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La enseñanza del huracán Irma

El capitalismo no salva el planeta, lo destruye

2017-09-17 01:42:57

La eterna búsqueda del crecimiento mueve nuestra economía. Por eso el medioambiente y el sistema financiero van de crisis en crisis

George Monbiot, theguardian/eldiario.es, 15/09/2017 

"Admitir que hace falta un plan es admitir que el sistema económico está montado sobre un montón de engaños", sostiene el autor. EFE

La teoría tenía un "defecto": esa fue la famosa confesión de Alan Greenspan, exdirector de la Reserva Federal, ante la comisión parlamentaria que investigaba la crisis de 2008. Greenspan creía que el propio interés de las instituciones de crédito llevaría automáticamente a la corrección de los mercados financieros, pero estaba equivocado.

En la actualidad, en medio de la crisis ecológica, esperamos una confesión parecida. Puede que tengamos que esperar bastante. Porque, como en la teoría de Greenspan sobre el sistema financiero, la posibilidad de un error está descartada.

Se supone que el mercado debe autocorregirse, o eso dice la teoría. Como aseguró Milton Friedman, uno de los arquitectos de la ideología neoliberal, "los valores ecológicos pueden encontrar su espacio natural dentro del mercado, como cualquier otra demanda de los consumidores". Siempre y cuando los bienes medioambientales tengan el precio correcto, no se necesitará ni planificación ni regulaciones. Cualquier intento del Gobierno o los ciudadanos para cambiar el probable rumbo de las cosas es injustificado y equivocado.

Pero hay un defecto en todo eso: los huracanes no responden a las señales del mercado. Las fibras de plástico en nuestros océanos, en nuestra comida y en nuestro agua potable no responden a las señales del mercado. Tampoco lo hace el desplome de la población de insectos, el de los arrecifes de coral ni la extinción de los orangutanes en Borneo.

El mercado desregulado es tan impotente ante estas fuerzas como la gente que en Florida decidió pelear contra el huracán Irma a tiros. Es la herramienta equivocada, el enfoque equivocado y el sistema equivocado.

Hay dos problemas inherentes a eso de ponerle un precio al mundo viviente y a su destrucción. El primero es que parte de la base de asignar valores financieros a cosas como la vida humana, las especies y los ecosistemas, que no pueden intercambiarse por dinero. El segundo, que intenta medir sucesos y procesos poco predecibles.

La destrucción del medioambiente no se produce en incrementos perfectamente medibles. Es posible estimar el dinero que se podría ganar construyendo un aeropuerto: probablemente sea algo lineal y bastante predecible. Pero no es posible calcular de forma sensata el coste medioambiental de un aeropuerto. El análisis del clima se comporta como una placa tectónica en una zona de terremotos: hay períodos de relativa tranquilidad seguidos por repentinas sacudidas. En estos casos, cualquier intento de comparar beneficios y costos económicos es un ejercicio de falsa exactitud.

Incluso hablar de esos errores es una especie de blasfemia, porque la teoría no deja lugar para el pensamiento político o para la acción. Se supone que el sistema no debe ser manejado por la voluntad deliberada del hombre, sino por la escritura automática de la mano invisible. Nuestra elección se limita a decidir qué bienes y servicios comprar.

Pero incluso eso es una ilusión. Un sistema que depende del crecimiento sólo puede sobrevivir si perdemos progresivamente la capacidad de tomar decisiones fundamentadas. Después de satisfacer nuestras necesidades, nuestros más profundos deseos y, por último, los más leves, debemos seguir comprando bienes y servicios que ni queremos ni necesitamos. El marketing nos induce a dejar de lado la capacidad de distinguir para, en vez de eso, sucumbir ante nuestros impulsos.

Ahora es posible comprar una tostadora selfie que deja la imagen de nuestra cara en la tostada –el Sudario de Turín de las tostadas–. Se puede comprar cerveza para perros y vino para gatos; un portarrollos de papel higiénico que envía un mensaje al teléfono cuando se está acabando el papel; un ladrillo grabado que cuesta 30 dólares; un cepillo que informa si uno se está peinando el cabello correctamente. Panasonic tiene pensado producir un refrigerador móvil que, ante un comando de voz, traerá la cerveza hasta dónde uno esté sentado.

[Leer completo en eldiario.es]

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humor.corto

—¿Nos hacemos unas vacaciones pagadas, alcalde? —Vale, Héctor, a Cataluña. Me han hablado de una colección Bassat. —Que venga el gerente de Lienzo Norte y entre los tres seleccionamos las obras.

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