estamos pensando...

El don de la impaciencia

La llanura número 101 -octubre de 2017 (pág. 5)

2017-10-26 02:17:58

Ilustración de Pawel Kuczynski

Sigo traspasando la tinta escrita en papel de forma amanuense, y no del teclado del ordenador reenviándolo a otro correo electrónico, un pincho o sacándolo por la impresora.

Cada uno tiene sus manías, sin querer compararme, y menos con eximios escritores como por ejemplo D. Miguel Delibes. La empresa editora del Norte de Castilla le compraba las resmas de papel sobre las que escribió siempre, las cuales ya el Diario no usaba y se las traían por encargo porque tenía mayor inspiración trazando su límpida tinta sobre el blanco incólume. A Camilo José Cela le transcribían sus mujeres sus trazos a máquina de escribir, porque decía que él no tocaba elementos que le pudieran dar calambre. Otro ejemplo, Emilio Salgari, a pesar de los vaivenes de los barcos en los que navegaba, necesitaba una mesa con una pata recortada, porque era así como el traqueteo le inspiraba.

De últimas, pero hace ya algunas décadas, el traqueteo de los teclados de las máquinas de escribir era un zumbido constante en las redacciones de los periódicos. Alguno me dijo que cuando una máquina del conjunto ya no tenía el mismo y característico, a la vez que monótono ruido, se paraban otras y había un lapsus hasta que se adaptaban otra vez todas juntas. Parece ser que ideas y ruido iban de la mano. Son historias, son manías de antaño.

Ahora, ante la pantalla del ordenador, con un vaso de cola al lado, con la tele al frente y el celular al otro lado, cuando no la música de fondo también y con la tablet. Tienen una rapidez de reflejos increíbles, pero un pensamiento disperso poco plausible. Pero tendrá que ser así...

Además se está estudiando o trabajando a la vez que se está en las redes sociales contestando notificaciones, leyendo de forma imperiosa y compulsiva todo lo que aparece por la biografía, los muros o el chat.

Eso da lugar a un narcisismo exacerbado, imperante sobre todo en las redes sociales y con comportamientos absurdos cuando no rayanos en la estulticia o la vesania. Y unos personajes siniestros que se dedican sistemáticamente a bombardear con infundios cuando no a usurpar los perfiles efectuando maquinaciones que rayan en el delito. Y se amparan en el anonimato, que todo lo arropa, lo bueno y lo malo.

Otros se reafirman ante los demás no viviendo si no es para hacer fotos de todo adoquín que pisan ya sea en Praga, Venecia o Cancún; teniendo una ansiedad por llegar al Hotel, ver qué ha dicho menganito o zutanita, porque ellos hicieron lo mismo cuando estuvieron en Viena o en Lisboa. El tema llega a ser de un simplismo que cuando no estás conectado piensan que estás enfermo. Otros comentan que han estado en un lugar con “super” atraso porque no había “Wi-Fi” en el hotel ni en la cabaña de la selva. Te vas para alejarte del mundo pero no puedes desconectar de las redes sociales.

Se decía que el capitalismo no necesitaba ya esclavos, le valía con tener millones de consumidores. Ahora se le añaden adictos y adeptos a las redes sociales. Redes en las cuales la mayoría del personal son voceros contra todo, pero no participa en nada ni con nadie para cambiar aquello a lo que lanza diatribas.

Que son necesarias y útiles, sí. Que la mayoría hace un mal uso de estas nuevas herramientas, también. Aparte de eso, se ha creado a tenor de la velocidad que llevan y el cambio sucesivo al que se ven sometidas para adaptarlas a las nuevas prestaciones, el don de la impaciencia. Se quiere todo y ya... Y como está a un clic del ratón, las personas enclaustradas rodeadas de aparatos no tienen habilidades sociales, juegan partidas con otros iguales a ellos. Y pueden llegar a confundir lo que es mera y vacua situación virtual, con la real donde las cosas cuestan, requieren un esfuerzo y las relaciones son más que un simple “te bloqueo o te elimino”.

Chema Collado

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humor.corto

–Mira, papá, ¿qué es eso que hay en el suelo? –¡Cuidado! No te acerques que es peligroso. Es un libro.

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