé que, prendida entre unas matas de tomillo, había lo que parecía ser una prenda interior femenina. Me paré ante ello para verificarlo con una sonrisa de sorpresa. Cuánta pasión habría habido entre los amantes para haberse olvidado de algo así fuera del coche. Miré para todos los lados a ver si me veía alguien y como no, observé detenidamente el detalle de las bragas trabadas en la mata de tomillo. Me producía un cierto morbo imaginar todas las posibilidades que habrían llevado a la chica a olvidar allí aquello. Con alevosía me decanté por una: un amante salvaje se las había arrancado, rompiéndolas en el lance, sabiendo que ella no le diría nada porque era una noche única. Me acerqué más para ratificar mi hipótesis ayudado de un palo. No estaban rotas, estaban intactas. Pero no solo era eso, si no recordaba mal, eran idénticas a las que había comprado a mi mujer menos de un mes antes en la tienda de lencería. Juraría que lo eran porque se las había probado delante de mí el mismo día de la compra. Qué casualidad más impresionante.

Me las llevé en el bolsillo para enseñarle a ella la curiosa coincidencia cuando regresara a casa después de visitar a sus padres. Precisamente ella cree (yo no) que determinadas coincidencias no lo son tanto, que hay siempre algo detrás de todo ello, aunque no sepa explicar bien qué es ese algo. Para asegurarme de la total coincidencia y evitar con ello que si no era tal (e incluso siéndolo) me recriminara haber ido a casa con semejante cosa, fui a comprobarlo al cajón del armario donde guarda la ropa interior. Tiene allí de todo, muy doblado y colocado. No las encontré en un primer vistazo, ni tampoco había ninguna similar que hubiera hecho confundirme. A medida que iba iniciando una segunda búsqueda, ahora más exhaustiva, empecé a ponerme nervioso. No estaban… No, no estaban. Escondí bien escondidas en mi despacho las que había encontrado, no fuera a ser que las hallara y no supiera hacerle creíble la verdad de todo, porque decir que las había encontrado en un descampado ya por sí mismo no era fácil de creer y que fueran las mismas, incrementaba las preguntas, por más que fuera absolutamente verdad. Llamó para decir que se quedaba a comer donde mis suegros porque su padre no se encontraba bien.

Cuando regresó por la tarde le pregunté al oído, aunque no nos fuera a oír nadie, cuándo le vería puestas las bragas tan bonitas que le había comprado unas semanas atrás. Un día de estos -me dijo- eso no se planifica. Pedirle que me las enseñara donde las tuviera me parecía quedar un poco como un idiota, sobre todo si las tenía en otra parte o las llevaba puestas. No entendería mi pregunta y con cosas similares, aunque yo no lo comprenda bien, se suele molestar. Es mi mujer, pero a menudo hay confianzas que no podemos con ellas.

En los dos días siguientes, cuando tuve una oportunidad, miré en el cajón de su armario para ver si ahora las veía. No estaban y como ya empezaba a ser un pensamiento recurrente, le volví a preguntar. Me miró con extrañeza preguntándome qué demonios me pasaba con ese asunto. Me sentí tan mal y tan cortado que le pedí perdón con cierta vergüenza. Desde ese momento no dejé de darle vueltas al asunto, ahora ya llegando casi a no poder olvidarme de ello. Así es la mente. Cuando se está obsesionado con algo se suele perder la cabeza y a veces se pierde mucho, eso lo sé también como médico.

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