estamos pensando...

22. ÉXTASIS ANUAL EN VIERNES SANTO

Algo detrás de todo, por J. Francisco Fabián

2017-11-18 18:28:39

Llegó de tomar el café de media mañana con las manos heladas. A pesar de ser el mes de marzo seguía helando. En la tierra castellana, cuando hiela de verdad, ni rondando el medio día se quita el frío. Pero esa mañana era la niebla húmeda que no se había terminado de quitar, la que agravaba las cosas. Todo el mundo sabe que para la niebla fría nunca hay otro remedio que estar lo menos posible en la calle. Llegó, se quitó el chaquetón, la bufanda y los guantes y fue presuroso a su mesa, colocándose antes de sentarse un momento de espaldas al radiador de la calefacción, mientras hacía algún comentario a sus compañeros sobre el frío y lo malo que hacía en la calle. Luego se sentó delante del ordenador, tocó una tecla cualquiera para recuperar la imagen de la pantalla, que estaba modo ahorro de energía y cuando enseguida volvió, tecleó la contraseña para volver a la tarea que había dejado a medias, cuando sus compañeros funcionarios le habían avisado de que ya era la hora diaria para salir a tomar el café. De fondo aparecía la plantilla de lo que estaba rellenando y delante del fondo, un mensaje que le avisaba sobre dos correos electrónicos nuevos recién llegados y sin leer. Pulsó en el mensaje para abrirlos y apareció de inmediato todo el listado de los correos, de los que los dos últimos estaban resaltados por ser nuevos. Todo fue muy rápido. El primero lo estaba esperando, tenía que ver con una gestión que había hecho unas horas antes; el segundo, al identificarlo, le provocó una sensación instantánea dentro del cuerpo semejante en algo a una descarga eléctrica indolora que hubiera penetrado removiendo y recorriéndolo de arriba a abajo. No esperaba tal correo electrónico para ese día en concreto, pero sabía que estando a poco menos de diez días de la Semana Santa, previsiblemente tendría que llegar, como venía llegando desde hacía ya doce o trece años. Sonrió a la pantalla, tragó saliva, se volvió hacia una botella de agua de la que solía beber pequeños tragos a lo largo de la mañana, bebió un sorbo y sin soltarla siquiera, pulsó a través del ratón en la pestaña que abría el mensaje. En un instante estuvo abierto. Respiró hondo antes de leerlo, como para darse a sí mismo más emoción. “Mañana o pasado te lo mandaré, como siempre. Un beso fuerte. Beatriz”. Se quedó un momento pensativo y sonriente mirando la pantalla del ordenador.

Pasó el día siguiente pendiente del correo electrónico. Si se ausentaba un momento de su mesa, fuera por poco o por mucho tiempo, al regresar lo primero que hacía era mirar la pantalla para comprobar si estaba el que más estaba esperando. No llegó ni al día siguiente ni al otro, sino al tercero. Algunos años anteriores se había hecho esperar también un poco más, cosa que Mario terminó por interpretar, tal vez, como un deseo calculado por parte de Beatriz para crearle más expectativa. El día que llegó el esperado correo electrónico fue ya al terminar la jornada. En el mensaje que acompañaba a las fotos solo figuraba un “Disculpa el retraso. No he podido antes. ¿Estarás allí como siempre?... Un beso. Beatriz”. El mensaje contenía cuatro fotos en archivos adjuntos. Se aseguró de que nadie le podía ver la pantalla en ese momento y las abrió de inmediato una por una. En la primera había unas medias negras fotografiadas sobre un fondo blanco que parecía ser una cama, porque la mitad de la prenda caía por el final, doblándose y llegando a tocar el suelo con el extremo, donde van los pies. En la segunda de las fotografías se veía un sujetador de color encarnado oscuro. Parecía una prenda muy fina y sencilla, sin adornos, con un diseño sobrio pero elegante. La tercera era el correspondiente inferior al sujetador, de la misma factura y color; era una prenda muy breve y parecía un tanto transparente o eso le quería parecer a él. La cuarta fotografía era una composición de las tres anteriores en su orden natural para el cuerpo de una mujer. Notó el corazón agitarse con fuerza mientras las veía. Volvió de nuevo a beber agua de la pequeña botella. Archivó las fotos, se levantó de la mesa, acudió a la percha donde tenía colocado el chaquetón, se lo puso y dijo en alto: “Salgo un momento a fumar”. Estuvo fumando a solas mientras paseaba por la placita que había delante del edificio. Estaba tan a lo suyo que se le cruzaron algunos conocidos y le tuvieron que llamar la atención porque él no se enteraba de ello. Fumó el cigarro abstraído con la máxima felicidad. Cuando regresó a la oficina enseguida volvió a las fotos y las fue pasando con más calma una a una, vigilando que nadie más pudiera verlas. No eran de buena calidad, pero lo que se necesitaba ver, se apreciaba muy claramente en ellas. Hizo un zoom en todas para ver las prendas en detalle y las guardó. Sabía que las vería muchas veces en los próximos días. Aún faltaba una semana para el Viernes Santo.

Comentarios

M. Fernández R.
2017-11-20 16:47:31

Excelente relato, suspicaz y con mucho que pensar sobre los trasteros de la vida. Ya le echábamos de menos, señor Fabián. No nos deje tanto tiempo en blanco.

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humor.corto

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