Todos somos Barcelona

20. Una misión para mi abuelo [I]

Algo detrás de todo, por J. Francisco Fabián

2017-06-14 09:58:39

A la muerte de mi abuela, mi abuelo dijo que por más que tuviera ya 80 años nadie le sacaría, ni a la fuerza, de su casa del pueblo en la que había vivido toda la vida. Se le intentó convencer de todas las formas para que viviera con alguno de sus hijos, aunque fuera temporalmente, pero no hubo manera. No ha sido un hombre terco, pero aquello parecía tenerlo muy claro. Mis padres y mis tíos buscaron a una mujer que le atendiera por horas, rogándole a un vecino que les tuviera informados de cualquier mínima incidencia.

Al principio del verano nos dijeron que se había puesto enfermo de gastroenteritis. El vecino nos informó por teléfono de ello, dijo que había perdido algunos kilos, pero él se empeñó en tranquilizarnos diciendo que no parecía nada preocupante, que sería cosa del agua del verano por la falta de lluvias. Aún así, mis padres me mandaron a mí, ya de vacaciones y con deseos de tranquilidad, para que pasara un tiempo con él. De paso investigaría sobre su salud, ya que había terminado unos días antes cuarto de medicina y algo iba sabiendo.

Se alegró de verme. Llegué dispuesto a disfrutar una vez más de la distancia de sesenta años que nos separa, algo que me ha parecido siempre fascinante por la cantidad de diferencias que hay entre su tiempo -duro y también místico para mis fantasías- y el mío, completamente distinto en todo.

En el pueblo de mi abuelo en verano se vive bien. Hay más gente, es el campo y por la noche, comparado con Madrid, es en todo un paraíso. Duermo con una manta, puedo ver las estrellas como si estuviera en el espacio mismo, paseo al atardecer por los caminos de antes entre paredes de piedra, y ceno con mi abuelo, cuando cae el sol, un buen gazpacho y una tortilla en la huerta que tiene contigua a la casa, bajo el amparo de un nogal enorme. Aunque no tengo todavía la edad suficiente para valorar en toda su profundidad estos tesoros sutiles, empiezo a notar que son grandes placeres de la vida, contenidos en frascos pequeños.

Mi abuelo tiene sus amigos, con los que conversa y discute sentado desde las doce en las sombras de la plaza de abajo, viendo pasar a la gente y a las horas.  Por la tarde duerme la siesta mientras que yo trasiego con la máquina, como llama al ordenador portátil. Luego, cuando merma el calor, en la huerta regamos juntos los surcos de tomates, judías, acelgas y todo eso que cultiva para tener constancia, como dice él, de que no está del todo muerto. A los de fuera, coger unos tomates o una lechuga para comerla a los pocos minutos, nos parece un acontecimiento que a él le hace sonreír perplejo.Hablamos mucho, parece necesitarlo y a mí me fascina escucharle. A veces me anoto las preguntas que voy a hacerle para empezar, porque luego de haberlo hecho, ya todo va saliendo solo y podemos estar dos horas o más hablando sin parar. Le grabo sin que lo sepa directamente con el ordenador, porque quiero escuchar esto cuando tenga aún más valor que el ya tiene ahora. Creo que le gusta contarme su vida solo para asegurarse de que ha vivido; piensa, a pesar de sus 83 años, que se le ha pasado todo muy rápido.

Llevaría yo allí unos cinco días cuando me reveló dos secretos que encarecidamente deberían seguirlo siendo. Uno era que moriría pronto, porque desde hacía un tiempo llevaba (así lo nombra siempre) haciendo de vientre con sangre y las tripas le dolían a veces muy fuerte y muy raro, tanto que muchas noches no le dejaban dormir. Me asusté, era para ello.Con toda la tranquilidad posible, me dijo que creía haber llegado su hora y que como Dios le llamaba ya para arriba, no quería operaciones, tratamientos ni leches a su edad que retrasaran su final. Así lo dijo y no le íbamos a convencer de otra cosa, advirtió. No me pongáis problemas a mi última voluntad.

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