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20. Una misión para mi abuelo [II]

Algo detrás de todo, por J. Francisco Fabián

2017-06-14 09:58:23

El segundo secreto era, además de un secreto, un ruego. Empezaba por una larga historia en el tiempo. En el pueblo de al lado había un hombre de su edad que se había pasado la vida obsesionado con perjudicarle. Se conocían desde pequeños por cosas de las vecindades de los pueblos, pero desde que coincidieron en el servicio militar, aquel hombre se dedicó a hacerle obsesivamente el mal, sin que él supiera una causa y sin que se la quiera explicar. Desde entonces no había parado de hacerle maldades. Aunque vivieran cada uno en su pueblo y aunque hubiera pasado mucho tiempo, ese hombre, ya tan viejo como él, se había dedicado a provocarle disgustos de una manera sibilina, humillándole, si podía y muchas, pero muchas veces, riéndose de él delante de los demás. Incluso me dijo que en vida de la abuela había llegado a hacer cosas contra ella que no las quería ni recordar. Esa era la historia, el ruego me dejó helado: quería que lo matara. Así, con todas las letras, que lo matara yo. Quería morir sabiendo que no había muerto de una muerte natural, que había sentido en el último momento la angustia de la muerte provocada y se había ido para el otro mundo con ella, donde le esperaría Dios para ajustarle cuentas por sus injusticias con él. Le escuché asombrado casi sin hacer preguntas. Él ya no podía matarle. Lo llevaba todo planeado desde hacía mucho tiempo y cuando iba a hacerlo, se había puesto enfermo, le faltaban las fuerzas y la logística y creía que también el tiempo. Conocía bien sus rutinas y dentro de ellas, un lugar al que acudía casi invariablemente cada mañana paseando a solas.Parecía tenerlo bien estudiado. Allí, en el lugar al que acudía cada mañana, debería hacerlo, simplemente empujándole al vacio, porque se trataba de un escarpe de rocas con un desnivel de unos quince metros, donde había habido una antigua cantera. ¿Lo harás antes de que yo me muera?, me dijo en un tono muy especial en él que no le había visto nunca, como si me estuviera suplicando algo absolutamente trascendental. Asentí con la cabeza, aunque naturalmente no estaba pensando en hacerlo. Tendré que ir a explorarlo primero, contesté. ¿Mañana mismo?, preguntó con impaciencia. Mañana mismo, respondí. Desde aquel momento, fumando más de la cuenta (no me iba a oponer a ello dadas sus circunstancias), me dio todo tipo de detalles sobre aquel hombre y su plan. Su aspecto físico, la hora a la que salía de casa, el camino que hacía hasta la antigua cantera, el tiempo que permanecía allí, el sitio al que iba despuéspara regresar a casa… Lo sabía todo de su rutina. Me extrañó que sabiéndolo todo como lo sabía, no lo hubiera hecho él mismo, queriéndome involucrar a mí en algo así, con lo que ello pudiera suponerme de perjuicio. Mi abuelo nunca ha tenido ideas descabelladas y ahora, de mayor, no se le notaba nada que tuviera que ver con ello.

Aquella noche, en la vieja alcoba cerrada por cortinas, donde duermo tan feliz en una intimidad que no tengo en Madrid en mi cuarto de ciudad más confortable, le di muchas vueltas al asunto. Primero al de su enfermedad y al deseo de morir a su manera y, luego, al de la historia que acababa de conocer y que tendría que ser un secreto tal y cómo él me lo había pedido. Me reconcomía por dentro verle humillado sin motivopor aquel tipo despiadado,durante muchos años, solo por el hecho de abusar de él de esa manera.

A la mañana siguiente, temprano, fingiendo salir a caminar con la fresca, como hace la gente de vacaciones, me encaminé al pueblo de al lado. Queda cerca. Llevaba una serie de anotaciones para llegar al lugar donde mi abuelo me había dicho. No tuve muchas dificultades para encontrarlo; me lo había descrito con toda precisión. Tenía que haberlo hecho muchas veces para conocerlo tan bien. Identifiqué enseguida el lugar desde lejos, porque era un punto evidente. En el terreno ondulante que compone el paisaje, se producía un socavón sobre la ladera, como si fuera un mordisco que le hubieran dado, a cuyo fondo conducía un camino antiguo, casi borrado, compuesto por la marca de las dos ruedas de los vehículos que frecuentaban en otro tiempo la cantera. Se podía ver el interior del socavón bien desde lo alto de la meseta o bien desde el fondo, llegando a través del camino.Desde una especie de colina cercana, me senté a esperar para ver si había por allí alguien a esa hora, antes de que llegara el momento en el que el hombre esperado se acercara a su rutina diaria.

 Pasaba el tiempo y el hombre esperado no llegaba. Ni siquiera se veía a alguien por los alrededores. Como se iba acercando la hora de la comida y tenía que regresar a pie, decidí ir a la cantera desde la zona alta. Daba un poco de vértigo asomarse porque no había ya protección alguna y un traspiés o el propio vértigo, esa atracción que ejercen los vacíos de los precipicios, podían ser fatales. Antes había habido una alambrada de espino como protección, pero ya estaba caída sobre el suelo, casi no se la veía. Acercarse y caerse,ahora parecía ser una responsabilidad particular de quién se atreviera a asomarse. El fondo de la cantera lo ocupaban muchas piedras, unas desprendidas de la pared vertical con el tiempo y otras abandonadas en la época de la extracción, de la que ya haría bastante tiempo. Si alguien se cayera desde allí arriba al vacío, se estrellaría fatalmente contra las piedras.

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humor.corto

—Si mi Dios si quisiera acabaría con todos los infieles. —¿Y no te has preguntado por qué no lo hace?

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