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Un tesoro en la recámara del Arqueológico

Reabierto hace un año tras una drástica remodelación, el Museo Arqueológico Nacional ya no solo vive de la ‘Dama de Elche’. La nueva presentación de sus fondos y la exposición de la ‘Mercedes’ ha disparado las visitas de 150.000 a cerca de un millón. En su cámara acorazada se conserva una de las colecciones numismáticas más sobresalientes de Europa: 300.000 monedas reunidas a lo largo de tres siglos.

2015-04-04 23:15:07

Tereixa Constenla el país, 2 ABR 2015

Gran dobla de oro de Pedro I El Cruel. / Museo Arqueológico Nacional

 

El dinero es más viejo que la democracia. El estátero de Mileto procede de un mundo tan arcaico que la filosofía acababa de nacer, gracias a cuatro curiosos que buscaban el origen de todas las cosas, y los atenienses todavía no habían inventado el gobierno del pueblo. Comenzó a circular entre el 600 y 575 antes de Cristo, con los griegos comerciando a todo trapo y estableciendo una suerte de franquicias de sus ciudades por el Mediterráneo. Es la pieza más antigua de la colección numismática del Museo Arqueológico Nacional (MAN) y una de las más primitivas de la historia. Hasta que los griegos de Asia Menor (actual Turquía) comenzaron a adjudicarles un valor de pago a metales tallados, la humanidad básicamente hacía trueques y pagos en especie.

En estos últimos 2.600 años ha habido otros dólares y otros euros. El denario romano, el dírham de Al Andalus, el ducado veneciano o el real de a ocho hispano circularon fuera de sus fronteras naturales como una muestra del poderío de los imperios a los que representaban. Para saber quién mandaba, convenía echar un vistazo a las carteras de la época. Una moneda era algo más que dinero. Era también una eficaz arma de propaganda política y un indicador cultural, capaz de anticipar que el Renacimiento estaba a la vuelta de la esquina.

“No hay nada anecdótico en una moneda”, precisa Paula Grañera, técnica del departamento de Numismática del Arqueológico, que conserva, estudia y custodia una excepcional colección formada por 300.000 piezas, una de las más importantes junto a la del British Museum. Un tesoro apenas conocido, que hunde sus raíces en el siglo XVIII, cuando el primer Borbón que reinó en España, Felipe V, ordenó crear una Biblioteca Real abierta a un público restringido –ni mujeres ni menesterosos– que incluía un gabinete de curiosidades al que iban a parar las monedas, medallas, esculturas y piezas arqueológicas. “Las monedas hablan y ponen rostro a los personajes a los que se refieren las fuentes escritas, por eso las bibliotecas las incorporan a sus colecciones”, señala Carmen Marcos, subdirectora del museo, que supervisó el traslado a España de las 600.000 monedas que la empresa Odyssey había expoliado de la fragata Mercedes.

Una de las bandejas del interior de la cámara acorazada. / Uly Martín

En 1715 la colección contaba con unas 20.000 piezas. Desde entonces se ha multiplicado quince veces gracias a compras, donaciones y hallazgos arqueológicos. Del monetario de madera se ha pasado a la cámara acorazada, diseñada como un guante a medida. Aprovechando la profunda transformación del Arqueológico, convertido en el museo de moda desde su reapertura el 1 de abril de 2014 (ha pasado de 150.000 visitas en 2010, último año antes del cierre, a rozar el millón), se construyó la cámara, que mantiene unas condiciones estables (23-25 grados de temperatura y 30%-35% de humedad), suspendida sobre vigas capaces de soportar las ocho toneladas de unos fondos que han conocido horas de euforia (expediciones científicas del XIX) y horas de miedo (dos guerras civiles).

En dos días de noviembre de 1936 se desbarataron años de coleccionismo. El Gobierno republicano se incautó de las monedas de oro del museo que, junto al tesoro de los quimbayas colombianos, se embarcarían en el Vita hacia México por orden del presidente Juan Negrín para financiar necesidades de los exiliados españoles. El patrimonio de los quimbayas se recuperó, pero las 2.796 piezas de oro (griegas, romanas, bizantinas, visigodas, árabes y medievales) no retornaron jamás.

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