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22. ÉXTASIS ANUAL EN VIERNES SANTO (y III)

Algo detrás de todo, por J. Francisco Fabián

2017-11-18 18:23:11

Cuando Beatriz había superado el lugar donde Mario se encontraba y ya no podía verla, porque la imagen del Cristo con la cruz y las otras mujeres lo interferían, empezó a moverse entre la gente para salir de donde estaba. No resultaba fácil porque era mucho el público que se agolpaba. Con la agitación que padecía y la prisa, molestó a algunos otros espectadores más tranquilos, por ejemplo, a una señora a la que pisó de lleno en un pie; ésta lanzó una fuerte exclamación que provocó enseguida la mirada poco cordial de su marido. Mario pidió perdón y se alejó lo antes posible bajo la mirada de los que habían oído la exclamación de la señora y viéndole ahora la forma de salir de aquella aglomeración, con las consiguientes molestias para los que ya habían encontrado su sitio y no querían perturbaciones.

Como lo tenía estudiado de otros años, cuando pudo salir de la zona más concurrida alcanzando el pasillo de desahogo que quedaba detrás de la gente, se aprestó a ganar metros para ir al segundo observatorio. Allí también estaba abarrotado de espectadores y no sería fácil meterse entre ellos para conseguir una buena vista. No se lo iban a consentir los que ya habían encontrado sitio. Alzarse de puntillas continuamente no le daba para mucho con su 1’70 de estatura. Como otros años, debía conformarse con encontrar un lugar más o menos adecuado y apostarse allí para verla llegar a paso lento, con aquel aire suyo de mujer atractiva, más atractiva que guapa, con tanto aplomo para las solemnidades, imaginando mientras la miraba lo que sabía que se ocultaba debajo de la ropa visible.  La vio venir, la vio llegar y cuando ya le sobrepasaba y la había mirado suficientemente por detrás, enseguida salió apresurado a buscar un nuevo punto, y tuvo suerte porque encontró un buen hueco de segunda fila. Fue allí donde disfrutó como en ningún otro sitio de ella, donde pudo mirarla detenidamente de arriba abajo e imaginar todo lo que daba para ello su imaginación, que era en realidad lo que tenía y había tenido con ella. Tanto la miró como más le gustaba y tan satisfecho quedó que, cuando la comitiva le rebasó, no tuvo voluntad para buscar otro sitio más adelante y arriesgarse a estropear lo disfrutado con algo peor. Desde allí emprendió el retorno a casa, en cierto modo agotado por la tensión. Caminaba fumando metido en sus pensamientos. Entró en un bar y pidió un whisky con coca-cola, inusual en él a esas horas. Había un taburete al lado de la barra en un extremo que hacía recodo y allí se sentó a degustarlo, considerándose completamente aparte de todo el personal que había también en el bar. Un matrimonio conocido que estaba en la otra punta de la barra, le observó sin decirle nada. A ella le pareció que algo malo le pasaba a Mario, que seguramente tendría problemas en casa y por eso estaba allí, solo, en pleno Viernes Santo, bebiendo para olvidar. El marido le reprochó que siempre tuviera pensamientos obtusos sin tener los motivos suficientes y forzó a apurar lo que tomaban para que su mujer no siguiera sin dejar de observar detalles en el solitario. Mario, sin embargo, estaba a lo suyo. Recordaba que ella le había dicho cuando empezó aquel juego, siendo todavía compañeros de trabajo, que para muchas cosas era mejor desear que tener, que los sueños son realidades muy especiales y si se cultivan bien, nunca se pasan. Él a veces pensaba como ella, pero otras tenía dudas. 

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