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Los pacientes del doctor García

Almudena Grandes conecta el franquismo con algunos de los acontecimientos más desconocidos de la Segunda Guerra Mundial

2017-09-17 02:35:24

Almudena Grandes 14/09/2017

Detalle de la portada.

Tras la victoria de Franco, el doctor Guillermo García Medina sigue viviendo en Madrid bajo una identidad falsa. La documentación que le salvó del paredón fue un regalo de su amigo Manuel Arroyo Benítez, diplomático republicano. En septiembre de 1946 Manuel regresa del exilio con una misión secreta y peligrosa, infiltrarse en una red clandestina de evasión de criminales de guerra del Tercer Reich. La organización está dirigida desde el madrileño barrio de Argüelles por una mujer llamada Clara Stauffer, alemana y española, nazi y falangista. Esta es la sinopsis de 'Los pacientes del doctor García', novela de Almudena Grandes cuyo adelanto editorial ha publicado tintaLibre en su número de verano. La cuarta entrega de la serie 'Episodios de una guerra interminable' ha sido publicada por Tusquets. 

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MADRID, 30 DE MARZO DE 1947


El último domingo de marzo de 1947 fui al encuentro de una mujer que conocía mi verdadera identidad.

—A ver, a ver —la portera salió de su chiscón para estudiarme de arriba abajo—. ¿Qué ha estrenado usted hoy, don Rafael?

—Pues nada, Benigna. No están los tiempos como para estrenar.

—Y que lo diga, pero... —rebuscó en su delantal para enseñarme una moña diminuta, tejida con tiras de hoja de palma—. Esto si me lo aceptará, ¿verdad? Así, por lo menos no se nos quedará manco.

Domingo de Ramos, al que no estrena se le caen las manos. Después de dos años de sequía, tantos radiantes días de sol en cielos tan azules como recién pintados, la mañana prometía más tristeza que lluvia. Hacía frío. Los niños que habían cumplido con la tradición caminaban encogidos, tiritando en sus primaverales calcetines de hilo, faldas livianas y pantalones cortos que parecían desgajarlos del invierno por el que transitaban los adultos, gabardinas, sombreros, guantes a los que se aferraban las manos desnudas de los niños vestidos de verano. Para equilibrar su desgracia, en la otra mano llevaban palmas labradas con flores, moñas y cintas de colores, el modelo que había inspirado la miniatura que Benigna me había encajado en el bolsillo de la americana. Niños más desgraciados, mejor abrigados porque no tenían nada que estrenar, las miraban con envidia.

Al llegar a la plaza de las Salesas entré en un bar, casi vacío entre misa y misa, pedí un café y me senté dando la espalda al camarero, para enfocar la puerta de la iglesia de Santa Bárbara a través de un ventanal pintado con letras blancas. Así, entre las dos mitades de un letrero que prometía los mejores bocadillos de calamares de Madrid, vi salir la cabecera de la procesión. Una escolta de monaguillos armados con grandes palmas doradas o pequeños incensarios de metal, rodeaba a media docena de sacerdotes revestidos con casullas bordadas cuyos colores establecían una jerarquía que yo no era capaz de interpretar. Mientras empezaban a bajar la escalinata marcando el paso lento, solemne, que seguirían los fieles agolpados a su espalda, pagué el café y crucé la plaza. Cuando me aposté junto a la verja, el Santísimo aún no había descendido al nivel de la calle.

Había tanta gente, tantas palmas, tantas gabardinas, sombreros y mujeres de todas las edades con la cabeza cubierta, que temí que no me resultara fácil distinguirla. Entonces la vi, rubia como no había vuelto a ser desde los doce años, el pelo aún más dorado que cuando desprendía a su paso un intenso aroma a infusión de manzanilla, lo primero que me impresionó de ella. Por lo demás no había cambiado mucho. A medida que se acercaba, comprobé que seguía siendo guapa de la misma manera, siempre más de lejos que de cerca. A pesar de los tiempos y de que ningún hombre la acompañaba, seguía vistiéndose para gustar, imponente su cuerpo en un traje de chaqueta demasiado ceñido para los recatados cánones de la Victoria, vulgar el rostro de campesina, ancho y carnoso, que su elegancia jamás había logrado someter. El delicado festón de encaje negro, antiguo, del velo que enmarcaba su cabeza, la favorecía a costa de subrayar el violento contraste de sus cejas oscuras con el tinte amarillo de sus cabellos, una licencia sospechosa, de cabaretera camuflada, que la mayoría de las mujeres de su clase social no se habría permitido. Pero ella no era cualquiera, era Amparo Priego Martínez, y la osadía que la explicaba me emocionó más de lo que había calculado. Habíamos vivido juntos demasiadas cosas, demasiado tiempo, como para que yo pudiera salir indemne de aquel encuentro. Por eso ni siquiera me atreví a mirar al niño que caminaba de su mano.

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