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¿Tema del traidor o del héroe?

Elegante y cautivador, la inteligencia de Kim Philby, su 'savoir faire', su capacidad para relacionarse, su maquiavélica imaginación, le llevaron a una carrera fulgurante en el MI6.

2015-05-05 18:52:25

Carlos Boyero EL PAÍS, 4 MAY 2015-

Kim Philby, en conferencia de prensa después de ser eximido de la acusacion de espionaje. / Harold Clements /Getty Images

 

En la fotografía que ilustra la portada de Un espía entre amigos, ese libro fascinante, adictivo, de los que lamento cerrar cuando los somníferos y los ansiolíticos ya han cumplido su impagable efecto, pero te consuela saber que a la mañana siguiente llenará tu tiempo y ahuyentará provisionalmente tus males, aparece un individuo con gesto sonriente, expresión de triunfador, ataviado con una gabardina (Burberrys, probablemente) que parece haber sido diseñada para él, una gorra asentada con estilo en su cabeza, terno impecable, zapatos relucientes (¿tal vez Church’s?), la modélica representación de una casta inequívocamente británica. Imaginas el refinado acento de este hombre, sus encantadores modales, su cautivadora ironía, la inquebrantable convicción de que mostrar tus sentimientos es una ofensa a la buena educación.

También nos relata su documentado y magnífico biógrafo Ben Macintyre que su lúdica y permanente afición al dry martini y al whisky de malta durante muchos años formó parte de su largo disfrute de los días de vino y rosas, pero después se convirtió lógicamente en alcoholismo puro y duro, en beber cotidianamente hasta el desmayo, tener que llevarle a cuestas hasta el taxi entre sus amigos incondicionales, que su antigua brillantez y elegancia mundanas se convirtieran en algo tan embarazoso como el espectáculo de tartamudo insolente al que no se le ocurre nada más transgresor y gracioso que comentar el tamaño y la textura de los pechos de alguna de sus anfitrionas en cenas y recepciones del cuerpo diplomáticos, espías de alto standing, la crema de la distinción.

Los orígenes de este cautivador gentle­man al que algún demonio interior está corroyendo y haciéndole perder los papeles son transparentes. Hijo de la aristocracia del cada vez más decaído Imperio Británico; educado en la suprema élite que encarnan el colegio Eton y las Universidades de Oxford y Cambridge, cunas de la sabiduría, pero también del poder ancestral; morador de clubes exclusivos, consecuentemente enamorado del críquet, seductor impenitente de mujeres que acabarán pagando trágicas cuentas por su pasión (incluidas las esposas de amigos o colegas) hacia el eterno enigmático y de los hombres que saben valorar una conversación divertida y el magnetismo y la gracia de un chispeante narrador oral.

Despejemos la incógnita. Ese hombre se llamaba Kim Philby. Su inteligencia, su savoir faire, su cultura, su capacidad para relacionarse hasta el extremo de que sus interlocutores le confiaran los secretos más trascendentes, su inquebrantable complicidad y los compartidos gustos y rituales con amigos de clase y del alma (hasta donde pueden exhibir su alma los caballeros al servicio de su Graciosa Majestad), su maquiavélica imaginación, su audacia, le destinaron a elegir la exótica profesión del espionaje, a una carrera fulgurante en el MI6, al histórico y glorioso servicio de la patria, inicialmente con el propósito de derrotar a Hitler y después enfrentándose al depredador comunismo en la Guerra Fría, dedicando su poderoso cerebro y sus convicciones democráticas a la defensa de la sagrada Inglaterra, del presunto mundo libre, de la civilización occidental amenazada por el acoso de los bárbaros.

[Leer completo en cultura.elpais.com]

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–Mira, papá, ¿qué es eso que hay en el suelo? –¡Cuidado! No te acerques que es peligroso. Es un libro.

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