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El verdadero problema catalán

Si nuestros males vienen de España, las soluciones, naturalmente, requieren menos España. Ese es el discurso del independentismo y el resultado es una sociedad rota. Y es así porque su proyecto asume la exclusión como principio regulador

2017-09-12 18:58:41

FÉLIX OVEJERO 12 SEP 2017

Ilustración ENRIQUE FLORES

A diferencia de lo que sucede en la ciencia, la imprecisión es un hábito en la política: la defensa del cambio, la necesidad de mirar “hacia delante”, las reclamaciones de entendimiento. Ya conocen la cháchara. Y su porqué: la imprecisión no se puede tasar. Como saben los echadores de cartas, incluso a un Buda incapacitado “le sucederá algo”.

Una de las vaguedades de más uso editorial es la reclamación de diálogo. ¿Quién no está a favor? “Rajoy”, se dispara Pavlov. Milagrosamente, en este caso un experimento natural permitió refutar el tópico. Y está grabado: cuando en un memorable ridículo le faltó tiempo para contestar a dos periodistas radiofónicos que, haciéndose pasar por Puigdemont, llamaron a Moncloa. Cuando quiera y donde quiera, poco más o menos. Y casi: sobre lo que quiera.

No, el problema catalán no es resultado de “falta de diálogo”. Aquí han dialogado todos, mejor dicho, todos han dado por buenas las sucesivas exigencias nacionalistas. El primero, Aznar: recaudación del IRPF (33%), del IVA (35%), de los impuestos especiales (40%); múltiples transferencias, incluidas competencias de la Guardia Civil a los Mossos; supresión de la mili; eliminación de los gobernadores civiles; ampliaciones del puerto y del aeropuerto de Barcelona, AVE; canales adicionales de TDT; defenestración de Vidal-Quadras; paralización de la llegada al Constitucional de una ley de política lingüística que Aznar sabía anticonstitucional. Para un libro. Unas eran de justicia o eficacia y bien estaban. Otras no: tenían que ver con la construcción de identidad y de eso que ahora se llama “estructuras de Estado”. El germen.

En realidad, la tesis de la falta de diálogo es deudora de otra también vaporosa: el problema catalán. El diálogo buscaría, nos dicen, resolver “el problema catalán”. No hagan más preguntas, porque nadie precisa. Bueno, sí, los nacionalistas; en lo esencial, sin decoración, su tesis es que los catalanes tenemos derecho a la autodeterminación porque estamos colonizados: ignorados en nuestra identidad cultural y expoliados. Invadidos, precisó Puigdemont. La realidad desmiente la fábula: la identidad cultural ignorada y despreciada es la de una amplia mayoría de catalanes que, para empezar, ni siquiera pueden escolarizarse en su lengua materna; la explotación económica, una mala broma, si se tiene en cuenta que doscientos y pico cargos de la Generalitat cobran más que Rajoy, incluido Puigdemont, que cobra el doble. Y si les queda alguna duda: pregunten dónde está la calle española “más cara” (y de paso, la más barata). Definitivamente, los españoles, como colonos, imbéciles. Pero la mentira se ha impuesto y con ella sus chorretones sentimentales al describir “el problema” y sus soluciones: la comodidad, el encaje, sentirnos queridos, la desafección, hacer España atractiva.

Aquí han dialogado todos y todos han dado por buenas las sucesivas exigencias nacionalistas

Una vez aceptada esa descripción del problema, los teoremas se disparan. Si nuestros males vienen de España, las soluciones, naturalmente, requieren menos España. Otro teorema: si cualquier problema se le puede achacar a España, el nacionalismo tiene indiscutibles incentivos para crear problemas. Vive de ellos. El tercero: quien acepte esa descripción ha de comprar su implicación completa: la independencia es solo cuestión de tiempo. El límite matemático de la función. La estación término del “siempre un poco más” que nos ha traído donde estamos. El nacionalismo lo sabe y por eso el chantaje no cesa: la independencia o algo a cambio, que también es la independencia. La tercera vía es la segunda.

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Comentarios

Felix H.
2017-09-14 14:58:37

Pues si, hace falta una reflexión. Es cierto. estamos anclados en un un lo de siempre jamás, con nuestra eterna bandera republicana, nuestra eterna nostalgia de aquella República y otras cuantas zarandajas parecidas que nos mantienen donde nos mantienen. A ver cuando nos sentamos a pensar un rato. Cada uno por su cuenta y luego todos en común. A lo mejor asi sacamos algo en consecuencia. Conmigo que tampoco cuenten, señor Ingelmo, así no.

A. Ingelmo
2017-09-12 22:38:25

Excelente artículo. Gracias por compartirlo aquí. No se puede decir una verdad tan bien dicha y tan real. Y tiene razón en lo que concluye: la izquierda en España tiene que reflexionar en sus postureos que vienen de muy atrás. Tiene que autocriticarse, dejarse de bobadas y decir al pan y al vino vino. Pero eso no pasa. Se mantiene con una especie de dogmatismo autoimpuesto, mitad irreflexivo, mitad postureo de izquierda, que tiene que abandonar. Muchos estamos tan desencantados de la falta de autocrítica y reflexión que hemos decidido no votar.

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