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21. Domingo de invierno en las urgencias [III]

Algo detrás de todo, por J. Francisco Fabián

2017-06-30 20:30:02

Al pasar por el mostrador de donde había salido la chica, se acercó a su compañera y le dijo algo en voz baja. Me pidió que esperara un momento allí mismo. Unos minutos después me llamó desde la puerta de un despacho a pocos metros de donde estábamos. Señaló a una mujer con bata blanca sentada en la mesa de la pequeña habitación: Ella le se lo explicará todo, dijo. Le avisaré aquí si sabemos algo de su padre, no se preocupe. La mujer morena de cierta edad que estaba al otro lado de la mesa, se tomó unos segundos mirándome con una sonrisa amable, seguramente que porque era una persona de temperamento pausado, pero también porque no sabía por dónde empezar. Por fin comenzó a hablar: Lo que le ha contado esa mujer no es cierto… Creo que de extrañeza fruncí el ceño al oírlo, porque ella asintió con la cabeza antes de seguir. Si, lo que oye, no le ha contado la verdad. Su marido no ha sufrido ningún accidente hoy. Eso fue hace más de dos años. No quiero que se quede intranquilo, así que voy a contarle la historia, pero por favor no la vaya contando por ahí. ¿Puedo confiar en usted, verdad? Asentí con la cabeza. Es un poco largo. Lo hemos sabido por la policía, porque tuvimos que darles parte a ellos. Viene de vez en cuando por aquí con lo mismo. Últimamente hacía tiempo que no venía. Esta mujer vivía en Madrid con su marido y su hija. Tenían buena posición. Un día, porque estas cosas pasan, se enamoró de otro hombre. Un hombre de esos que cautivan a cualquiera porque lo tienen todo: atractivo, simpatía, dinero, posición, ingenio, mundo… todo. Las mujeres les tenemos mucho miedo a estos hombres; mejor que estén muy lejos; mejor no empezar nada porque puede haber tanta competencia, que nunca estaríamos seguras. Él también estaba casado y también se enamoró de ella con la misma intensidad. La persona que ha conocido hace un rato era mujer muy apasionada, todo corazón, de esas mujeres que aman hasta la locura, que se entregan con más irracionalidad de lo normal cuando aman. No digo que los hombres no lo hagan también, pero yo creo que en estos casos ustedes se quedan un paso por detrás, o a veces dos.  No saben lo que se pierden, pero tampoco lo que ganan cuando las cosas salen mal, que suele ser a menudo, porque amar con tanta locura, a veces a ustedes los hombres como que les cansa. No diré que les asusta; yo creo, pero no lo sé seguro, es solo una cosa mía, que más bien les estimula, les hace creerse más importantes, más deseados, con más éxito, inclinándoles con ello a buscar otro triunfo y así a engrosar voluntaria o involuntariamente su ego. Perdone si no piensa lo mismo. Al fin y al cabo, es mi opinión, puedo estar equivocada. El caso es que ella dejó a su marido, aceptó que la hija de ambos se quedara a vivir con él, porque, además, al parecer no se entendían mucho debido a la mala edad de la chica y esas cosas de los jóvenes con los padres a cierta edad. El padre y la hija se fueron a vivir a Estados Unidos y ella se quedó en Madrid inmersa en su loco amor con aquel hombre, que también dejó a su familia. Viajaban por el mundo aprovechando que el trabajo de él como empresario lo posibilitaba. Recalaban en las ciudades más importantes y descansaban en los hoteles de las playas más famosas del mundo como dos jóvenes, aunque ya no lo fueran. Era una vida de ensueño y de locura, como si les hubiera tocado la mejor lotería del mundo, la que difícilmente existe, la de la felicidad absoluta. Un día, a él se le averió el coche regresando de Bilbao y el seguro le puso un taxi para volver a casa. En el viaje tuvieron un accidente. Estuvo muy grave, llegó a estar en coma dos o tres semanas. Ella estuvo a su lado todo el tiempo que la dejaban, sin moverse un momento. Cuando despertó no la reconoció. Pero el médico le dijo que eso podía ser normal, que sería una amnesia temporal y que poco a poco irían llegando los recuerdos. Ella se lo tomó bien y esperó pacientemente, hablándole, queriendo que recordara, pero él no la recordaba en absoluto, como si no hubiera existido hasta entonces. Pasó un mes y no hubo ningún progreso en reconocerla, todo lo contrario que su estado de salud que era cada vez mejor. Recordaba casi todo de su vida, pero a ella no. Incluso pidió que aquella mujer dejara de estar allí todos los días, que no quería verla, que a quién quería ver era a su mujer. 

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humor.corto

–Mira, papá, ¿qué es eso que hay en el suelo? –¡Cuidado! No te acerques que es peligroso. Es un libro.

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