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23. EL ASUNTO CORRIENTE DE LA MUERTE DE MATEO (III)

Algo detrás de todo, por J. Francisco Fabián

2018-02-04 19:55:59

En la habitación donde Mateo estaba muerto sonó casi consecutivamente dos veces el teléfono en un pequeño supletorio que tenían instalado por si les llamaban sus hijos cuando estaban durmiendo o, simplemente, por tenerlo a mano mientras veían por la noche la televisión desde la cama, en esos días de invierno meseteños en los que se estaba mejor allí temprano que en ningún otro sitio. Una de las llamadas fue de una compañía telefónica que le iba a ofrecer, ¡otra vez!, una oferta que Mateo no le dejaría ni formular, porque siempre cortaba al identificar el acento sudamericano de la persona que le saludaba al otro lado, con el ruido de fondo de otros que debían estar haciendo lo mismo. La otra llamada era de un primo suyo residente en Barcelona, que le llamaba para contarle que había muerto un pariente de ellos en el pueblo al que apreciaban mucho por cosas de la juventud y, de paso, le llamaba también para desahogarse sobre lo que estaba sucediendo en Cataluña. El teléfono sonó y sonó y en el caso del primo, volvió a sonar otras dos veces en un espacio de quince minutos, porque el primo pensó que o estaba hablando con otra persona o en la ducha. El cuerpo de Mateo recibió el sonido reiterado, inmóvil, porque para eso estaba muerto. Resultaba sobrecogedora la escena, aunque nadie lo estuviera viendo: el teléfono sonando y el cuerpo de aquel hombre en pijama, tendido de bruces sobre la cama, muerto, iluminado cada vez con más brillo por la luz que penetraba por las rendijas de la persiana, dejando ver  de paso las gotas de la condensación en el cristal, prueba de que afuera hacía mucho frío y calor en la habitación, el calor de la noche allí dentro. Como estaba muerto, Mateo ya no sentía nada, ni oía nada, ni veía nada. Con aquella naturalidad, en unos instantes había pasado de la vida a la muerte y resultaba que la muerte era algo tan implacable que ya era para siempre, de tal manera que de ella no se volvía nunca a la vida, es decir terminaba todo así absolutamente todo para él. Y no había mejor forma de demostrarlo que el paso de los días, no solo en él, sino en cualquiera que muriera: pasaban tres días, una semana, dos meses, un año, tres años, diez, treinta, ochenta, doscientos… se perdía por completo la memoria de quien había tenido vida, y el muerto seguiría sin dar señales de volver a ella, quedando la vida que había tenido completamente disuelta en una especie de nada inquietante, pareciendo incluso absurdo que después de tener vida todo quedara en nada y para siempre nada. La muerte era algo definitivo, pero eso solo debería saberlo el muerto, que al parecer no lo sabe al estar muerto, porque el vivo aunque lo conoce siempre de antemano, no le hace caso hasta que no se muere, momento en el que por estar muerto no lo puede reconocer. Que se sepa.

El resto de los humanos, que, por supuesto, no conocían la existencia de Mateo, siguieron con sus vidas, no solo en aquel momento de su súbita muerte, sino en todo lo que quedaba de sus existencias. Algunos, mejor dicho: muchos, porque fueron bastantes miles, murieron también ese mismo día, incluso -igualmente muchos- en el mismo minuto que él y otros un poco antes y otros un poco después y sucedió con ellos como con Mateo: había muerto y se había terminado todo, al menos aquí, porque de lo demás no se sabía nada con exactitud, todo eran suposiciones, conjeturas y cosas de fe. Aquello de esa mañana de enero, tan importante para Mateo, que había dejado todo lo que tenía, que era la vida, no era por lo tanto un acontecimiento a destacar para la generalidad. Eso mismo llevaba sucediendo desde hacía miles de años. Miles de años, que se dice pronto… No se podía saber lo que pensaba Mateo, si es que pensaba algo, pero si de alguna manera desconocida era capaz de darse cuenta de lo que había sucedido, consideraría que por más que la muerte fuera algo cotidiano, lo terrible era que en ese caso había sido su propia muerte.

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