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El tesoro invisible del océano

Los microbios marinos tienen aplicaciones médicas, industriales y cosméticas. La ONU intenta poner orden y frenar la biopiratería mientras crece el número de patentes.

2015-02-22 18:18:59

J. A. Aunión EL PAÍS, Madrid 22 FEB 2015 

Buceadores de PharmaMar toman muestras de organismos marinos. / PHARMAMAR

 

Los alucinantes misterios de las profundidades marinas han resultado ser mucho más pequeños que los calamares gigantes que imaginó Julio Verne. Muchísimo más. De hecho, son microbios los que esconden promesas de una riqueza incalculable. Sus genes, donde se han hallado ya secretos para combatir enfermedades o para hacer mejores biocombustibles, han desatado una carrera formidable en la que se entremezclan el afán científico, el desarrollo empresarial a través de patentes y los principios éticos que cuestionan el aprovechamiento privado de recursos colectivos.

Las posibilidades son brutales. Por ejemplo, si un científico millonario agarra su yate, se va al mar de los Sargazos, cerca de las Bermudas, y echa un tubo al agua para absorber, a bulto, una muestra de todo lo que haya, puede llegar a encontrar más de un millón de nuevos genes. Esto es lo que hizo Craig Venter (uno de los padres del genoma humano) en 2003, en un proyecto piloto que luego ha dado lugar a dos grandes expediciones en busca de la diversidad de los océanos. Eso no quiere decir que todo hallazgo sirva para algo concreto o tenga utilidad comercial y, de hecho, las previsiones más entusiastas sobre este nuevo oro azul chocan con el escepticismo de algunos expertos. Pero sí dispara las expectativas.

Desde 1999, las solicitudes de patentes de material genético marino han crecido a razón de 12% anual, llegando en 2010 a 18.000 productos naturales registrados procedentes de organismos acuáticos de todo tipo, desde algas o anémonas a esas prometedoras bacterias. No se puede patentar un ser vivo, pero sí aquella molécula, secuencia genética o enzima que le permite al bichito en cuestión, por ejemplo, aguantar en condiciones extremas (en muy bajas temperaturas, muy altas o en condiciones muy específicas) y que, después de un proceso de filtrado y mejora, a veces combinado con otros productos, también sirve para hacer biocombustibles de etanol más eficientes a partir de maíz, mejores cremas para el sol o fármacos contra el cáncer. El creciente mercado de la biotecnología marina movía en 2010 unos 2.800 millones de euros.

Pero hay pocos países con la capacidad tecnológica para aprovecharlo. En 2009, el 70% de las solicitudes de patentes procedentes del mar se concentraba en Estados Unidos, Alemania y Japón. Se trata, por tanto, de una materia prima casi invisible, lo que lo convierte en terreno abonado para la biopiratería. Esta consiste en hacerse con el recurso marino sin permiso del dueño —el país donde vive el organismo—, ya que para pedir una patente no es necesario detallar su procedencia. Por eso, el pasado mes de octubre, después de 12 años de trabajo y negociaciones, entró en vigor el Protocolo de Nagoya de la ONU, en el marco del Convenio sobre Biodiversidad, que establece, entre otras cosas, que los buscadores de riqueza genética tendrán que pedir permiso al país dueño de los recursos, compartir conocimiento y tecnología durante las investigaciones y, si acaban sacando beneficios a su costa, repartirlos. España es parte del protocolo; Estados Unidos, una de las grandes ausencias, no solo de Nagoya, sino del Convenio sobre Biodiversidad.

Aún queda por resolver qué pasa en la mayor parte, el 65%, del ancho mar: las aguas internacionales. Hay quien sostiene que allí los genes no son de nadie y, por lo tanto, son del primero que los encuentre; y quien defiende que son de todos, un bien común y, como tal, sus beneficios se han de repartir de algún modo (con dinero para fondos internacionales de investigación o conservación de la diversidad, por ejemplo) como se hace ya con otros recursos como los mineros, energéticos o alimentarios. En enero se acordó en la ONU empezar a redactar un convenio que ordene más allá de las fronteras marinas la búsqueda de esa riqueza. Pero el acuerdo es “muy endeble”, dice el especialista Alejandro Lago, y todavía tardará muchos años en ver la luz. Y, teniendo en cuenta que ya se empezó a hablar, también, hace 12 años, Lago se queja de "desinterés generalizado": "Perpetuamos la famosa 'tragedia de los bienes comunes', que son de todos, pero al final lo que es de todos no es de nadie y se pierde".

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