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21. Domingo de invierno en las urgencias [I]

Algo detrás de todo, por J. Francisco Fabián

2017-06-30 20:30:19

En la sombría sala de urgencias del hospital fuimos quedándonos cada vez menos personas en la noche del domingo de enero. No me gustan los domingos desde las 4 de la tarde. Tienen siempre un carácter deprimente, de tal manera que muchos días tengo la costumbre de acostarme a las 8 de la noche o antes, tomando una pastilla para dormir; de esa forma evito que las horas me vayan dejando una sensación de hastío y pesimismo que no sé en realidad de dónde vienen. Pero ese día, domingo, ¡casualidad!, mi padre de repente había tenido un fuerte dolor en el pecho y caí por las urgencias del hospital a eso de las 10 de la noche. Como mi padre estaba estos dos meses en mi casa en la ronda que va haciendo de casa en casa de sus hijos, y como el resto de mis hermanos viven en otras ciudades, me encontraba allí solo. Viviendo solo como vivo, nadie podía hacerme compañía en aquel momento.

Cuando llegué a la sala de espera de las urgencias habría unas quince personas en varios grupos. Casi todos parecíamos estar con esa intranquilidad que se produce esperando interminablemente a que llamen por el pequeño altavoz a los familiares de tal o cual para dar alguna información sobre el enfermo. Raro era el que no hablaba de algo negativo relativo a enfermedades o del suceso que les había llevado hasta allí, repitiéndolo con los nervios otra y otra vez. Como yo no soy muy hablador y estaba solo, parecía ser el único que no conversaba con alguien, sentado en un extremo de la pequeña sala poblada por cinco filas de asientos de plástico color naranja. Probé a mirar algo en el teléfono móvil, como hace ahora todo el mundo para entretenerse, pero no me concentraba. No me gusta el fútbol y por tanto los resultados de la jornada deportiva que lo copaban casi todo por ser domingo, me daban completamente igual, y el resto de las noticas de la prensa, en una tarde deprimente de domingo como aquella, la verdad es que me interesaban muy poco.

A las once y media de la noche ya solo quedábamos los familiares de tres enfermos: una familia de cuatro que al parecer esperaban por algo que le había sucedido a un niño, una señora un tanto voluminosa y yo. La señora y yo éramos definitivamente los únicos solitarios, ella sentada en una punta de la sala y yo en la otra. No había reparado mucho en ella porque creía que formaba parte de alguno de los grupos, pero ahora que la sala se había vaciado me di cuenta de que era alguien con cierto porte. No solamente era una mujer guapa, todavía, a pesar de sus más de 50 años, sino que conservaba ese aire y ese estilo que solo tiene cierta gente, con una conjugación de lo agraciado de sus rostros y de la forma de combinarlo con todo lo demás, de los gestos, la mirada, la disposición general e incluso los colores de las ropas que visten. Todo lo que se percibía de esa mujer parecía traslucir que su vida hubiera transcurrido por derroteros y ambientes que no eran los que transitamos el común de los mortales. No sabría explicarlo mejor, pero estaba seguro de lo que mi intuición me decía de ella.

Cuando llamaron a la familia de los cuatro que estaban por el niño accidentado, se levantaron todos ellos con brusquedad y desaparecieron sin ni siquiera despedirse mínimamente de los dos que permanecíamos todavía a la espera. Entonces la mujer y yo nos quedamos solos y parecimos más conscientes de que estábamos solos los dos, aunque cada uno por su lado. Empezamos a coincidir en las miradas con más frecuencia, ya fuera inconscientemente porque era yo para ella y ella para mí los únicos bultos con movimiento en la sala; siendo así, al movernos cada uno para cambiar de postura, constituíamos la única novedad en la tensa espera, por lo cual el otro alzaba la vista para ver lo que sucedía. Parecía intranquila, porque se movía continuamente cruzando y descruzando las piernas o colocando las manos aquí o allá.

Para que se me pasaran más rápidos los minutos, me dediqué a observarla a través del reflejo de su figura en el ventanal que daba al jardín, haciendo de espejo por la oscuridad de la noche. Solo si ella miraba al mismo sitio que lo estaba haciendo yo, podía darse cuenta de mis observaciones, pero parecía estar nada más que a lo suyo. Era rubia, con el pelo más bien corto. Podía medir más de 1’70, la cara ancha tirando a redondeada, los labios grandes bien proporcionados, la nariz pequeña y los ojos de un color verdoso que elevaban la categoría de su cara, ya de por sí proporcionada. Algo me decía que en la genética de esa mujer había componentes extranjeros, nórdicos o germanos tal vez. Todo el conjunto, con los pómulos algo salientes, le daba un aire atrayente y seductor. La piel parecía suave y muy lisa, con un color natural que se acercaba al tostado, aunque el pelo fuera claro. Su cuerpo, sin ser excesivo, era voluminoso. Podría decirse que era mujer gorda, porque no era delgada ni estaba en el punto intermedio, pero habría que matizar que su gordura era justa, proporcionada y atractiva, porque no parecía sobrarle nada de ningún sitio especialmente que resultara claramente afeante. Todo parecía tener una proporción en ella, a lo que se sumaba la ropa que vestía. Llevaba un traje de color azul que no llegaba a ser oscuro, con chaqueta y falda hasta la rodilla; por la abertura de la chaqueta asomaba una camisa de color hueso con dibujos verdosos. Sus piernas las cubrían medias azules a juego con el traje y zapatos bajos de ante muy elegantes también de color azulado.

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