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¡Semana Santa, qué cruz!

Como tantas veces ha dicho el teólogo Juan José Tamayo, la fe es algo personal e íntimo que nada tiene que ver con la religión en las escuelas ni con los santos en las calles.

2015-04-08 19:35:46

Pedro Luis Angosto, nuevatribuna.es, 01 de Abril de 2015

Como todos los niños y adolescentes de mi generación, yo también fui educado en el nacional-catolicismo pese a ir a una escuela pública, entonces daba igual, hoy casi también. Un crucifijo en el centro, Primo de Rivera a un lado, Franco, Caudillo de España, al otro. Maestros depurados y otros de Falange, curas y monjas por todos lados, a todas horas, para la doctrina y lo del infierno, niños en el pabellón de la derecha, niñas en el de la izquierda. Ningún contacto, pecado mortal. La Virgen del Pilar, el día de los Santos, las ánimas benditas del Purgatorio, la Inmaculada, San José de Calasanz, el niño pobre, la Candelaria, San Blas, la Cuaresma y luego la Semana Santa. Todo el calendario marcado, no había día sin su afán, con flores a María que madre nuestra es: Todo mujeres y niños, algunos ya talluditos, detrás de la Virgen de Fátima, cantando militarmente “Entre todas las mujeres, entre todas las mujeres, y bendito sea el fruto de tu vientre, Jesús. Santa, santa María Madre de Dios, ruega por nosotros, por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte amen, Jesús”. Llegaban los “padres” misioneros, dirigidos por un tío alto, delgado y destartalado, con cara de pocos amigos, no sé si carmelita o jesuita, no lo recuerdo, nos obligaban a fabricar banderas del Vaticano y de España, una en cada mano, pantalón corto, camisa blanca y un aburrimiento espantoso. El fraile destartalado alzaba los brazos amenazante arengando a las masas infantiles a luchar contra todo lo que se moviera, contra la vida, bajo pena de eterno castigo divino. Tenía cinco, siete, nueve, diez, doce años y lo que mejor había aprendido en la escuela era a saber que la vida era un valle de lágrimas, sobre todo cuando me hablaban de Dios y su corte celestial.

Era negra, muy negra la doctrina y quienes la impartían, pero si hay algo que recuerdo con profundo espanto de aquella escenografía tenebrosa es la Semana Santa. Aquellas vacaciones no eran como las demás, eran siniestras. En casa acababan de comprar un televisor Telefunken blanco y negro de un solo canal en el que me había aficionado a las novelas por entregas que emitían poco antes del telediario de la noche. Al llegar los días de pasión, la televisión, que apenas emitía diez horas al día, se apagaba y se cubría con un paño negro que apartábamos parcialmente cuando estábamos solos para ver trompetas, capirotes y más tedio. A la hora de las procesiones, el Ayuntamiento apagaba las luces, cuatro peras, del pueblo dejando a los cirios el protagonismo de la noche, mientras en los muros viejos y bellísimo de mis calles se reflejaba la sombra gigante de los cucuruchos penitentes. Un Cristo flagelado, una dolorosa con siete puñales en el corazón, unas mujeres y unos hombres descalzos que arrastran cruces, un yacente y los negros con la Virgen de la Soledad que decían iba guapísima con sus lágrimas y su manto recién bordado. Los Oficios, tres o cuatro horas oyendo a un cura repetir lo mismo una y otra vez. Ora sentados, ora de pié, pellizco en el muslo, en el brazo, nene estate quieto!! El cine cerrado, la tele tapada, los bares bajo cuatro candados, ayuno obligado que mi abuela se saltaba a escondidas dándonos onzas de chocolate con pan o torradas de vino y azúcar, sin que nadie se enterase ni siquiera Dios. Eso sí, llegaba el domingo y las campanas sonaban, repiqueteaban como si fuese el fin del mundo, madre nos despertaba dando aleluyas a la resurrección del Señor y nos íbamos a la huerta a hincharnos a habas crudas, con dos cojones.

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—Gracias a la automoción, Ávila prosperará por fin. —¡Qué bien, nos pondrán una fábrica nueva! —Qué va, creo llamarán Ávila a un nuevo modelo de coche.

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