PÁGINA EN OBRAS disculpen las molestias

24. Bourbon para olvidar (I)

Algo detrás de todo, por J. Francisco Fabián.

2018-02-06 09:37:11

Ahora estaba sentado sobre un taburete en la barra del bar de copas para maduros en el que solía quedar con amigos después de una dura jornada de trabajo en el ministerio. En los días difíciles en los que se le exigía al máximo porque el ministro andaba alborotado y en tal situación había contagiado al Secretario de Estado y éste había puesto nervioso por lo mismo al Secretario General, transmitiendo en consecuencia éste la tensión a los directores generales, tomarse, después de aplacado el asunto, dos o tres cervezas belgas con algún compañero de confianza, todos ya con el nudo de la corbata descuidado, era la mejor medicina antes de irse a descansar. Pero ahora estaba solo, se veía reflejado en el espejo de una columna, con su elegante traje gris oscuro, como si fuera uno de esos personajes solitarios de cierto nivel que en las películas beben para olvidar un desengaño amoroso o el hundimiento de sus inversiones en bolsa. No era el caso, pero también estaba allí bebiendo porque lo necesitaba. Se había marchado del despacho antes de lo acostumbrado tras recibir una llamada de su eterno amigo Ñaco desde otra dependencia del ministerio. Prácticamente no se había despedido de su secretaria, con quien solía terminar el día entre bromas y tonteos cuando todo había ido bien, incluso fumando un cigarro clandestino, asomados a la ventana para que no oliera a tabaco y no se supiera que se había fumado allí dentro.

En lugar de una cerveza bebía bourbon, eso delataba que no lo estaba haciendo relajado. La cerveza le tranquilizaba en medio de una conversación animada, le metía alegremente en las cosas de la vida diaria; el bourbon era para situaciones que requerían más profundidad, sobre todo cuando le hacía falta desconectar u olvidar algo. Así funcionaba él con sus códigos particulares. El camarero, que sabía mucho de la gente, no le quiso preguntar nada a pesar de que ya tenían confianza, porque era evidente que bien no se sentía, colocado en un extremo de la barra, donde parecía escondido, con la mirada un tanto perdida, sin ni siquiera leer algo, como solía hacer cuando era el primero en llegar si había quedado con otros. Casi siempre, cuando eran dos o tres, solían colocarse en un punto más evidente, porque en el fondo les gustaba que se reconociera su presencia por parte de los que llegaban. Ellos, con sus trajes elegantes y su buen aire, jugaban a pensar que se les notaba ser altos cargos del ministerio y que los otros clientes les mirarían pensando que en sus manos estaban una parte de las grandes decisiones del país.

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