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"Quiero ser diferente"

La obsesión por la identidad cultural que amenaza a Europa

2017-12-26 02:22:37

Casi todo lo que ha ido mal en el continente en las últimas décadas ha sido culpa de la obsesión identitaria que de vez en cuando aparece en las sociedades o los individuos

Ramón González Férriz, El Confidencial, 31-X-201

El torero Antonio Barrera luce una muleta con los colores de la 'senyera' durante el festejo celebrado en la Monumental de Barcelona en 2011. (EFE)

Casi todo lo que ha ido mal en Europa en las últimas décadas ha sido culpa de la obsesión identitaria que de vez en cuando aparece en las sociedades o los individuos de nuestro continente. Es un mal recurrente, y siempre que nos parece haber encontrado la manera de amortiguarlo, regresa de una manera más o menos transformada, más o menos peligrosa. La necesidad de afirmarse como distinto -en la mayoría de los casos, una manera soterrada de afirmarse como mejor- o el miedo a convertirse en algo diferente parecen ser un rasgo insoportablemente ineludible.

Los orígenes modernos de esta pulsión son relativamente recientes y se remontan a principios del siglo XIX, a lo que ahora es Alemania -y entonces era una amalgama de territorios-. Napoleón pretendía invadir toda Europa y unificarla bajo lo que en aquel tiempo se consideraba una ideología universalista. Esta implicaba el fin del feudalismo, la libertad de culto religioso y la sustitución de unas leyes complejas y arbitrarias que se basaban en las tradiciones. Napoleón quería, básicamente, convertir a toda Europa al sistema de gobierno y la cosmovisión filosófica de los revolucionarios franceses, con el argumento de que eran de carácter universal. Los alemanes reaccionaron ideando el romanticismo: una filosofía que (resumo mucho y mal) de alguna manera rechazaba los principios racionales de la Ilustración, consideraba que la política también emanaba de los sentimientos y las tradiciones, y pretendía salvaguardar las identidades culturales minoritarias porque las consideraba buenas en sí mismas. Era una oposición al universalismo abierta, compleja y enormemente influyente y cambiante.

En un libro recientemente aparecido en español en la editorial Taurus, 'La identidad cultural no existe' (esta tarde se presenta en el Institut Français de Madrid), el filósofo François Jullien afirma, de manera compleja y provocadora, la idea que resume el título de su obra. ¿En qué términos deberíamos pensar “la singularidad de las culturas, a la vez de lenguas y formas de pensar? ¿Cómo articularlas? ¿Cómo abordar la diversidad cultural sin que se difuminen en la estandarización de lo uniforme y salvando lo común de ser confundido con lo similar?”.

La recomendación de Jullien para superar el marco un poco asfixiante de las identidades culturales se basa en dos ideas difíciles de explicar pero sorprendentemente útiles. La primera es “la distancia”, lo que en francés él llama “écart”. Lo que nos define culturalmente no es tanto una identidad cerrada y fácilmente descriptible como la tensión que genera “la distancia” (o quizá podríamos traducirlo como “el hiato”) entre las diversas identidades. Por ejemplo (el ejemplo es mío, no de Jullien), sería absurdo que un catalán como yo intentara describirse únicamente como adscrito a “la identidad catalana” o a “la identidad española en Cataluña”, construcciones arbitrarias e imposibles de fijar. La mayoría de las veces, lo que nos define culturalmente es la tensión, las contradicciones y las discusiones que se producen entre esas dos ideas de cultura. Es ese el lugar en el que estamos, queramos o no: no somos fruto de algo en apariencia cerrado, sino de la discusión de muchas posturas abiertas.

¿Raíces cristianas de Europa?

Otro ejemplo, que esta vez sí plantea Jullien, es como a la hora de redactar una constitución para Europa, sería estúpido debatir insistentemente sobre si las raíces culturales europeas son cristianas. De hecho, la idea de “raíces” es absurda. ¿Serían las raíces cristianas más vinculantes para una constitución que las raíces ilustradas, o que las raíces de cualquier otra clase? Más bien, todos nosotros -nos sintamos cristianos, ateos, agnósticos o de otras religiones- somos el resultado de la tensión que se produce entre esas posiciones y del intenso debate público que se genera sobre la cuestión de la religión (o la ausencia de ella) en la configuración cultural de Europa.

[Leer completo en elconfidencial.com]

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