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En Yisr a-Zarqa se ven muy pocos judíos israelíes

Un albergue de una judía y un musulmán revitaliza el único pueblo costero árabe que no expulsó Israel

2017-08-12 02:15:33

Neta y Ahmed han puesto en marcha un pequeño hotel para atraer a viajeros a Yisr a-Zarqa, una aldea árabe a orillas del Mediterráneo sumida en la pobreza y aislada tras la ocupación israelí

"Tener desde pequeño esa sensación permanente de desconexión marcó mi vida. Siempre quise contribuir a cambiar eso y ese día llegó"

Ana Garralda – Jerusalén, eldiario.es, 10/08/2017

Ahmed Yuha, dueño del hostal. Ana Garralda

En Yisr a-Zarqa –"puente sobre la corriente azul" en su traducción del árabe– se ven muy pocos judíos israelíes, aunque esta pequeña aldea esté al lado de la lujosa ciudad de Cesárea –residencia de verano del actual primer ministro, Binyamín Netanyahu– y de los kibutzim (comunas agrícolas) del norte de Israel.

Apenas la visitan por miedo a adentrarse en el único pueblo árabe situado en esta parte del Mediterráneo, el único cuya  población autóctona no fue expulsada tras la guerra de 1948, a diferencia de los 700.000 –según datos de la Agencia de Naciones Unidas para los refugiados palestinos (UNRWA)–, que sí tuvieron que abandonar sus casas en un éxodo que los palestinos conocen como Nakba ('catástrofe' en árabe).

Los residentes de Yisr –como se conoce popularmente a esta pequeña ciudad–, de mayoría musulmana, pudieron quedarse tras la creación del Estado de Israel a petición de los vecinos judíos de comunidades colindantes a quienes habían ayudado a drenar los pantanos donde proliferaban millones de mosquitos transmisores de la malaria. "Esta dolencia era, de lejos, la enfermedad más importante en Palestina", rezaba ya entonces un informe elaborado por los ingleses en 1921, en los primeros años del mandato británico (1921–1948).

El mal diezmaba a las poblaciones locales –incluida la de beduinos de Yisr a-Zarqa– y a las de los llamados pioneros sionistas, que ya habían comenzado a adquirir terrenos en la zona, bien de forma particular o por la donación de propiedades a manos de compradores judíos para establecerse de cara a la eventual creación de una nación hebrea. Acabar con la malaria era, por tanto, clave para el desarrollo de una región agrícola que llevaba décadas estancada en una economía de subsistencia debido al azote de la plaga.

"Nosotros les ayudamos a acabar con ella, no nos expulsaron, pero pagamos un precio", explica en una entrevista con eldiario.es Ahmed Yuha, un emprendedor árabe-israelí de 47 años y residente de la ciudad. Es uno de los fundadores del albergue Yuha, un pequeño hotel que puso en marcha para atraer a viajeros a la zona, sumida en la pobreza y aislada tras la ocupación israelí.

"Los árabes que quedaron nos repudiaron. No querían casarse con la gente del pueblo ni mezclarse con nosotros por haber colaborado con los sionistas. Los judíos, por su parte, nos toleraban, pero no estaban dispuestos a darnos tierras que compensaran las que habíamos perdido", prosigue el empresario.

Aislados y pobres

Una situación compleja que colocó a los residentes de Yisr a-Zarqa entre la espada y la pared. Por un lado, la ciudad quedaría encapsulada y sin tierras por los asentamientos hebreos circundantes, cuyo establecimiento era impulsado desde el recién creado Estado. Por otro, sus habitantes se encontrarían geográficamente aislados del resto de pueblos árabes de la región, pues el más cercano, Fureidis, quedaba a una distancia de 10 kilómetros, un trecho inabarcable para los residentes sin recursos que no disponían de coche ni de otros medios de transporte distintos al burro o al caballo.

Este aislamiento involuntario mermaba la precaria economía local, sostenida durante siglos por la agricultura y la pesca, actividades pasadas que atestiguan las pocas barcazas amarradas en el pequeño puerto pesquero de Yisr, donde aún viven algunas familias árabes, y que nutre de pescado fresco al único restaurante de la playa local, el 'Musa', frecuentado por árabes-israelíes locales, jóvenes y familias izquierdas o turistas extranjeros ávidos por llevarse a casa una experiencia viajera menos convencional.

[Leer completo en eldiario.es]

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