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Cada vez más noir

Un artículo de Javier Valenzuela

2017-07-26 12:34:39

Javier Valenzuela, infoLibre,  26/07/2017

Que un niño de cinco años crea en los Reyes Magos es tan tierno como natural. Que lo haga alguien que pasa de los treinta, revela que algo le falla. ¿Inteligencia muy justita? ¿Pasmosa falta de experiencias vitales? ¿Ceguera ideológica o interesada?

Me viene esta reflexión a la cabeza cada vez que veo a un tertuliano televisivo proclamar categóricamente su fe en que la justicia es independiente e igual para todos, su convicción en el perfecto funcionamiento del Estado de Derecho.  Que esto lo diga un político conservador tiene un pase: esa gente se gana el pan contando milongas. ¡Pero que lo diga alguien que se pretende periodista! Tengo en alta estima a este oficio, que fue el de mi padre y es el mío. Creo que lo mínimo que se le puede exigir al que lo ejerce es no dar la impresión de ser un completo imbécil.

Desde el arranque del caso Gürtel y hasta la actualidad, he tenido claras un par de ideas en relación a nuestros casos de corrupción política, empresarial y financiera. La primera es que solo son la punta del iceberg, aquellos que los policías, fiscales y jueces honestos pueden documentar. La segunda es que se enfrentan a una dificilísima carrera de obstáculos. Prescripciones por el tiempo transcurrido, extravíos de dosieres en dependencias oficiales, recusaciones de fiscales y jueces diligentes, exclusión de pruebas por errores técnicos, anulación de sumarios por una coma mal puesta…

La justicia no es igual para todos, queridos niños. Puede que la lucha de clases haya terminado (la han ganado los capitalistas, dice el millonario norteamericano Warren Buffett), pero las clases sociales no han desaparecido. Ni usted ni yo podemos pagarnos los abogados de los ricos y poderosos, ni utilizar sus influencias mediáticas, políticas y judiciales, ni eludir la prisión pagando fianzas de millones de euros.

Entretanto, la hidra de la corrupción española se hace cada vez más noir. Demos por hecho que Miguel Blesa se suicidó (no conozco nada que sugiera otra hipótesis, que apunte a un affaire Stavisky español); pues bien, aún así, es el primero de los grandes presuntos corruptos que recurre a un arma de fuego para cerrar dramáticamente su caso. Un final, por cierto, que poco tiene que ver con el de Rita Barberá: todo aquel que no sea un fanático o un sinvergüenza sabe que a ella terminó matándola un modo de vida poco saludable.

Aunque los propagandistas de guardia en las tertulias no lo hayan dicho, el violento final de Blesa nos ha recordado a algunos ciertos hechos probados. Uno, que consiguió cargarse al juez que osó enviarle a la cárcel (Elpidio Silva). Dos, que algunas víctimas de la estafa de las preferentes se habían suicidado antes que él. Y tres, como ha señalado aquí Jesús Maraña, que la muerte de alguien, por dura que sea, no borra los crímenes que pueda haber cometido, aunque le libre de la condena judicial.

Esto se pone cada día más noir. Desaparece un expediente crucial del caso Púnica, mire usted qué casualidad. Entran a robar en la casa de un fiscal anticorrupción –por ejemplo, el que lleva los casos de Murcia- y solo se llevan su ordenador portátil. Se filtran grabaciones en las que un político en activo y un presunto corrupto hablan sobre la conveniencia de nombrar a tal fiscal, o en las que un ministro del Interior planifica cómo embarrar a adversarios usando los recursos del Estado.

Hasta el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, comparece hoy como testigo en la Audiencia Nacional. Cabe imaginar que proclamará que él no estaba al corriente de los chanchullos de sus tesoreros con empresarios para intercambiar donativos al PP por favores de ayuntamientos y comunidades autónomas. Rajoy estaba viendo Rigoletto.

Negro como el carbón, y no precisamente el de azúcar que traen los Reyes Magos a los niños malos. “Me han amenazado de muerte para que no hable de la trama Gürtel”, denuncia un exconcejal de Pozuelo. Y mientras Baltasar Garzón y Elpidio Silva están apartados de la carrera judicial, resulta que el fiscal favorito de un presunto corrupto tiene negocios en Panamá y un acervo profesional poco ejemplar. De paso, descubrimos también que, medio en broma medio en serio, ese presunto corrupto le suelta a un empresario amigo que quizá lo mejor sería pegarle dos tiros a la juez

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