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Dónde está la mayoría social o por qué la clase importa

El retorno –por imaginario que sea–  al puré indiferenciado de las clases medias sólo permite, sólo puede permitir, un recambio de élites.

2015-05-09 00:14:47

Emmanuel Rodríguez eldiario.es, 07/05/2015

La ciudadanía, el 99%, la mayoría y ya en la apoteosis del lenguaje directo –o lo que es lo mismo, de la pereza mental– la "gente"... Éstos son algunos de los términos que se han vuelto lugares comunes de la retórica de la "nueva política". No hay en ello mal alguno. Algunos de estas palabras han resultado aciertos notables. Así, por ejemplo, "el 99%", que acuñara el 15M, es una expresión rápida y novedosa que permite escapar, y al mismo tiempo renovar, la vieja dicotomía pueblo / oligarquía. Igualmente un viejo concepto como "ciudadanía" ha servido para hablar de "todos" en tanto "sujeto político" sin acotarse al viejo campo ideológico izquierda y derecha, y sin remitirse a las viejas organizaciones partidarias. En otro terreno, se invoca a la "mayoría" con el propósito de ganar elecciones, al tiempo que sirve como forma de chantaje frente a todo lo que escape a la supuesta "centralidad social". Pero, como suele ocurrir, la cuestión no está en las palabras. No al menos cuando estas se usan como armas arrojadizas. El problema está en si estas palabras sustituyen al análisis.

Hoy se emplea "gente", "mayoría" o "ciudadanía" para referirse a conglomerados sociales tan heterogéneos que cualquier intento de unidad se vuelve inmediatamente un artificio, útil retóricamente, pero confuso en todo lo demás. Valga decir que nuestro tiempo está siendo extremadamente rico en innovaciones en el lenguaje político, pero extremadamente pobre en lo que se refiere a su capacidad para hacer sustentar los buenos propósitos en realidades sociales que, guste o no, son complejas y contradictorias. Hablamos, en efecto, de clases sociales.

Pero puede algo tan opaco y démodé como las clases sociales resultar todavía de interés. Quizás convenga empezar por otro lugar. ¿Qué de "nuevo" ha alumbrado nuestra época? ¿Hasta donde se puede estirar el cambio? ¿Existe la posibilidad de algo así como una "ruptura"? ¿O es esto otra forma de nombrar la vieja quimera de una izquierda siempre "extrema" y marginal? Se trata de preguntas cruciales que se anudan con la lectura que cada cual hace del 15M, pero también –he aquí la gracia– con la propia estructura de clases de la sociedad española.

Grosso modo podríamos decir que la interpretación de la crisis política, y con ello las posibilidades del cambio, se han dividido en dos campos. A un lado, se organiza una política –seguramente mayoritaria en Podemos y en general en todos las iniciativas municipalistas como los "En Comú" y los "Ahora"–  que arranca, aunque sea inconscientemente, de un aspecto capital de la crisis: la quiebra de las clases medias. Tres décadas de erosión salarial, proletarización de las profesiones liberales, devaluación de los títulos universitarios, para llegar en 2008 a una crisis que terminó de constatar que el futuro para la mayoría de los infantes de la clase media no era otro que la precariedad, la infrarremuneración y la marginación institucional. O acaso no era a esto a lo que han apelado campañas tan exitosas como aquella de Juventud sin Futuro, "No es país para jóvenes", en referencia a esos "talentos" desperdigados y desperdiciados por Europa y EEUU.

El problema de esta interpretación, su límite, es que en la medida en que se cocina dentro de ese puré más bien insípido que constituyen las clases medias, apenas consigue ir mucho más allá de la reclamación de una restauración. En su versión más estrecha, la política posible –el horizonte del cambio– se sitúa justo en ese lugar que se viene conociendo como "regeneración democrática". Por resumir mucho, el cambio consistiría en terminar con la lacra de la corrupción, renovar el sistema de partidos y repartir de nuevo "posiciones" sobre la base de una meritocracia digna de tal nombre. De forma congruente, la línea de ataque se debería dirigir contra uno de los aspectos más escandalosos, pero también más superficiales, de la crisis orgánica: la rigidez política del régimen, especialmente en lo que se refiere a satisfacer el necesario recambio de élites. La cuestión se podría dirimir casi en una renovación generacional, y Ciudadanos con seguridad, y al menos una parte de Podemos y de los "En Común" estarán ahí para solventarlo.

La segunda línea de interpretación, apenas explorada pero intuida por muchísimos, arranca también de esa crisis social que tiene su centro en las clases medias. La diferencia estriba en la sospecha de que la fractura puede ser una vía sin salida. El capitalismo financiero –o si se prefiere el neoliberalismo– ha llegado para quedarse. Y el declive de las clases medias es reconocible desde por lo menos treinta años en todas las economías occidentales. El centro social que sirvió de pivote a las democracias europeas se ha ido haciendo cada vez más frágil, al tiempo que la extrema derecha y nuevas izquierdas trataban, sin cesar, de sacar las lecciones oportunas.

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humor.corto

—Gracias a la automoción, Ávila prosperará por fin. —¡Qué bien, nos pondrán una fábrica nueva! —Qué va, creo llamarán Ávila a un nuevo modelo de coche.

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