estamos pensando...

11. PARADOJA

Algo detrás de todo. Por J. Francisco Fabián.

2015-02-16 11:23:00

Al poco de cumplir cincuenta años, mi mujer, que era más joven que yo, me dijo que quería una vida nueva. La vivida conmigo le había parecido aceptable en general, pero para el futuro buscaba algo distinto y no quería reprocharse algún día la indecisión, como le sucede a tanta gente cuando ya no hay remedio. Lo comprendí con la congoja propia de todos los grandes cambios a una edad tardía. Repartimos las cosas con más o menos consenso y decidimos irnos cada uno por su lado, para no volver a vernos nunca más. Ella en concreto, se fue a otra ciudad, en la costa, porque el frío de Ávila nunca le gustó.

Me dediqué a ir envejeciendo sin remedio y, aunque parezca mentira, con placer. Mis clases en el instituto, un perro cariñoso, los bonsáis, unos vinos de vez en cuando a solas o con algún amigo y una paz que a veces era el paraíso y otras una cierta tristeza decadente, fueron mi patrón de lo diario. Hasta que al final me jubilé un poco antes de la edad normal por el número de años trabajados.

Una antigua alumna me pidió entonces ayuda para preparar las oposiciones. Tenía veinticinco años. La recordaba como a una de esas chicas en las que un profesor se fija durante las clases por su belleza sobria, por lo que trascendía de ella sobre su interior y por no tener el toque de locura y descaro habitual de la juventud de ahora. Pero naturalmente nunca dije nada, y menos cuando se es bastante tímido para estas cosas, como es mi caso. La ayudé encantado en lo que me pedía durante los dos años que estuvo preparándose. Era inteligente y muy esforzada. Las sacó a la segunda. Para celebrarlo me invitó a comer cuando ya estaba establecida en la ciudad que le había tocado. Comiendo me dijo que se había enamorado de mí. Con esa sonrisa que se nos pone cuando un niño nos dice alguna ingenuidad notable, quise convencerla de que eso no podía ser, que podría parecerle amor lo que sentía, pero en realidad sería otra cosa. Un hombre de sesenta y dos años no podía inspirarle amor de ese tipo a una chica de veintisiete recién cumplidos. Sería un sentimiento fraternal encubierto, una frustración en el subconsciente, un espejismo transitorio, yo que sé…pero amor no podía ser, porque el amor, creía yo y creo, tiene que partir de una gran dosis de igualdades en su envoltorio.  Se molestó ante mis hipótesis. Me explicó con gesto muy serio que no era falta del cariño de un padre fermentada en el subconsciente, ni la confusión entre sentimientos, ni tampoco la necesidad de afecto, porque acababa de abandonar a su novio de tres años y no lo había hecho porque no fuera de su agrado, sino porque me amaba a mí. (Dijo esa palabra: amar, una palabra que siempre me ha parecido más honda que querer). No insistí en mis conjeturas porque la ofendería más. El final de la comida fue un silencio en el que no sabíamos ninguno de los dos qué decir. “¿Tú no me amas, verdad?”, preguntó cuando ya estábamos por el café. “Quiero creer que no” -le respondí- porque uno sabe a priori a los sentimientos que no debe abandonarse”. No sé si la amaba o no de antes, pero a partir de ese momento, sabiendo lo que sabía, ya la amaba. Esto me parecía un fenómeno de la naturaleza y de mi comportamiento que no tenía una explicación racional que yo supiera darle.

Regresé a Ávila y pasé una semana descolocado. Por las noches no dormía y hasta volví a escribir poemas, que por cierto no me salían ya nada bien. La llamé dos veces entre semana. Antes podíamos hablar durante media hora de cualquier cosa, pero ahora no sabía bien qué decirle. Me dijo que volviera a su ciudad el sábado para quedarme el fin de semana. No supe negarme.

Aquella noche de sábado, después de cenar lo que había cocinado en su casa para mí, me describió sus sentimientos con más detalle y me pidió que durmiera con ella, así, con la naturalidad de estos tiempos. Cuando me vi desnudo a su lado, ya tan mermado de juventud y con tantas consecuencias de mis adiciones a la comida, a las tapas y al vino tinto, y ella con el cuerpo estirado, prieto, lleno de curvas y de hermosura, me sentí fatal. Íbamos contra la belleza: su cuerpo no se correspondía con el mío, parecía un crimen asociarlos, como lo parecía también que la frescura de sus ideas y su proyecto de vida, se mezclaran con las mías y con mi futuro de subsistencia pacífica, dedicado ya a placeres cercanos. Ni siquiera sabía besarla como ella a mí.

Aquella noche, llorando, cogí mis cosas y volví. Casi tengo un accidente porque no estaba a lo que tenía que estar en plena noche, ni los reflejos son ya los mismos. También porque iba llorando.

Vivir se hace a veces muy raro. La vida me hace un regalo maravilloso y yo no puedo aceptarlo por desproporcionado.

Comentarios

L.H.V.
2015-02-17 11:16:13

Chulísimo, pero también triste. Alegoría de la vida misma en algunos ratos. Destila imaginación y sabiduría. Lo he leído cinco veces y cada vez me parece encontrarle un aspecto nuevo encubierto en la sencillez de su literatura. Enhorabuena Avilabierta y tí Fabián, arqueólogo y sin embargo escritor.

Isidoro
2015-02-16 22:45:03

Desde que leí el relato de Valdesangil y el cementerio, descubrí que eres un gran escritor. Enhorabuena. Cuando te jubiles seguirás escribiendo es una labor hermosa.

Jesus
2015-02-16 07:20:37

Muy bonito Fabian, a mi no me deja mi mujer ( no tengo) ni tampoco se enamora una jovenzuela,siempre solo!!! Jaja!!! Bueno ya tuve mis amores es otros tiempos. Salud amigo!!!

Sofia H.
2015-02-13 19:41:21

Hermoso rela1o. Irreal como la vida misma.

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humor.corto

—Gracias a la automoción, Ávila prosperará por fin. —¡Qué bien, nos pondrán una fábrica nueva! —Qué va, creo llamarán Ávila a un nuevo modelo de coche.

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