Todos somos Barcelona

20. Una misión para mi abuelo [y IV]

Algo detrás de todo, por J. Francisco Fabián

2017-06-14 09:57:58

Después de un rato, viendo que aquel hombre no se movía de la huerta, decidí ir donde él, como si pasara por allí casualmente e investigar algo. Cuando llegué, sacaba con un motor muy ruidoso a un estanqueel agua de un pozo. Eso me facilitó que le pudiera observarle apoyado en la pared sin que me viera. Debía de tener la edad de mi abuelo o quizá más joven; no parecía lo alto que me había dicho que era el hombre que buscábamos y cuando me acerqué más, una vez que hubo detenido el motor, observé que no tenía la cicatriz en la frente en la que mi abuelo había insistido. Ni tatuada en el brazo una calavera, que por lo visto se la habían hecho en el servicio militar. Era un hombre afable, de esos que nos gusta encontrar, y viceversa, a los que vivimos en Madrid cuando estamos de vacaciones. Dejé que me contara primero lo que cultivaba, los años que tenía y que no aparentaba, las profesiones de los hijos y de algunos de sus nietos, para entrar finalmente en lo que me interesaba. Para entonces ya sabía que no se llamaba Manuel, sino Ángel, es decir que no era la persona que buscaba. Entonces le pregunté por la cantera. Era lo que pensaba: una veta intrusiva terminó con la explotación y desde entonces quedó aquel mordisco en el paisaje sin que nadie se hubiera ocupado de hacer algo con él. Por lo visto el promotor se había marchado y si te he visto no me acuerdo; así lo dijo. Esos datos eran lo previsible, pero ¿y los ramos de flores? No le hubiera preguntado nada sobre ello si hubiera visto uno solo, pero siendo tres, tenían que tener alguna historia detrás. Mi interés por ese asunto no pareció gustarle demasiado. ¿Pasa algo con ello?, le pregunté al ver su gesto. Ahí murió un hombre que era mi cuñado, el marido de mi hermana, respondió. No quería hablar de ello, se le notaba. Había caído desde arriba y no sabían si había sido voluntariamente o por accidente. No había dejado ninguna nota, solo el médico dijo que tenía alcohol en el estómago, cosa extraña porque hacía años que había dejado la bebida. Le pregunté cómo se llamaba y me miró extrañado como si no entendiera la razón de ese dato. No sé de dónde me vino la luz para responder lo adecuado en tan poco tiempo para pensarlo. Le dije que había visto en Madrid la noticia en un periódico; me había interesado por ser el pueblo de al lado de mi familia. Se llamaba Manuel. Sin duda era él. Había caído al interior de la cantera hacía menos de tres meses.

En el camino de vuelta, en medio del calor sofocante ya de la segunda quincena de julio, no cesaba de hacerme preguntas y sobre todo, de pensar en lo siguiente que iba a decirle a mi abuelo. Podría decir la verdad y zanjar el asunto, pero me preguntaba si la verdad le gustaría o preferiría otra versión. Como no lo tenía muy claro, decidí esperar, darme un poco de tiempo y, además de estar seguro de lo que iba a hacer, investigar algo más. Mentí cuando le dije que había visto a una persona merodeando por el lugar y que me había parecido que era él. Tienes que matarlo y arrojarlo cuando antes por el hueco de la cantera, de manera que parezca que se ha caído o se ha suicidado. Si no le sorprendes al lado de la cantera, le matas primero de un golpe, le echas coñac por la boca para que parezca que estaba borracho y luego le arrojas. Con el golpe de la caída no se le notará que le has matado antes, dijo con cierta tensión en la forma de hablar, muy impropia de él. Me interesó lo del coñac por la coincidencia con la información del hombre de la huerta. No hacía falta, le dije, pero insistió en que debía hacerlo así, que le hiciera caso, que para eso era mayor y con experiencia en las cosas de la vida. Tenía el coñac preparado, solo tenía que llevarlo en un frasquito como de cuarto de litro, que cabía en cualquier sitio.

Esa noche casi no dormí dándole vueltas y más vueltas a todo en mi alcoba. Desayunando le dije que lo iba a hacer a la mañana siguiente. Gracias, hijo, me voy a poder morir tranquilo, me dijo con un tono de voz que en algo expresaba no faltarle mucho tiempo, como si estuviera esperando a la muerte de aquel hombre para hacerlo él,enseguida más tranquilo. Le puse una sola condición a todo: que a mi vuelta no me preguntara nunca más ningún detalle de lo sucedido. Solo si había fracasado, se lo diría.

Cuando me levanté, a poco de amanecer. Ya estaba él en la cocina. No tenía buen aspecto. Poco antes había visto sangre en el baño. Dijo que no tenía importancia, pero aún así le hice unas cuantas preguntas. Tenía en la mano una botella pequeña con coñac. No te olvides esto, me dijo. Te la traes de nuevo, que no queden por allí tus huellas,que la policía sabe mucho. Desayuné bajo su mirada atenta y cuando me dispuse a marchar con una pequeña mochila a la espalda, donde iba la botella con el coñac y algunas otras cosas para mí, me dio un largo abrazo. Gracias, hijo, por liberarme de algo tan importante, susurró a mi oído. Le besé. Tenía los ojos llenos de lágrimas y yo también.

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humor.corto

—Si mi Dios si quisiera acabaría con todos los infieles. —¿Y no te has preguntado por qué no lo hace?

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