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20. Una misión para mi abuelo [III]

Algo detrás de todo, por J. Francisco Fabián

2017-06-14 09:58:11

Pensando que me cogía de paso en la vuelta a casa, bajé la ladera hasta la boca del socavón. No me importaba si alguien podía verme allí; no iba matar a ese hombre aunque apareciera, por lo tanto eran innecesarias las cautelas. No sabía todavía cómo iba a solucionar aquello ante mi abuelo, pero hacer algo así era para mí imposible, aunque tuviera grandes deseos de venganza. Algo impulsaba a entrar dentro de la cantera, porque allí era como estar en el interior deun espacio inquietante en el que el cortado de piedra que se alzaba vertical parecía vigilar, encerrarte y dominarte estando ya dentro, permitiendo soñar con la ficción de que ya no saldrías. Una sensación muy extraña que no tuve prisa en terminar, sabiendo que todas las imaginaciones serían solo fantasías que habría visto en alguna película ya olvidada.

No entiendo mucho de piedras, pero en este caso podía identificar que la cantera había sido de mármol. La habían abandonado en plena explotación. Alguna vez he oído que en las canteras de mármol, si de pronto aparece una veta de un color que lo contaminay lo afea, el mármol pierde el valor que tenía. Algo asípodría haber sucedido allí; parecía que se hubieran marchado de un día para otro, cuando tenían varios bloques preparados para transportarlos o trocearlos. Me dediqué a recorrerlos, porque a medida que estabamás tiempo dentro, iba encontrando un inexplicable placer en merodear, aunque fuera con una sensación inquietante. Al mirar por dónde pisabacaminando, me di cuenta de que al lado de uno de los bloques que estaban inmediatos al punto donde se alzaba la pared vertical, había un ramo de flores secas. Muy cerca, había otro que parecía más antiguo, porque de él quedaba solo la fibra del atado que sujetaba a algunos de los pedúnculos de un ramo de rosas. Me extrañó que alguien hubiera llevado hasta allí dos ramos de flores. Pero aún me sorprendió más cuando vi que, sujeto a la pared de piedra, había un tercer ramo, marchito también, pero más reciente que los otros dos, dentro de un vaso de plástico. Abandoné el lugar preguntándome qué significaba todo aquello. Se me había hecho tarde.

A mi vuelta tuve que mentir a mi abuelo diciéndole que a pesar de sus indicaciones tan precisas, no había logrado encontrar el lugar y que tendría que volver de nuevo. Lo hice a los dos días, pero después de hablar de nuevo del asuntocon mi abuelo para recabar más detalles. Me pareció que se contradecía en algunos aspectos. Tenía una prisa especial porque ese hombre muriera pronto y porque él lo conociera, pero no parecía nada preocupado por el lio en el que me metía a mí como ejecutor, como si matar a alguien fuera sencillo y además, no tuviera riesgos. Mi abuelo no estaba tan mal de la cabeza como para no darse cuenta de las posibles repercusiones del favor que pedía, en mi vida de nieto con futuro prometedor, al que quería, porque yo sabía que me quería mucho.

Dos días después volví por la cantera. Primero vigilé un rato para ver si alguien iba, luego, subí a un pequeño monte que había cercano, desde el que se oteaba el pueblo del hombre que buscaba y, con unos prismáticos, vigilé el camino a la cantera. No se veía a ningún caminante solitario ir camino del lugar. Solo, en un determinado momento vi que por el camino vigilado se adentraba un coche pequeño a paso lento. Observé que a cierta distancia de la cantera, se detenía y salía de él un hombre. Con los prismáticos pude distinguirlo bien. Por los andares y el garbo general, era un hombre mayor. La descripción de mi abuelo podría coincidir en líneas generales con él, pero a tanta distancia, determinados detalles de su cara no eran apreciables con los prismáticos. Paró, abandonó el coche y se metió en una finca donde se veían un estanque, un árbol grande y los surcos con plantas verdes indicando que se trataba de una huerta. Me preguntaba si sería él. Mi abuelo había dicho que cada día caminaba hasta la cantera, no dijo nada de una huerta ni de un coche.

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