estamos pensando...

19. Preguntas, preguntas... [III]

Conclusión del relato de J. Francisco Fabián, Algo detrás de todo

2017-03-20 09:30:37

No había vuelto a reparar en que el día que acudí a la tienda, con los nervios, había dejado mi teléfono para avisarme cuando las recibieran. Dos días después sonó el móvil yendo en el coche con mis suegros. Le pedí a mi suegro, que iba conmigo de copiloto, que contestara por si era del hospital. Noté que no sabía de lo que le hablaban y repetía ¿Qué?, ¿Cómo dice?... Me di cuenta de repente de lo que podía ser y le arrebaté el teléfono, creo que con cierta brusquedad. Era la voz de la dependienta de la lencería, que ya tenían el pedido. Cuando colgué mi suegro me dijo que no entendía nada, solo que alguien decía algo de una lencería o algo parecido. Con una risa retórica le dije que no había oído bien, qué ocurrencias, una lencería… Era una llamada del hospital, nada de lencerías. En qué estarías pensando, Alberto, le dije. Mi suegro hizo un gesto con la boca como de resignación y no dijo más. Mi mujer y mi suegra hablaban en el asiento de atrás, pero yo no sabía si estaban a lo suyo solo o a todo. No quise abundar en el tema por si acaso. Como les dejé a los tres y yo me marché al hospital, puesto que entraba nuevamente de guardia aquella misma noche, esta vez sustituyendo a un compañero enfermo, no me fiaba de que mi mujer hubiera oído la palabra lencería e interrogara en caliente a su padre cuando yo no estuviera. Por tanto, me puse a pensar y cuanto más pensaba, más preguntas me surgían, más enredo y más todo. Fue otra guardia de intensas cavilaciones. Ni cuando llevaron a cuatro accidentados, algunos muy averiados, podía quitármelo de la cabeza. Por la mañana pedí a un compañero que me sustituyera durante media hora y llamé a un taxi para ir a la tienda de lencería cuanto antes y no tener así que aparcar, porque la tienda está en la zona peatonal. Tuve que esperar mi turno después de dos señoras. Lo llevaba todo pensado para tener coartada: recogería el encargo y además compraría otras bragas, por si mi suegro le había dicho algo, de forma que cuadrara haberlas encargado para ella. Mientras me enseñaba entre dos o tres modelos para elegir, pensé que me iba a dar algo del nerviosismo. Además, llegó una señora, de la que me sonaba su cara y me saludó llamándome “doctor”. Las dependientas entonces levantaron la vista hacia mí como queriendo retener mejor mi cara. Elegí unas y salí de allí pensando en lo que sucedería si de pronto me encontrara a mi mujer en la calle (las casualidades está claro que se dan), saliendo de la lencería, estando precisamente de guardia y con dos paquetes de bragas, una de ellas igual a las que tenía ella en el cajón y otras distintas. Cogí corriendo un taxi al hospital.

Cuando salí de guardia había anochecido. En mi cartera llevaba tres bragas: las primeras que encontré, que no las había querido dejar en casa, no fuera a ser que mi mujer (por otra casualidad) me las hallara buscando algo entre mis cosas, y las otras dos que acababa de comprar. De todas, solo las buenas tendrían explicación y no podía saber si con ello iba a convencerla. Se dice por ahí, y ella lo ha oído, que entre médicos y ayudantes hay sus cosas. Yo venía de trabajar con tres bragas en la cartera. Conduje despacio pensando lo que podía hacer… Lo mejor era deshacerme de todas ellas y olvidarme por completo de aquella historia. Aunque olvidarme no parecía fácil.

Antes de llegar a casa, sentí un impulso al pasar precisamente por las cercanías  de donde había empezado todo y me desvié al descampado de los hechos. A esa hora había ya algunos coches con parejas dentro esperando a la oscuridad total, ya que era viernes. Di una pequeña vuelta por el lugar sin bajarme del coche para hacerme con el sitio y cuando creí que nadie me veía, abrí la ventanilla del coche y arrojé las dos bragas iguales en un montón de escombros de esos que la gente tira clandestinamente para no pagar un contendor de obras. A continuación salí de allí lo más rápido posible.

Cuando llegué a casa mi mujer estaba viendo la televisión y esperándome para cenar. Liberado de las más inmediatas pesadillas, llegaba con el paquetito de regalo en la mano. Te traigo un regalo, le dije. ¿De la guardia?, ¿algún riñón que os sobraba en el quirófano? Estaba inusualmente graciosa. Al levantarse se le abrió más de lo habitual la bata de baño y vi que llevaba puesta la ropa interior del conflicto. Creo que no fue casual. Le di un beso y le entregué el paquete. Lo abrió y al ver lo que era, me dedicó una sonrisa no sé todavía si de mera sorpresa, de ironía o de complicidad, por más que deba haber un tipo de sonrisa para cada una de esas formas y sean distinguibles. ¿Pero qué te pasa últimamente con la ropa interior?, ¿estás con la crisis de los cuarenta?... Puede ser, le dije y me fui a la ducha. Dejando caer, como tanto me gusta y me relaja, el agua por mi cabeza, algo aliviado ya, quería pensar en lo que podría suceder en la vida del próximo que se encontrara con dos bragas iguales de las que me había deshecho en el descampado.

Comentarios

T. Benitez
2017-03-26 15:29:29

Estupendo relato, como todos los que venimos leyendo en esta serie. Me encantan. Son la vida misma contada con destreza y sencillez con un toque maestro de humor y con el rigor de la vida misma. Un regalo.

Begoña
2017-03-20 14:04:03

Perdón. Excelente relato. FABIÁN

Begoña
2017-03-20 14:02:13

Las bragas siempre han dado mucho de si. Son una fuente inagotable de inspiración. Excelente relato, Cristóbal. Enhorabuena.

Guillermo Salazar
2017-03-20 13:10:22

Que buen relato! Me siento identificado con las disquisiciones del doctor, jajjajajaaj, Procuraré, a partir de ahora, eso sí, no intrusear en la cómoda en la que mi mujer guarda su ropa interior; aunque a decir verdad, nunca lo he hecho. Quizás lo haga a partir de ahora....vaya, ya estoy con disquisiciones como el doctor...jajajaa.

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–Mira, papá, ¿qué es eso que hay en el suelo? –¡Cuidado! No te acerques que es peligroso. Es un libro.

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