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El capitalismo es una mantis religiosa

La mantis religiosa es un bello insecto originario de los países del sur de Europa al que la mitología seudopopular atribuyó costumbres un tanto extrañas.

2015-05-15 23:59:09

Pedro Luis Angosto, nueva tribuna.es, 13 de Mayo de 2015

Quizá por su aspecto, por su color o por el hecho de que las hembras tengan un tamaño mayor al de los machos, muchas personas siguen creyendo que, en especial, la señora es extremadamente peligrosa porque goza más comiéndose al señor que haciendo el amor con él. Y es que entre los seres humanos también suceden cosas parecidas, ver a un chico de dos metros acompañado por una chica de un metro sesenta no despierta demasiada expectación, cosa que si ocurre cuando invertimos los términos y es ella la que saca cabeza y media a él. Entonces hay algo raro, algo que no es normal, que se sale de lo habitual, algo que  levanta miradas y sospechas sobre las razones de una relación a todas luces inadecuada y que, seguramente, tiene sus raíces en frustraciones de una infancia tenebrosa. Mantis religiosas y mujeres grandes que salen con hombres de considerable menor tamaño comparten, en muchas ocasiones, estigmas nacidos de la ignorancia, pues si las mantis religiosas no suelen comerse a sus parejas tras el coito, tampoco la mujeres de gran tamaño tienen por costumbre cocinar a su acompañante tras una velada amorosa.

La mitología popular es a menudo poco popular y sale de lugares ajenos al pueblo para luego regresar a él con malas intenciones. Tal ocurre, por ejemplo, con bastantes de los refranes que todavía siguen en boca del personal, muchos de ellos zafios, conservadores y reaccionarios. Cocinados a menudo en los fogones de conventos, palacios y figones a los que acudían nobles, pícaros y espadachines, cuando no curas trabucaires, pretendían insuflar en el ánimo del pueblo el espíritu de la resignación, la obediencia y la sumisión: Cualquier polémica se zanjaba, o se trataba de zanjar con un refrán al que muchas veces se respondía con otro contrario. Una forma de hablar con frases hechas que ahorraba el pensamiento y el imprescindible espíritu crítico, salvo cuando, como en el caso de Cervantes, se empleaban con justo tino, ironía y toda la sabiduría del mundo: “A dios rogando, y con el mazo dando”.

Pero nos estamos desviando de nuestro objetivo principal que no es hablar de las mantis religiosas ni de los refranes, al menos centralmente, sino del capitalismo, un sistema que lleva destrozando a la Humanidad y la casa dónde ésta habita desde la noche de los tiempos. La mantis religiosa no acostumbra a comerse a su pareja después de fornicar, pero el capitalismo, los capitalistas que dan vida al engranaje más primitivo y cruel que el hombre ha creado, sí. El capitalismo no sólo devora a su acompañante, es capaz de engullirse sin el menor remordimiento a su padre, a su madre, a sus hermanos, hijos, sobrinos, conocidos y desconocidos, porque es precisamente en eso en lo que ha justificado su existencia a través de los siglos. Si el capitalismo anduviera con sentimentalismos, con medias tintas, con miramientos, no sería capitalismo, habría que llamarlo de otra manera. Durante siglos el capitalismo, en sus formas primarias, mantuvo a la inmensa mayoría de los hombres en la oscuridad, no dudando en sacar la espada y hacer rodar todas las cabezas que fuesen menester y alguna más cuando surgía el más mínimo brote de disidencia. Así ocurrió en el antiguo Egipto, dónde sacerdotes y faraones guardaron “el saber” para ellos, sometiendo al pueblo por la fuerza bruta y por la fuerza del miedo a lo desconocido, fórmula que aprendieron a la perfección en lo sucesivo los reyes, nobles, clérigos y burócratas que les fueron sucediendo en otras civilizaciones y periodos históricos. El mito, la espada y el mantenimiento forzado del pueblo en la ignorancia fueron los instrumentos principales para que nada cambiase y para que los de arriba viviesen a sus once vicios mientras los de abajo eran víctimas de guerras, plagas, matanzas, expolios y todo tipo de males, sufrimientos mil que en absoluto les garantizaban una vida mejor tras la muerte porque de seguro, en su sufrimiento, alguna vez habrían pecado de forma incurable.

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