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Azorín, medio siglo después

¿Qué queda de Azorín cuando se cumple el cincuentenario de su muerte?

2017-09-21 00:38:27

Por José-Carlos Mainer, Revista de Libros, septiembre 2017

Azorín, por Ignacio Zuloaga

Ya entonces, su óbito se vio como el solemne cierre de una época: «El último...» era, por ejemplo, el lacónico título del editorial de La Vanguardia del 3 de marzo de 1967, al día siguiente de su muerte. El periódico catalán rendía así un sentido homenaje al postrer desaparecido de los grandes escritores de fin de siglo que, por invitación de uno sus mejores directores, Miquel dels Sants Oliver, había sido colaborador asiduo. Pero en 1967 ya se habían celebrado los dos primeros centenarios de la llamada generación del 98: el de Unamuno, en 1964, proyectó alguna áspera sombra polémica, por cuenta de su trayectoria política; en 1966, el de Valle-Inclán consagró un encendido reconocimiento estético y una imagen de disconformidad que no harían sino crecer en los años siguientes; luego llegaron la conmemoración del primer siglo de Pío Baroja, en 1972, que trajo una renovada corriente de simpatía por el escritor, y en 1973, la del propio Azorín, en la que abundaron más los ceñudos aguafiestas y la polémica ensombreció bastante el brillo académico de su recuerdo. En 1974 se recordó lo más juvenil y radical de Maeztu y no se dijo casi nada de su larga madurez en pos de cualquier profecía autoritaria; en 1975 se culminó la canonización cívica de Antonio Machado, que tuvo su octava en el piadoso y discreto indulto de la mala cabeza política de su hermano Manuel, justo un año después.

Un excelente e impetuoso libro de Carlos Blanco Aguinaga, Juventud del 98 (1970), había reclamado de aquellos escritores la coherencia progresista que no habían sostenido en su madurez. Otro de Julio Caro Baroja, Los Baroja (Memorias familiares) (1972), reivindicó -con no menor contumacia- el legado liberal, crítico y laico de una época entera de la vida intelectual española, que incluía a Azorín y sus camaradas de fin de siglo, a los institucionistas y a los orteguianos. Con todo, el diagnóstico final no resultó del todo favorable a nuestro escritor y me temo que todavía hoy el notable acervo interpretativo construido por los estudiosos azorinianos compite con una resistente y generalizada desmemoria en la que abundan los estereotipos vacíos y las prevenciones reticentes1 . Sigue hablándose todavía de la «generación del 98», un concepto que escoltan toda suerte de vaguedades historiográficas, simplificaciones ideológicas y entusiasmos patrioteros. Y, por supuesto, se recuerda que Azorín fue quien propuso el inevitable marbete en sus artículos de febrero de 1913, aunque hace ya mucho tiempo sabemos por qué quiso alzarse –quince años después de 1898− con el santo y la limosna de aquel bautismo interesado. Sigue afirmándose que las novelas de Azorín no son propiamente novelas, que su teatro es inconcreto y que sus valoraciones literarias abundan demasiado en una generosidad casi mecánica y en la apreciación de menudencias que parecen eludir el juicio razonado. Y todo esto se sostiene cuando las novelas han llegado a ser artefactos gnoseológicos cada vez más parecidos a lo que buscaba Azorín, cuando el teatro ha ido haciéndose menos convencional y el ensayismo literario cultiva la microscopía y se complace en la vaguedad hermenéutica. Se acusa a Azorín de ser una sombra fantasmal, refugiada tras un seudónimo y un montón de referencias literarias ajenas, cuando algo parecido podría decirse de Jorge Luis Borges o de tantos otros autores que han optado por la impersonalidad como sello personal. Es cierto que sigue alabándose al gran prosista de frase corta, precisa y clara, donde brilla algún diminutivo preciso, o refulgen con emoción velada tres adjetivos intensificadores, mientras alguna interrogación retórica, que no llega ser demasiado inquietante, o una invitación a la reflexión establecen la necesaria intimidad con el lector. En ese estilo hemos aprendido algo, o mucho, varias generaciones de escritores españoles, pero puede que, al cabo, todo estilo canse y tendemos a asociarlo al de sus imitadores más inanes.

Azorín no fue un surrealista, ni un vanguardista, pero sus «Nuevas Obras» exploraron fecundamente algunos principios de la estética moderna

No es fácil el acercamiento a Azorín, entre el culto de los azorinistas y la sospecha sistemática de los iconoclastas. Ramón Gómez de la Serna –que le debía algunas reseñas elogiosas, que fueron importantes en su carrera− acabó en 1930 una temprana biografía que es penetrante, como suya, pero cuyas sucesivas ediciones fueron dejando patente la pugna de la admiración literaria y la antipatía personal. En 1942, un «Epílogo» recogía sus actitudes ante la Guerra Civil y mantenía intacta su admiración por quien, a despecho de su conservadurismo político, «es aquel a quien he visto comprender mejor, sin agarrarse de uñas como una fiera, lo que varía, lo que vuelve, y que siempre es el primero que saluda a lo nuevo, a lo sucesivo, queriendo ser justo con la vida que viene». 

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