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El museo, el director, el político y la censura

Los espacios culturales públicos sufren la censura y el ninguneo de las clases políticas, pero no cuentan con el apoyo popular. ¿Qué necesitamos hacer para enderezarlos?

2015-05-05 19:08:17

J.M. Costa eldiario.es, 04/05/2015

macba

 

El artista conceptual Antoni Muntadas comentaba en 1993 que, al fin y al cabo, “operamos en el terreno protegido de las artes”. Muntadas no solo es un hombre inteligente, sino también perspicaz y cabe dudar que a día de hoy hablara de ningún “terreno protegido”. De hecho, el reino de las artes se ve sometido cada vez a mayores presiones cuando no a censuras directas o incluso a agresiones en lo personal por parte del Estado. Solo con sumar lo que ha sucedido este año, como se hizo en El peor año para el arte (y estamos en marzo) en eldiario.es, ya se nos ofrece una perspectiva desoladora. Y, lo que es peor, sintomática.

Entre nosotros,  el reciente caso del MACBA (Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona) ha sido un perfecto (mal) ejemplo. Allí ha sucedido todo lo que no debería suceder en un “terreno protegido”. O, para otros, en un “museo como espacio de libertad y disenso”. Censura, contradicciones, rectificaciones, acusaciones mutuas y, al final, todo el mundo fuera. Incluso dejando de lado peripecias personales, conocidas solo a medias, el segundo museo de arte contemporáneo de España ha quedado espléndidamente desnudo, sin que a la mayoría de la población le haya preocupado demasiado. Todo lo más, quizá, para decir o decirse: ¡vaya gallinero es ese del arte!

De la precariedad al abuso

La censura y una variada panoplia de presiones se ejercen hoy en el arte con un descaro que recuerda otras épocas, en principio más autoritarias y personalistas. Con la crisis y los recortes, los poderes públicos que con la mayor frivolidad abrieron Museos y Centros de Arte Contemporáneo allí donde no se conocía ni el Arte Moderno, se han dado cuenta de que los directores de estos centros son en realidad personas vulnerables dispuestas a aceptar recortes del 50% en su presupuesto, a que muchos de sus trabajadores estén en unas condiciones laborales lamentables, a casi mendigar el dinero público que se debe y no se abona. En definitiva y vista las tibias protestas ante estos dislates, subalternos dispuestos a tragar con bastante.

Porque, si alguien cree que directores, personal, comisarios y artistas llevan una vida de opulencia, no puede estar más equivocado. Excepto unos pocos casos, los sueldos e ingresos del sector bordean la ruindad. Y, además, no se dispone de medios. Y los artistas y comisarios han tenido que bailar al mismo son, consecuencia lógica en estamentos que dependen plenamente de la institución. ¿Qué hay que aceptar una rebaja de emolumentos de 40%? Pues se acepta sin chistar. ¿Que el artista debe pagarse su exposición, cómo podía pasar en el IVAM ciscariano? Pues se endeuda uno, si tiene crédito.

El sector del arte, en lo general y en lo personal, está postrado. Pero, aparte de un instinto de supervivencia primario -todos hemos de comer- la resistencia del sector a adoptar actitudes de protesta conjuntas y enérgicas tiene que ver con una sincera y casi conmovedora creencia en un fin superior: la necesaria pervivencia de esos Centros cómo espacios donde el Poder encuentra su justa contestación.

Mientras el sector de las artes visuales, uno de los más organizados y con mayor capacidad de elaboración en el ámbito de la cultura, debate cómo afrontar la defensa de esos “espacios de libertad”, el Poder se dedica a imponer criterios restrictivos que en ocasiones ni siquiera parten de ese terreno. Un ejemplo: la recientísima Ley de Reconocimiento, Protección y Promoción de las Señas de Identidad del Pueblo Valenciano crea un Observatorio encargado de velar por el cumplimiento de dicha ley, y al cual han sido invitadas varias de las asociaciones más retrógradas de la Comunidad. Esto incluye las taurinas que defienden la fiesta de los “bous al carrer”, bastante salvajoide pero menos que los “bous embolats”, que no se sabe si también son seña de identidad valenciana, porque el Parlament catalán se les ha adelantado.

Lo interesante del tema: cualquier evento que atente contra tales señas afirmando, por ejemplo, que valenciano y catalán son la misma lengua, se queda sin subvención. Y, aunque no se ha dicho de forma explícita, cabe deducir que si en una exposición aparece una burla de la Ofrenda Floral durante las Fallas (un invento nacional-católico de los años 40), sería probable que tal obra hubiera de retirarse. O correr el riesgo de ver cancelada la exposición.

[Leer completo en eldiario.es]

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—Gracias a la automoción, Ávila prosperará por fin. —¡Qué bien, nos pondrán una fábrica nueva! —Qué va, creo llamarán Ávila a un nuevo modelo de coche.

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