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Los traductores hacen cosas

El ninguneo de estos, su invisibilidad sobre el papel, los condena a una precariedad en la vida real a todos los niveles (intelectual, laboral, económico, vital) cuya primera víctima es la calidad de los textos traducidos.

2017-11-17 01:27:50

RITA DE COSTA, Público 11 de Noviembre de 2017

 

Instalación cultural en Oporto (Alberto Fernández)

La realidad puede llegar a ser desagradable. Por eso la naturaleza, en su infinita sabiduría, nos ha dotado de imaginación y vello púbico. Toda ficción se sostiene sobre eso que se ha dado en llamar “principio de suspensión de la incredulidad”. Es decir, imaginación. Tú me cuentas un cuento y yo me lo creo. Es lo que nos permite ponernos en la piel de personajes que nada tienen que ver con nosotros y transitan por mundos que jamás veremos, habitar el incansable deseo de ser otro, vivir eternamente encarnando otras vidas. Pero hete aquí que a veces el hechizo se rompe y la ficción revienta por las costuras. Hay autores que abusan del principio de suspensión de la incredulidad, que fuerzan los términos del acuerdo tácito con el lector y lo abocan al descreimiento y la indiferencia, que es la muerte de cualquier ficción. También hay lectores que compran una irrealidad de todo punto inverosímil pero rechazan otra más cercana a la suya si ésta comete el sacrilegio de cuestionar su concepción del mundo o incurre en el grosero delito de escocerles la conciencia. Cuéntame un cuento y verás qué contento. Y luego hay elementos del propio texto que ejercen el efecto no deseado de arrancar al lector, de cuajo y sin contemplaciones, de esa otra realidad a la que se había entregado tan ricamente. Entre esos elementos figura, qué duda cabe, la denostada nota del traductor, esa antipática intromisión que nos recuerda sin la menor delicadeza que somos lectores vicarios de otro lector, tan subjetivo como nosotros a la hora de interpretar las palabras del autor, y por tanto susceptible de equivocarse y equivocarnos. Porque el acto de traducir siempre implica desconfianza, seguramente desde el momento mismo en que el primer humano se vio en la necesidad de agenciarse un intérprete (alguien necesariamente a caballo entre dos mundos, dos realidades, y por tanto sospechoso) y comprendió —con una perplejidad que quedó grabada a fuego en su ADN— que había formas distintas de nombrar la misma realidad. Zas. Sólo así se explica que el mito y el chascarrillo del traduttore traditore se haya perpetuado en el tiempo y se invoque a las primeras de cambio cada vez que algún desaprensivo se pone a discurrir sobre la traducción. Quod erat demonstrandum.

La imposición a machamartillo de una supuesta naturalidad supone empobrecer la traducción y la literatura universal que a través de ésta fluye y refluye en una dinámica de vasos comunicantes

Y ahí es donde queríamos llegar, a ese momento incómodo en que el lector se ve expulsado del edén ficcional y obligado a recordar que, mira por dónde, ese texto no se escribió en su lengua materna, sino que pasó por los ojos y las manos de otro escritor —vicario él también— antes de llegar a los suyos. En el mejor de los casos, esa nota le aportará información pertinente y valiosa para la comprensión del texto; en el peor, sólo dará fe de la pedantería o la condescendencia del traductor, y todos conocemos ejemplos admirables y delirantes de ambos casos. Pero ese momento de extrañeza siempre, siempre situará al lector en un plano distinto, tensando el principio de suspensión de la incredulidad —me creo lo que me cuentas y me creo lo que me cuenta el traductor que me cuentas— y por tanto obligándolo a un doble esfuerzo para volver a sumergirse en la historia. Y eso está bien. Eso es bueno. Porque la invisibilidad del traductor (otro gran mito) sólo es posible, sólo es perfecta, si traiciona el original en algún momento, haciendo bueno el mito del traduttore traditore, y su irrupción en la lectura como elemento a la vez intrínseco y ajeno a la misma es señal de que se está respetando la otredad del texto original. La imposición a machamartillo de una supuesta naturalidad —lo que en el mundillo editorial se viene llamando “planchar un texto” o reducirlo al “traductés” (lenguaje supuestamente literario expurgado de toda extrañeza, riesgo y, en última instancia, emoción)-- supone empobrecer la traducción y la literatura universal que a través de ésta fluye y refluye en una dinámica de vasos comunicantes.

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