PÁGINA EN OBRAS disculpen las molestias

23. EL ASUNTO CORRIENTE DE LA MUERTE DE MATEO (II)

Algo detrás de todo, por J. Francisco Fabián

2018-02-04 19:56:11

El hijo mayor a esa hora estaba ya en clase desde muy temprano en la Universidad de Berlín, donde completaba sus estudios con una beca de buen estudiante que le había concedido el banco en el que trabajó su padre hasta hacía menos de un año. Estaba sentado junto a un amigo danés y una chica china, que hablaba el inglés con un acento y un tono que suscitaba continuamente bromas. Los tres se habían hecho buenos amigos. Ese día era el cumpleaños del danés y a la salida de las clases Roberto iba a hacer para los tres una tortilla de patata, como aportación española a la celebración donde cada uno haría algo típico de su país.  

A la madre del muerto le acaban de poner en esos momentos el desayuno sobre la mesa en la residencia de ancianos donde vivía. Aquella mujer menuda, pero bien conservada, acababa de tener un impulso de felicidad cuando había visto sobre el plato los bollos suizos para mojar, porque no se había acordado de que era viernes y ese día ponían bollos suizos. Esa mañana tocaba jugar al bingo con un instructor jovencito como animador, que disponía de las mejores dotes para cautivar a toda aquella población de ancianos, cuyo día a día era su futuro. Pensó que el día pintaba bien entre los bollos suizos y el bingo. Pero desconocía todavía que su hijo acababa de morir. 

La hermana del muerto, sentada en la sala de espera del ambulatorio, buscaba remedio para la lumbalgia sin dejar de pensar en la discusión que la noche anterior había tenido con su marido. Por segunda vez, en su ya largo matrimonio, le había oído reprochar que no hubieran tenido hijos de tanto esperar, a causa de los temores a perder el buen trabajo que tenía si quedaba embarazada. (Nada le dolía más que ese reproche, quizá porque tuviera algo de verdad y la pusiera contra sí misma).

Víctor, su amigo de toda la vida, ya estaba casi de vuelta a casa del paseo diario por los caminos de las afueras de la ciudad acompañado del perro. Llevaban tiempo planeando hacerlo los dos amigos cada mañana juntos, pero Mateo se excusaba diciendo que aún se estaba recuperando de los madrugones en muchos años de trabajo. Para la primavera -había asegurado- daría el paso definitivo y saldría con él a caminar todos los días.

El vecino con el que había discutido unos días antes en la junta de la comunidad vecinal estaba en la pescadería a punto de ser atendido, porque siempre creía que a su mujer la engañaban con el pescado y prefería comprarlo él. Justo cuando Mateo cayó muerto sobre la cama le iban a atender, en cuanto terminara la señora que iba delante. Le atenderían, compraría otras cosas en el supermercado, volvería a casa y Mateo seguiría muerto sin él saber todavía nada.

A 400 km de Mateo, recién muerto, en Málaga, la que fue su novia en la juventud, acudía a la escuela en la que había sido maestra para ayudar en algunas actividades a las jóvenes interinas, que valoraban mucho su experiencia y su carácter dulce, pero firme, con los niños. Caminaba tranquilamente por el paseo marítimo aprovechando que hacía una mañana cálida aderezada con la brisa marina que presagiaba la primavera. Hacia bastante más de treinta años que no sabía nada de Mateo, ni Mateo de ella, pero le seguía recordando en secreto cada vez que escuchaba una canción de Leonard Cohen, aunque no sabía exactamente la razón por la que aquella música para ella tenía que ver con lo vivido juntos durante dos años. No podía sospechar que, en aquellos precisos momentos, Mateo acababa de morir y yacía derrumbado sobre la cama.

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