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22. ÉXTASIS ANUAL EN VIERNES SANTO (II)

Algo detrás de todo, por J. Francisco Fabián

2017-11-18 18:26:25

La tarde del Viernes Santo dijo en su casa que iría como cada año a ver la procesión de la Cofradía de las Damas del Dolor. No hubo forma de convencerle de cualquier otro plan. Dijo que iba a tomar fotos como en años anteriores. Solía preparar la coartada diciendo a lo largo del año, siempre que había ocasión, que era la procesión más pintoresca de toda la Semana Santa y que por eso no se la quería perder nunca. Las demás le daban igual.

Todos los años a la caída de la tarde salía solemnemente la procesión en la que desfilaban las Damas del Dolor. Siempre, aunque lloviera o hiciera frío, la gente abarrotaba las aceras. En medio de un conmovedor silencio general, solo roto de vez en cuando por la voz de algún crío, la imagen de un Cristo cargado con la cruz, agotado y con cara de dolor, flotante entre una ingente cantidad de flores, prorrumpía en las calles de la ciudad procedente de la catedral. Delante de él, presidían la comitiva tres mujeres vestidas de riguroso negro, separadas suficientemente entre sí; una de ellas, en medio, destacada unos pasos respecto de las otras dos, con mantilla y peineta, portaba un bastón de mando que le confería autoridad; las tres y las demás que también desfilaban, se mostraban siempre muy serías, como si de verdad fueran incapaces de sentir otra cosa que tristeza en aquel momento. Detrás de la imagen, portada por hombres vestidos de capuchino, cuatro sacerdotes caminaban con gesto menos grave y después de ellos, un grupo de mujeres, unas veinte, también vestidas de negro riguroso, algunas, además, con peineta, desfilaban despacio, emparejadas de tres en tres y a dos o tres metros de distancia cada grupo del siguiente, como para que se las pudiera ver mejor en detalle durante el pasacalle. Nadie más desfilaba en esta procesión, ni siquiera la orquesta de jóvenes con cornetas y tambores que salía en las otras procesiones. Ésta era solo con silencio, de sobrecogimiento, de misticismo, de dolor.

Mario llegó con tiempo suficiente a la puerta de la catedral para colocarse en la segunda fila, de tal manera que pudiera ver prácticamente lo mismo que los de la primera, aprovechando el espacio entre los dos hombros y las dos cabezas que tuviera delante, pero lo hacía en cierto modo escondido. Aunque hubiera tenido oportunidad no hubiera aceptado estar en la primera fila. Nadie lo iba a notar, pero con ello estaba delatando en realidad estar allí para algo más que para ver el transcurso de una procesión de Semana Santa. El pacto secreto entre los dos era que ella nunca supiera donde estaba él observándola desde el anonimato.

La gente hablaba esperando, pero cuando vieron abrir las puertas de la iglesia de par en par y casi de golpe, tal y como disponía el ritual, se oyó el sonido inmediato de unos golpes metálicos, todo el mundo calló enseguida, haciéndose en menos de medio minuto un silencio que solo se veía roto por voces a lo lejos ajenas a la procesión. Lo que Mario no sabía era que Beatriz ese año era una de las dos vicepresidentas de la cofradía y por tanto salía en cabeza, con su pareja en el cargo, a tres pasos detrás de la presidenta, a la que escoltaban. En los más de diez años que hacía ya que dejaron de compartir despacho, no habían vuelto a tener otro contacto que no fuera saludarse sin más por la calle si se cruzaban, un correo de felicitación por Navidad y las fotos de ella cuando se acercaba la Semana Santa. Con tan poco, Mario no había conocido el ascenso de Beatriz.

Cómo no sabía lo de su vicepresidencia, nada más verla aparecer sin esperarlo, se le aceleró el corazón de una manera tan impetuosa que al tomar con brusquedad la cámara de fotos que llevaba colgada al cuello, golpeó con ella en la cabeza a la mujer que tenía delante, la cual dirigió una mirada de extrañeza girándose hacia atrás. Él pidió perdón haciendo un gesto con la mano mientras se llevaba la cámara al ojo. Apretó el disparador varias veces sin mucho control hasta que una ráfaga de cordura le indujo a pensar que para hacer fotos tenía más tiempo y que ahora lo que debía hacer era mirar con atención a Beatriz.

 Allí estaba, vestida de negro absoluto con un traje de chaqueta ajustado, al que cubría una especie de fino chal, bien peinado su pelo negro, bien maquillada la cara, tan seria para la ceremonia, con su cuerpo cuidado a pesar de que había dejado hacía poco de ser joven, desfilando despacio con la mirada al frente, con la misma gravedad con la que lo hacían las otras Damas del Dolor, tan conscientes de su papel y de los cientos de miradas que no les perderían detalle. La miró de arriba abajo con nerviosismo, incapaz de hacerlo con el sosiego suficiente para disfrutar de cada detalle y dejar que la imaginación hiciera maravillas. Pero no lo podía evitar, era incapaz de tranquilizarse. 

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